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    jueves 13 de junio de 2024

    El arte perdido de la charla entre distintos

    Nº 2197 - 27 de Octubre al 2 de Noviembre de 2022

    Por cuestiones profesionales suelo verme involucrado en debates. A veces políticos, a veces culturales, pero en general y con cierta regularidad, tengo que dedicar un tiempo a conversar con gente que no piensa como yo en un montón de temas. A esto se suma que creo que la ciudadanía debe ejercerse de manera activa y eso implica dedicar tiempo a informarse sobre asuntos comunes de todo tipo (o al menos aquellos que nos interesan) y conversar sobre ellos con gente que también se interesa aunque no piense igual que nosotros.

    Obviamente, cuando se trata de “discusiones profesionales” como las que trae ser panelista en un programa de debate televisivo, o incluso escribir estas columnas, además del talante conversador hace falta informarse sobre los temas específicos que se plantean en esos espacios. Por ejemplo, si el tema planteado es la reforma de la seguridad social, es necesario leer material al respecto, preferentemente la fuente misma del asunto, el texto del proyecto. Además implica escuchar lo que ya se viene debatiendo sobre el tema, a fin de no repetir demasiado lo que ya se dijo.

    Esto último, esa voluntad de no repetir, parte de la convicción de que cuando se discuten asuntos públicos, se lo hace para avanzar en la dilucidación del tema en particular y no para quedarse dando vueltas en un punto fijo. Un punto que puede resultar confortable (opinamos lo mismo que todas nuestras lecturas y personas de referencia), pero que al cabo de un tiempo comienza a parecerse mucho a una cámara de eco: solo resuena lo que nosotros decimos o, como un espejo que nos devuelve nuestra imagen, aquello que queremos oír, aquello que confirma nuestra perspectiva.

    Una de las bases para una charla pública sana y productiva, sea esta profesional o vocacional, es la idea de que las intenciones de quien se para en la vereda de enfrente no son de peor calidad moral que las nuestras. Que quien discute con nosotros no lo hace por ser un malvado o un perverso. Que lo hace porque, como nosotros mismos, cree legítimamente en lo que dice. Para que la horizontalidad se sostenga, es necesario mantener la conversación y el debate sobre los argumentos que se plantean.

    Esto implica, claro, tener una definición común de lo que es un argumento y eso viene resultando difícil. Hasta hace bastante poco y durante los últimos 200 años, esa definición se asentaba en la idea de la racionalidad derivada de la ilustración. Dicho a lo bruto, si alguien era capaz de construir una idea partiendo de un dato resultado de una medición contrastable, se consideraba que presentaba un argumento. En cambio, si alguien decía que las cosas eran como él decía porque así lo sentía, con independencia de cualquier dato verificable, se lo consideraba un caprichoso poco apto para construir en el espacio común.

    Ese parámetro, ese método, viene siendo impugnado desde hace un par de décadas y lo emocional viene siendo considerado material irrebatible sobre el cual construir en común. ¿Por qué irrebatible? Porque en paralelo se ha desarrollado la idea de que los sentimientos, la subjetividad, son un asunto tan personal que resultan indiscutibles. Y quien intenta rebatirlos es un desalmando y un irrespetuoso de los sentimientos y pertenencias ajenas. Más aun, esa línea de pensamiento ha ido lijando el hielo fino sobre el que de por sí se asientan las charlas en una democracia: si nadie puede cuestionar mis emociones y mis sentimientos (convenientemente agrupados según criterios de pertenencia identitaria) y son el único “argumento” en juego, se hace difícil visualizar una zona común en la que existan puntos de encuentro con quien no piensa igual.

    Esto, que ya resulta problemático en la charla informal (baste pensar en el campo minado que son las redes a la hora de expresar un punto de vista que no sea mayoritario en una cámara de eco), se vuelve especialmente conflictivo cuando se lo traslada a la charla profesional. Si los políticos, o los técnicos que asesoran a los políticos, se paran de esa manera emocional y moralizante a charlar con los de la vereda de enfrente, el resultado tiende a ser desastroso. Un efecto muy negativo del uso de esos criterios emocionales a la hora de gestionar lo público lo estamos viendo en el ya famoso “Affaire Astesiano”. Y aunque en este caso se trate más del clásico paternalismo caudillista que del identitarismo más reciente, coinciden en su falta de interés por el dato, por el argumento racional que debería latir en las decisiones políticas de una democracia moderna.

    Otro efecto negativo de ese desplazamiento se puede ver en el doble rasero que los políticos aplican sistemáticamente a la hora de juzgar acciones negativas propias y ajenas: si son propias, se debe a un desliz, un error, una manzana podrida. O, peor aún y bastante más común, se afirma que todo es un invento del enemigo y de sus “operadores”. Ahora, si la misma acción negativa se produce en la vereda de enfrente, estamos entonces ante una señal inequívoca de que el rival ideológico (ya convertido en enemigo) hace esas cosas porque las lleva en su ADN, en su clase social o porque ontológicamente sus ideas son así de malvadas.

    Que ese doble rasero la aplique a ultranza la más barra brava dentro de las hinchadas políticas es esperable. Después de todo, esas militancias suelen moverse todo el tiempo dentro de campanas de eco en donde no suena nada que no confirme el dogma, incluso si se trata de un dato de la realidad. Unas campanas de eco tan densas que muchas veces es gente que no concibe la posibilidad de que alguien pueda opinar si no es “representando” a “los míos” o “los suyos” partidarios. Un universo ideológico cerrado y 100% gregario.

    Ahora, que algo sea esperable no equivale a deseable o aceptable. Por eso resulta poco deseable y aceptable ver esa misma dinámica en las dirigencias partidarias. ¿De qué sirve convocar a los líderes partidarios a bajar un cambio si eso después no ocurre en la práctica propia, como pasó con el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira? ¿O tener a medio Parlamento tirando piedras en Twitter, en vez de justificar el sueldo logrando acuerdos amplios y sólidos que beneficien al país en el mediano y largo plazo?

    Lo que esta lógica (es un decir) viene olvidando es que esos que piensan distinto no se van a ir a ninguna parte y muy probablemente no sean convencidos por nuestras pedradas e insultos. Por lo menos no mientras seamos una democracia. Y que esas distancias y diferencias van a persistir, por mejores que nos parezcan a nosotros nuestros argumentos y por malos que nos parezcan los del contrario.

    Si las dirigencias políticas son incapaces de reconocer que el rival ideológico no es un enemigo y que, nos guste o no, va a seguir allí, el cóctel resultante será especialmente nefasto. Para todos, para los de tu tribu y los de las otras. Para tu campana de eco y para las otras. Si no recuperamos el arte perdido de conversar pacíficamente con el que piensa distinto, difícilmente llegaremos juntos a alguna parte. Y eso, llegar juntos, es o debería ser el centro de cualquier política inteligente.