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    El asesinato del duque D’Enghien

    Columnista de Búsqueda

    N° 1828 - 13 al 19 de Agosto de 2015

    En esa discreta novela que es Nuestro hombre en La Habana el protagonista se enfrenta a una situación compleja con un agente del orden y se empeña por salvar su situación un tanto comprometida. Pero en un momento se le aparece la luz: “Comprendí que era inútil explicar algo a alguien con uniforme”. La concisión define el drama por el que atraviesa la indefensión frente a la arbitrariedad; lo gobernado frente a lo gobernante; la persona frente al poder.

    Un oscuro episodio de la historia de Napoleón, el inicuo asesinato del duque D’Enghien, ilustra acerca de la inutilidad a la que alude Graham Greene. El 21 de marzo de 1804 un pelotón de fusilamiento terminó en las fosas del castillo de Vincennes con los días del último representante de la casa Condé, Louis Antoine Henri de Bourbon, príncipe de sangre, alguien con legitimidad suficiente para aspirar al trono. Luego de eso, una súplica generalizada reclamó la verdad al Primer Cónsul para este noble a quien injustamente se acusó de participar en un complot y al que se ultimó más por la vía administrativa que como resultado de un debido proceso judicial.

    Hay dos hipótesis al respecto. Por un lado, están los que afirman que el duque estaba complotando con el general Pichegru, que se puso al frente de un torpe pero resuelto intento de golpe de Estado, que prestó su nombre para animar la restauración y ejecutar venganza contra todos los representantes de la Revolución, en fin, que recibió dinero de Inglaterra para conspirar, que buscaba asesinar a Napoleón, restaurar el antiguo régimen. Los pocos diarios que existían en Francia en ese entonces eran adictos a Bonaparte y sostuvieron esta inverosímil perspectiva; hubo también panfletos y arengas que durante los pocos días que mediaron entre su apresamiento y su muerte adelantaron y alentaron ese terrible destino. Por oposición, los testimonios más cercanos a los hechos sostienen que Napoleón decidió íntimamente este asesinato, que Talleyrand tal vez lo sugirió, que Fouché aparentó no entender en el tema, que era necesario solidificar el republicanismo y dar un castigo ejemplar a los varios intentos de desestabilización que agitaban los monárquicos. Es más: se dice que como Napoleón estaba decidido a la creación de un Imperio tan grande como el romano, no iba a permitir que ninguna otra legitimidad que la surgida de su genio militar opacara la gloria que veía próxima.

    Lo que ha podido establecerse es que la realidad se parece más a la segunda hipótesis que a la primera, aunque tiene componentes de ambas. El 10 de marzo, Napoleón se muestra muelle a la instigación de sus dos más notables ministros —Talleyrand y Fouché, Relaciones Exteriores y Policía, respectivamente— en el sentido de que es más conveniente tener al príncipe en una prisión que suelto. El duque se encontraba lejos del suelo patrio, estaba en Baden, sobre el Rhin. Durante esa sesión de gabinete, Napoleón se burló de Cambacèrés, el segundo cónsul, que tuvo el dudoso mérito de participar activamente en la ejecución de Louis XVI, y que en la ocasión se mostró escéptico acerca de la conveniencia de ir contra el príncipe. Napoleón le dijo una famosa frase que lo incrimina en todo el episodio: “Hoy lo veo muy avaro con la sangre de los Borbones!” (“Vous êtes bien avare, aujourd’hui, du sang des Bourbon !”).

    El príncipe, si bien estaba ocupado en su próximo casamiento con su prima, seguía de cerca los acontecimientos de Francia y recibía a nobles que le traían noticias o persuasiones para que se comprometiera con la suerte de la causa, cosa que nunca consiguieron. Napoleón seguramente sabía que este hombre de 32 años no se sentía preparado para encabezar o siquiera secundar una asonada restauradora, y que en rigor le interesaba más formalizar con la princesa Charlotte, a la que lo unía un loco amor, antes que lanzarse a una acción que en todo punto resultaba dudosa. Pero como su plan era menos policial que simbólico, mandó una tropa de mil hombres para que lo apresaran y lo trajeran esposado a París. El Primer Cónsul quería mostrarle al mundo cuán fuerte había llegado a ser, y, sobre todo, cuánto más lo sería; por eso no hesitaba en remover los obstáculos reales y los obstáculos que estaban en el imaginario colectivo; por eso planificó y ejecutó este crimen con preciosa exactitud.

    El 14 de marzo el duque es capturado, el 20 de marzo lo encierran en el castillo de Vincennes; entre las doce de la noche y la una de la madrugada lo juzgan y lo condenan ipso facto a la pena máxima. A las dos de la madrugada lo ejecutan. Horas más tarde de ese aciago día, Napoleón consigue promulgar el Código Civil, una de las piezas más perfectas de su gobierno y acaso su mejor legado; una síntesis de la tradición jurídica de Occidente y de las más nobles conquistas de la Revolución.

    Para quienes gustan de relacionar símbolos y comprender la realidad a partir de ellos, el asesinato del duque D’Enghien fue absolutamente necesario para la fundación del Imperio.