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    El caso Toma

    Sr. Director:

    Memento mori (recuerda que eres mortal). Con esa frase un esclavo enviado por el Senado romano recibia y acompañaba en su desfile triunfal a cada general vencedor que regresaba a la capital del imperio. Clara era la intención de aquellos patricios. No fuera que el militar de turno tuviera planes propios. El episodio tragicómico que protagoniza en estos días el Dr. Toma trae aquella frase a colacion. El agradable calorcito que irradia la cercanía con el poder, los vínculos e intercambios de favores que se dan naturalmente a ciertas alturas y, sobre todo, la falta de sentido republicano y de espíritu de servicio está probado que producen en ciertos personajes, pagados de sí mismos, parados sobre su enorme ego, la convicción de su inexpugnabilidad, de estar al amparo de todo escrutinio y responsabilidad pública. Y no es que sea este sainete un emergente novedoso. Nuestra historia política está plagada de corruptelas y corrupciones de todo calibre. A todo nivel. Lo que debería llamar a reflexión es que, por si algo faltaba, viene a confirmar la extendida sospecha que quienes se intitulaban dueños de la moral pública, los que podían equivocarse, pero nunca traicionar éticamente a la ciudadanía, eran, en realidad, dioses con pies de barro. Y no es que este episodio sea peor en sus consecuencias que Aratirí, el puerto de aguas profundas, la regasificadora, que lo político está por encima de lo jurídico, que como te digo una cosa te digo la otra, el desfonde de Ancap, o vergonzante para la República, como el sketch montado por Cristina Kirchner en suelo uruguayo, con el beneplácito y financiamiento  de nuestras  autoridades y arcas públicas con aquello del tren de los pueblos libres y que Artigas era un caudillo provincial. En realidad, es “pecata minuta” comparado con el agujero que dejaron los sucesivos gobiernos del FA. Pero viene a retratar con toda crudeza la soberbia y convicción de impunidad con que se manejaban en la corte del Dr. Vázquez. Responsable último de este y otros hechos de desidia que ahora no vienen al caso. Sabido es que el Dr. Toma era su mano derecha desde hace mucho tiempo. Sabido es que el segundo Dr. Vázquez hizo la plancha y no acostumbraba a interiorizarse de los asuntos de su competencia. Y Toma se la creyó. Él redactaba y Vázquez firmaba. Sabido es que el Dr. Toma tenía mucho poder. Implícito y explícito, y que la guardia pretoriana del FA  no  se metía con él a pesar de su origen colorado. Lo que podríamos llamar un corcho inhundible, como otros cuantos del mismo origen.

    Afortunadamente, todavía tenemos  periodistas en serio, que creen en su profesión, que no son amanuenses del poder y que están atentos, para bien de la ciudadanía, a los eventuales desbordes a los que están inclinados los hombres (y mujeres) que, por la vía que sea, asumen altas responsabilidades públicas.

    Tal vez el Dr. Toma, y aquellos que sean llamados a declarar en las instancias que correspondan, puedan explicar fehacientemente todos los vericuetos de esta tragicomedia. Todos nos alegraremos si así sucede. Con los elementos de juicio que hay hoy sobre la mesa parece un tanto difícil. O tal vez, como dijo alguien en un programa televisivo, le pase como a Al Capone (que terminó su carrera por una minucia: evadir impuestos).

    Una segunda cuestión trata de exponer un significado más profundo y general, que subyace o sobrevuela estos hechos.

    La importancia de la alternancia de los partidos políticos en el poder. A esta altura sería sobreabundante explicar por qué. Está a la vista. De ahí se desprende la necesidad fundamental del funcionamiento orgánico de los partidos políticos, de dar la pelea por su autocrítica y su renovación como indispensable ámbito generador de discusión y difusión de ideas para el progreso democrático de la República en todos sus ámbitos, fungiendo como verdaderas escuelas cívicas que impartan y ratifiquen la convicción de que la función pública está al servicio de los ciudadanos y no de quienes, circunstancialmente, tienen el honor de ocupar un cargo de alta responsabilidad. Porque también es público y notorio que en estos años algunos malhadados personajes, de inexplicable relevancia en lo internacional, han hecho caer en el mayor de los desprestigios la noble tarea de servir a la República, haciendo que buena parte de las nuevas generaciones prefieran desentenderse de lo político por sus connotaciones negativas. Es en la contraposición de ideas, en la lucha por la excelencia, en el ejercicio democrático a todo nivel que evitaremos estos bochornos colectivos. Y en el ejercicio de la memoria. De aquellos que alardeando de su convicción ideológica, usufructuaron cargos de alta responsabilidad, y cuando cambió el viento no dudaron en correr a ofrecer sus servicios a aquellos que recién nomás calificaban como sus irreconciliables adversarios. De todos estos hechos habría que sacar enseñanzas que nos ayuden a crecer como sociedad civilizada.

    Dr. Heber Scarone