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    El arte de demoler al otro

    UFC llenó el Antel Arena

    Diez minutos antes de las 19, cuando estaba programada la primera pelea para el sábado 10, se sienten sirenas en la calle y detrás llega un autobús que ya aminora su marcha y maniobra para entrar en el Antel Arena. “Ahí vienen todos juntos, sentados y hablando”, dice un vendedor de chorizos que campea en la fría noche. “Después se rompen la cabeza dentro de la jaula”. Y hay parte de verdad en esto, porque el profesionalismo de estos luchadores de artes marciales mixtas (MMA) es incuestionable. Luego de mantener una pelea durante tres rounds de cinco minutos (o cinco rounds si se trata de una contienda por el título), son capaces de brindar una conferencia de prensa con la cabeza hinchada como una sandía. Y hablar a la perfección tres idiomas, amablemente, con más elegancia que un jugador de fútbol. Insisto: y con la cabeza rota y gran parte del cuerpo molido. Así lo demostró la mayor empresa de artes marciales del mundo, Ultimate Fighting Championship (UFC), cuyo desembarco en Uruguay, país cien por ciento futbolero y poca cosa más en deportes, fue un éxito. UFC tiene, entre sus fundadores, al cineasta de 75 años John Milius, director de Dillinger, El viento y el león y Conan el bárbaro, y guionista de Apocalypse Now. Está claro: en UFC hay mucho de película.

    En la tele tenés primeros planos y repeticiones de las peleas. Podés apreciar detalles. Pero en vivo te llegan todos los estímulos que acontecen a tu alrededor al mismo tiempo. El sonido de los golpes impresiona. Las orejas de los peleadores, que delatan su origen extraterrestre. Los gritos del público excitado. La bebida que se derrama porque alguien se impresionó. Es compartir una gigantesca obra de teatro, una monstruosa puesta en escena cuyo centro lo ocupa un octágono donde dos peleadores dejan todo para salir victoriosos, lo más parecido a una batalla de gladiadores en un circo romano. El espectáculo real es todo el circo. Y reconozcámoslo de una vez: es apasionante.

    Hay guardias de seguridad por todos lados. A veces pasan a tu lado y te escrutan. El orden es estricto y espartano. Al entrar te revisan como si estuvieses en un aeropuerto y es obligatorio que portes en todo momento tu acreditación. También llegan los No, acá no podés estar y allí no podés entrar. Estamos en el Antel Arena, pero podríamos estar perfectamente en Las Vegas o en San Pablo o en Moscú. UFC se encarga de borrar cualquier regionalismo. En UFC vivís dentro de su planeta y bajo sus condiciones.

    El show ha comenzado. Uno de los peleadores cae y se mantiene en el piso, a la defensiva. “¡Pegale! ¡Si se quiere acostar, que se vaya a acostar a la casa!”, es el grito desaforado de un fanático desde las gradas más lejanas. Las entradas son caras. Intento desentrañar qué tipo de público ha concentrado UFC: no es de fútbol ni de básquetbol, por supuesto, tampoco de box. Algo aproximado sería decir que se trata de una audiencia internacional, tipo Conrad. Gente con poder adquisitivo, pero no necesariamente simpática ni educada. Hay banderas de Perú, de Brasil. Un encargado de la seguridad del recinto me advierte: “Mirá que el público de las finales entre Aguada y Malvín era mucho más agresivo. Este es cien por ciento civilizado”.

    La siguiente pelea, entre los brasileños Paiva y Bontorini, es suspendida en el primer asalto debido a un profundo corte de uno de los peleadores. Lo veo desde la sala de prensa, mientras Santiago Ponzinibbio, el argentino de peso Welter que ha quedado un tiempo fuera de los combates por lesión, da notas. “Este es un deporte de mucha exigencia”, dice el argentino, quien espera ansioso su oportunidad para pelear por el título, más aún después de haber salido victorioso en los últimos siete combates (“y en todos los rounds”, aclara). Los encargados del catering resaltan la buena onda y simpatía del mexicano Chito Vera, con quien se sacaron fotos. Ponzinibbio, Vera y el cubano Jorge Masvidal, sentados juntos y muy próximos a la jaula, se llevan los primeros planos para el mundo deportivo. En un plano más llano y local, destacan Jorge Larrañaga en una de las ubicaciones de cancha y Juan Sartori en uno de los palcos. ¿Habrá sentido tentación el Guapo de dirimir las diferencias políticas entre ambos dentro de la jaula?

