N° 1826 - 30 de Julio al 05 de Agosto de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna tarde de invierno, apenas cumplidos los diecisiete años, aburrido y revolviendo cosas viejas en la casa paterna, halló una extraña caja; la abrió y descubrió una concertina, instrumento parecido al acordeón y que se considera predecesor del bandoneón. Lo tomó entre sus manos y, ahí nomás, comenzó a juguetear con él y a tocar. Al poco rato ya extraía partes de melodías que brotaban de su imaginación: hasta entonces había intentado estudiar flauta, piano y guitarra, sobre todo esta, con la que salía a cantar y ganarse unas monedas. Cuando lo escuchó su padre fue un impacto: —¡Ah, pero lo tuyo es el bandoneón!
Y así fue. Con gran sacrificio, porque la familia era de muy humilde condición económica, le compraron uno. A partir de entonces solo fue bandoneonista.
Caso raro el de Vicente Greco, nacido el 3 de febrero de 1888 y muerto el 5 de octubre de 1924 en Buenos Aires; tuvo siete hermanos, al mayor de los cuales, por su trompada fácil y contundente, le apodaban “Garrote”, mientras que la menor, María, la consentida, tuvo el orgullo de ser la primera contadora pública de la capital argentina. Vivió en zona de conventillos y fue vecino de los Canaro, quienes —a su llegada de San José— se instalaron en la edificación lindera. Debió abandonar los estudios primarios, aportó al hogar como canillita y mejoró su situación cuando lo bendijo la música definitivamente: pero, extraño también, porque tocó varios instrumentos y llegó a compositor y director de orquesta, nunca estudió y hasta su final no supo escribir ni leer una partitura; autodidacta musical, aprendió todo de oído, en especial de sus maestros Mendizábal, Zambonini, Borguessi y Prudencio Aragón, el autor de El talar.
Considerado hoy como una de las figuras esenciales de la Guardia Vieja, Greco compuso su primer tango en 1905, El morochito, en homenaje a un jovencísimo cantor criollo llamado Carlos Gardel, que fue su amigo durante la adolescencia y primera juventud —al punto de ser visita repetida en las piezas que ocupaba su familia en el conventillo—, cuando ya le habían dado sitio para actuar en lugares de mala fama de la Boca, como los cafés La Turca y La Griega. Es más: Gardel, ya solista cantor de tangos a partir de Mi noche triste en 1917, le grabó a Greco algunos de sus temas: Pobre corazoncito, Alma porteña, La percanta está triste y Argentina.
¡Qué vida la de Vicente Greco! Hasta heredó el apodo de su hermano mayor, “Garrote”, luego de muerto aquel y por un desgraciado accidente: estaba actuando con su conjunto en un peringundín de San Pedro con ciertas pretensiones, sobre un palco relativamente endeble: en determinado momento los pilares que lo sostenían cedieron y todos los músicos cayeron, entreverados entre los restos de maderas e instrumentos; le quedó una severa afección, cuyo rasgo visible era una pronunciada renquera que le obligó, hasta su prematura muerte, a usar de bastón un grueso palo de madera con el que, más de una vez, dejando el bandoneón a un costado, debió poner fin a garrotazos a los escándalos que, de tanto en tanto, ocurrían y lo sacaban de quicio. Tal vez el caso más recordado haya ocurrido en lo de Hansen, donde bailaba la legendaria rubia Mireya —o sea, la uruguaya Margarita Verdier—, luego de un incidente que comenzó cuando la impetuosa mujer cacheteó a un supuesto caballero que la acompañaba porque le faltó el respeto, espetándole a centímetros de su rostro: —¡A vos te deben decir caracol, porque tenés cuernos, sos baboso y te creés el dueño de la casa!
Vicente Greco fue autor, entre otras obras, de Muela cariada —tango compuesto para los famosos “bailes del internado” organizados por estudiantes de las Facultades de Medicina y Odontología—, Racing Club, convertido en himno del popular club de Avellaneda, y Ojos negros, probablemente su tema mejor logrado.
Sobre el final de su vida tuvo algunas alegrías que le hicieron menos difícil sobrellevar su discapacidad. Enamorado desde siempre del teatro conoció y fue amigo de Florencio Sánchez; en 1911 organizó la primera orquesta de tango de la historia, en realidad un sexteto —él y Labassier en bandoneones, Francisco Canaro y Juan Abatte en violines, Vicente Pecci en flauta y Domingo Greco en guitarra—, con la cual tuvo el honor de inaugurar el Club Armenonville; compuso y ejecutó La infanta, tango en homenaje a Isabel de Borbón, de visita por las capitales del Río de la Plata, y fue pionero en la grabación de discos de orquestas de tango en el sello Columbia.