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    El amor tango

    N° 2003 - 10 al 16 de Enero de 2019

    ¿Cómo fue el amor entre Homero Manzi y Nelly Omar, ese que a lo largo de décadas semejó un péndulo entre verdad y ficción y alimentó toda clase de historias, afirmaciones y contradichos?

    ¿Fue real? ¿Pasional? ¿Doloroso? ¿Atormentado?

    Hasta hace poco tiempo, un misterio para una serie folletinesca.

    El silencio respetuoso que hasta su muerte se impuso Homero, el vericueto al que Nelly recurrió para oscurecerlo con declaraciones contradictorias y, a veces, claramente engañosas, huyendo de una verdad que no quería asumir, y hasta los enredos provocados por la soberbia y prepotencia que muchos historiadores e investigadores usaron para dar carácter de dogma a lo que, una y otra vez, creyeron descubrir, hicieron de ese amor de tango una sombra del pasado.

    Hasta que en 2008 se publicó un reportaje inédito a la cantante —sin que nadie haya explicado por qué permaneció oculto al público varios años desde que fue realizado—, en el cual, al menos para mí, que he hurgado tanto en la búsqueda de certezas, se despejan todas las dudas.

    —Lo conocí en 1937, en una radio. Se me declaró. Le contesté con una negativa. Los dos estábamos casados. ¡Qué insistente era! A cada rato enviaba cartas, tarjetas, flores. Hasta que me prometió que se iba a divorciar. Mi matrimonio con Antonio Molina —de quien recién formalicé la separación en 1944— era un chiste: duró dos meses; me ataba la ley pero no vivía con mi esposo. Y Manzi se separó, nomás. Entonces nos empezamos a ver en casa y al lado mío a veces escribía una música, una poesía. ¿Te acordás de aquello de Sur, “y mi amor en tu ventana”? Yo habitaba una planta baja y cuando llegaba no tocaba el timbre, me golpeaba con dulzura el ventanal del frente. En fin… Es como Malena; lo escribió pensando en mí. ¡Y no una, sino dos veces! La primera fue aquella noche, en un cabaré de Porto Alegre, cuando oyó a una argentina, Torterolo, que se hacía llamar Malena Toledo, y me recordó. Meses después, cuando ya Demare había hecho la música, Homero no encontraba la servilleta donde había escrito el poema. Y una noche, en casa, recordó algunas partes: “No importa, hago de nuevo la letra porque estás aquí”. Y fue cuando la terminó.

    Pero pronto vino el derrumbe. La mujer de Manzi, Casilda Iñíguez, tras el divorcio, amenazó con suicidarse. Él ya tenía a su hijo, Acho. No soportó el cargo de conciencia y volvió con ella. Nelly se rebeló:

    —¿Qué era yo al final, una bolita? Ahí corté esos encuentros. Nos veíamos, de casualidad, profesionalmente. Pero él continuaba en mi vida: me dedicó Solamente ella —ese que dice “Llegaba desde un mundo que no existe,/ vacío de esperanza el corazón”—, y también Ninguna, Fuimos y Después, que lo compuso luego de una discusión en Mar del Plata, donde peleamos feo. Y, bueno, en 1948 logró que yo le estrenara Sur, en vivo; fue en Montevideo, donde yo iba cuatro o cinco veces por año, ¡y con guitarras uruguayas!: recuerdo actuaciones en Radio Montecarlo y en varios teatros. Qué sé yo, al final me ganó por cansancio. O por amor, ¿para qué mentir ahora? Ah, pero solo hablábamos, casi siempre por teléfono. No puedo negarlo: a mí me gustaba; yo no estaba acostumbrada a hombres tan cultos, delicados, respetuosos. Él era todo eso.

    Cuando parecía que la resistencia de Nelly se derrumbaba, Manzi enfermó del cáncer que lo llevó a la muerte a los 44 años. Su mujer, su hijo y el resto de la familia hicieron un cerco para impedirle ver al poeta cuando comenzó a ser internado con frecuencia. Recién días antes del final, a las cuatro de la mañana, ella recibió una llamada del hospital. Era el médico de cabecera de Homero:

    —Mire, logré que todos se fueran a descansar. Si quiere, venga ahora a verlo, porque el tiempo se agota…

    Fue, estuvo horas con él, hablaron y entrelazaron las manos. Salió del hospital una hora antes de la muerte de su amor prohibido.

    Homero Manzi partió a la eternidad en 1951. Nelly Omar demoró en reponerse. Sin embargo, más tarde tuvo varias parejas, entre ellas Aníbal Cufré, con quien convivió ocho años, y en 1993, cuando tenía 82 años, se unió a Héctor Oviedo, “un caballero excelente del que me enamoré en la vejez y fui feliz mientras duró”.

    Creo que podemos cerrar la historia de una relación clandestina, ardiente, dolorosa, que Manzi hizo perdurar en poemas inmortales.

    Y nos queda la última confesión de Nelly en ese revelador y emotivo reportaje:

    –Me llamaba, nube, rama, lluvia…