    Es el turno de las chicas: Marina Rodríguez (Brasil) y Tecia Torres (USA). Hay una supremacía absoluta de la brasileña. El público aplaude a la ganadora. La gente se toma un descanso para un refresco, otra va al baño, otra se dirige a la tienda oficial a comprarse una remera. Incluso hay quienes hacen cola ante un gran mural con todos los campeones de UFC (Amanda Nunes, Jon Jones, Daniel Cormier, Max Holloway, Khabib Nurmagomedov, etc.), para sacarse una foto portando un cinturón de campeón de fantasía, que es algo así como un desproporcionado eslip de armadura.

    No hay respiro. En un abrir y cerrar de ojos ya tenemos otra pelea, presentada por Joe Martínez, un pelado grandote sacado de una película de Scorsese. Estos personajes te condimentan con sal y pimienta —y sus maravillososo sacos— lo que vas a ver a continuación, como Bruce Buffer, cuyos latiguillos ya son marca registrada (¡Fightiiing, on the Blue Corner!), pero más que nada te recuerdan que estás dentro de una película, una de las mejores ilusiones que puedan existir.

    Los peleadores pesados impresionan más que los otros, como el francés Ciryl Gane, que le ganó por sumisión al brasileño Rafael Pessoa, y el suizo Volkan Oezdemir, un temible cabeza rapada (séptimo en su categoría) que destruyó por KO al sueco Ilir Latifi, una especie de Hulk. En los últimos golpes, Latifi cayó como cae un enorme edificio cuando lo implosionan desde sus bases, con una armoniosa lentitud pero la certidumbre de que no se volverá a levantar.

    Hubo dos grandes ovaciones: para el uruguayo Eduardo Garagorri, que le ganó en una contienda muy pareja al peruano Humberto Bandenay, y para la dramática y épica pelea que brindaron Vicente Luque (Brasil) y Mike Perry (USA), ambos de 27 años. Ganó Luque por decisión dividida, pero el momento de la noche fue en el tercer round, cuando Perry, con la nariz partida por un rodillazo y echando sangre como si se tratase de un exagerado efecto especial, logró zafar a un triángulo encajado de su oponente y siguió dando batalla. Tres huevos, el hombre. Y delirio del público, que lo despidió con un espontáneo ¡Pe-rry, Pe-rry, Pe-rry! El mejor combate de la noche, con un bono de 50.000 dólares para cada uno. Y Perry directo a la cirugía.

    En la pelea final, por el campeonato mundial de peso mosca, Valentina Shevchenko (ver recuadro) retuvo su título en cinco rounds y por decisión unánime ante la estadounidense Liz Carmouche. Fue un combate estratégico, pensado, con poco riesgo. El público, que venía encendido por la sangre y la épica del espectáculo anterior, comenzó a perder la paciencia. Rechiflas. Guerra de chistes en las tribunas: “¡Dale, hagan algo que tengo que entrar a laburar a las cuatro de la madrugada!”. Las peleadoras se miraban, giraban, medían sus fuerzas y pensaban cada golpe o acción a ejecutar. El entrenador de Carmouche no paraba de vociferar instrucciones a su pupila, a tal punto que llegó a incomodar a Emiliano Cándido, el comentarista de Fox que estaba muy cerca suyo. Pero más allá de los gritos del entrenador, muy poco pasaba dentro de la jaula. En el relativo silencio del combate, una voz se hizo sentir: “¡Renunciá, Bonomi!”. Carcajadas generales. La propia Valentina tuvo que explicarle al público que una pelea por el título siempre es un juego de ajedrez. No debería ser una aclaración necesaria. Lo mismo ocurre en las finales de fútbol o de lo que sea: no salís a dar espectáculo, a regalarte. Salís a ganar midiendo cada paso.

    ¿Fue un espectáculo violento? Sí, la naturaleza es violenta. Una lesión expuesta en fútbol es violenta. Un tacle alto en rugby es violento. A veces los esquiadores se parten los huesos y los que practican saltos con los caballos se desnucan. Todos vimos cómo Ayrton Senna se mataba en una curva. Se entiende que a mucha gente le resulte desagradable ver sangre en la jaula y que los peleadores se den como en bolsa. Pero también es un deporte con reglas estrictas y que bien practicado es un arte: el arte de demoler al otro.

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