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El primer recuerdo que tengo de Pablo Milanés se remonta a 1977. En agosto de aquel año se celebraban en la Ciudad de México las Jornadas de la Cultura Uruguaya en el Exilio. Aprovechando que El Galpón, Camerata Punta del Este, Alfredo Zitarrosa y varios reconocidos artistas uruguayos estaban exiliados en la capital mexicana en aquel entonces, fue que se organizaron dichas jornadas. Pablo Milanés junto con Silvio Rodríguez y otros artistas cubanos y latinoamericanos fueron parte relevante de ellas.
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Lo primero que llamaba la atención de Milanés era su voz, poderosa y clara, con reminiscencias salseras en las melodías y en los giros estilísticos. También que, pese a ser representante de la Nueva Trova Cubana, buena parte de su repertorio se centraba en temáticas personales y amorosas, antes que en una poética defensa de la Revolución cubana. Ese era el caso del talentoso Silvio Rodríguez, quien, si bien también se prodigaba en canciones de amor, concentraba el grueso de sus textos en la exposición de los aspectos que le parecían más destacables del proceso revolucionario. Incluso en medio de aquellos hiperpolitizados años 70, de los dos o tres representantes de la Nueva Trova (el tercero sería Noel Nicola, fallecido en 2005) Milanés parecía ser el menos interesado por estas cuestiones políticas.
Su debut junto con sus socios trovadores se había producido en 1968, cuando realizaron un festival conjunto en la sede de Casa de las Américas. Sin embargo, Milanés ya tenía una trayectoria artística previa que arrancaba a comienzos de los 60. A mitad de esa década integró el grupo Los Bucaneros y debutó como solista en 1965 con la canción Mis 22 años, material que es considerado uno de los primeros en incorporar elementos de lo que casi una década después se llamaría Nueva Trova Cubana. Sus influencias previas incluían el filin, estilo musical que se inició en Cuba en los años 40 y que incorporaba elementos de la canción romántica, con fraseos y armonizaciones jazzeras. Son los ecos de ese estilo los que probablemente han servido para diferenciar a Milanés de otros artistas cubanos vinculados a la Nueva Trova.
Un año después de ese estreno en solitario, fue enviado por el gobierno cubano a un campo de trabajos forzados de la Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP) en la zona de Camagüey. Muchos años más tarde, en 2015, el propio cantante diría que ese era “un campo de concentración estalinista”. Tras escaparse, fue detenido en La Habana y encarcelado en la prisión de La Cabaña. Después fue enviado a un campamento de castigo, en donde permaneció hasta finales de 1967, cuando la UMAP se disolvió.
Con estos antecedentes, no dejó de ser una sorpresa que comenzara a escribir canciones de contenido político y que poco menos de un año después se presentara en Casa de las Américas. Fue precisamente allí que entraría en contacto con los principales artistas latinoamericanos que se preocupaban por temáticas sociales y políticas similares, como Violeta Parra, Mercedes Sosa, Daniel Viglietti, Chico Buarque, Simone, Vinicius de Moraes, Milton Nascimento y Víctor Jara. En 1971 Milanés, Rodríguez y Nicola, junto con el Grupo de Experimentación Sonora del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Gesicaic), sacaron un disco conjunto, Cuba va, y apenas un año después se acuñaría el término Nueva Trova. El vínculo de Milanés con el Gesicaic arrojaría interesantes resultados artísticos a lo largo de toda su trayectoria. De hecho en lo artístico es imposible disociar este grupo de la propia Nueva Trova.
Es en 1973 que se produce el debut discográfico oficial del artista con Versos sencillosde José Martí. Ya allí quedaría marcada una característica del cantautor cubano: la de grabar discos musicalizando textos de otros poetas. Ese sería el primero de una larguísima secuencia, que siguió con Pablo Milanés canta a Nicolás Guillén (1975) y La vida no vale nada (1976) y que se cerró casi 40 años más tarde con Standards de jazz (2019). En el medio, Milanés tuvo tiempo de experimentar con su grupo de amigos del Gesicaic, recuperar su pasión por el filin, acercarse al bolero, colaborar con artistas tan distintos como Víctor Manuel, Tania Libertad, Compay Segundo, César Isella, Caco Senante, Armando Garzón, Joaquín Sabina y Chucho Valdés. Un trabajo especialmente relevante en su carrera fue Querido Pablo, de 1985, un disco homenaje que contó con la presencia de Víctor Manuel, Ana Belén, Luis Eduardo Aute y Mercedes Sosa, entre otros. Este álbum tuvo una secuela en 2002, Pablo querido, en el que se sumaron al homenaje artistas como Fher Olvera, cantante de Maná, el melódico Marco Antonio Muñiz y el pope del bolero Armando Manzanero?.
En 1993, Milanés creó una fundación que llevó su nombre y que pretendía funcionar como un “proyecto cultural independiente, autofinanciado y sin fines ideológicos”. La idea del cantautor era usar la fundación como plataforma autónoma de difusión de artistas emergentes y alternativos. Sin embargo, tras apenas dos años de existencia y tras meses de “tensiones, problemas económicos y enfrentamientos con el Ministerio de Cultura”, la fundación fue disuelta y sus “medios, activos y pasivos, que hasta hoy (ayer) pertenecieron a la fundación” pasaron a ser propiedad del Ministerio de Cultura, explicaba el periodista español Mauricio Vicent en un artículo del 10 de junio de 1995.
La visibilidad internacional del cantautor, así como su independencia de criterio, resultaron demasiado para un régimen que se ha caracterizado por ser un feroz y restrictivo custodio del campo cultural. Desde entonces, y de manera más evidente en los últimos 10 años, Milanés fue un duro crítico del proceso cubano. En las últimas protestas de 2021, no dudó en alinearse con quienes estaban siendo encarcelados por la dictadura. Desde hace ya unos años, la salud del cantautor se había debilitado y finalmente terminó falleciendo el martes 22 víctima del síndrome mielodisplásico, un tipo de cáncer que reduce la respuesta inmunológica.
Obviamente, esta nota se queda corta a la hora de intentar enumerar la riqueza, variedad y autenticidad de la vida y obra de Pablo Milanés, un artista que hace más de dos décadas entendió que la verdadera revolución no podía pasar por la domesticación de los instintos creativos y su adaptación a una horma ideológica rígida, violenta y autoritaria. Que la función social del artista no es servir a un régimen sino potenciar la riqueza existente en la calle y en las personas. Además de sus 40 discos en solitario, Milanés fue especialmente pródigo en trabajos conjuntos y colaboraciones. Eso es entender, sin duda, el sentido colectivo de la creación.