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    El colombiano que vino del frío

    Falleció Andrés Salcedo, legendario relator de la Bundesliga
    Columnista de Búsqueda

    El Uruguay de la segunda mitad de los 80 era cualquier cosa menos un lugar alegre. Sí, se había terminado la dictadura y estábamos en democracia. Sí, el país comenzaba a abrirse otra vez al mundo pero el mundo apenas lograba filtrarse por las rendijas del gris patrio que había dejado, justamente, la finada dictadura. Cada vez que recuerdo el primer invierno que pasé en Uruguay al volver de México, me viene a la cabeza una mezcla de pies helados, calles sin alumbrado público, carros tirados por caballos y gente usando mocasines marrones con el pelo peinado con la raya al costado. Ahora, lo que se dice opciones de entretenimiento, como no fuera el programa El sello de hoy, no había muchas.

    Por eso era casi una cita obligada mirar el partido de la Bundesliga que Canal 5 retransmitía, quien sabe cuántos días tarde, cada sábado al mediodía. No tanto porque el partido en cuestión fuera una maravilla como por la forma en que el locutor narraba ese muy probablemente monótono match. El señor que ponía la voz se llamaba Andrés Salcedo y falleció el viernes 7 en su natal Colombia. ¿Qué fue lo que hizo de Salcedo y sus retransmisiones un evento que es recordado por más de una generación de latinoamericanos? Su particular forma de nombrar a los jugadores germanos, mezcla de humor, cercanía, respeto y afecto, un estilo que si bien ha sido emulado por otros, nadie ha logrado manejar de manera tan rica como él.

    Salcedo había iniciado su carrera como locutor en Colombia pero el periodismo deportivo no estaba dentro de sus opciones. Tras trabajar un tiempo en Nueva York, a finales de los 60 se trasladó a España, en donde ganaría el Premio Nacional de Crónica en 1969. Ese premio fue el que le abrió las puertas para trasladarse a Colonia, en Alemania, a comienzos de los 70. La retransmisión de partidos de fútbol era algo que a él, como fan del béisbol, le resultaba ajena por completo. De hecho, su viaje a Alemania fue para cubrir a un locutor radial de la Deustche Welle, no para transmitir la Bundesliga.

    El giro que lo llevaría a ser conocido por un par de generaciones de latinoamericanos se produjo en 1974, cuando tras ganar el Mundial de Fútbol organizado por Alemania la empresa Trans Tel adquirió los derechos de transmisión del fútbol germano y decidió retransmitir un partido semanal para toda América Latina. Pese a estar trabajando en la agencia de prensa alemana como traductor y locutor, a Salcedo ni se le había pasado por la cabeza que podría ser él quien se hiciera cargo de esas retransmisiones. De hecho, su único contacto con el mundo del periodismo deportivo había sido presentar los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972.

    Quizá por simple inercia laboral, finalmente Salcedo decidió presentarse al casting de locutores que se hizo para las retransmisiones de Trans Tel. El casting se abrió porque el profesional elegido por la empresa, el conocido relator argentino José María Muñoz, finalmente no aceptó la oferta alemana y decidió quedarse en su país aduciendo razones familiares. Salcedo fue el primer sorprendido al quedar seleccionado para el puesto, ya que él creía que un relator de fútbol debía tener una velocidad mental de la que él creía carecer. Quizá esta idea fue la que lo llevó a desarrollar un estilo muy distinto al que se suele escuchar en las emisiones de los partidos de fútbol, sobre todo en América Latina.

    Convencido de que su falta de conocimiento del juego iba a ser un problema y dada su dificultad para recordar nombres y posiciones, Salcedo eligió un camino poco común: rebautizar a los jugadores a partir de alguna característica de su físico o de su juego. O, como en el conocido caso de Norbert Nachtweih, futbolista emigrado de la entonces Alemania Oriental, darle un giro literario y rebautizarlo con el nombre de la conocida novela de John le Carré, El espía que vino del frío. Así fue que aparecieron en el imaginario del espectador latinoamericano Caperucita Roja Rummenigge (gracias a sus mejillas coloradas), Migajita Littbarski (habilidoso extremo de 1,67 de estatura), el Poroto Hassler (otro petiso habilidoso), el Ojitos Augenthaler (Augen en español significa “ojos”, el diminutivo es puro cariño latino), el Carbonero Wohlfarth (procedente de Westfalia, entonces principal centro de producción de carbón en Alemania) y el Policía Kuntz (con su poblado bigote de aire policial), entre otros.

    Hay dos apodos que merecen especial destaque, uno por su permanencia en el vocabulario popular latinoamericano desde entonces y otro por la anécdota que lo envuelve. Gracias al relator cafetero, Lothar Matthäus, histórico capitán de la selección alemana, es conocido por muchos como Mateito Matthäus. En una entrevista reciente Salcedo comentaba: “Aún hoy constato que hay gente que cree que Lothar Mateito Matthäus se llama Mateito”. Sin embargo, su intención al rebautizarlo fue “que la gente pronunciara correctamente el Matthäus (se debe decir Mateus). Hubo una intención didáctica”. Lo cierto es que para un montón de latinoamericanos desde mitad de los 80 Matthaus es Mateito y no Lothar.

    El segundo apodo que merece mención aparte es el de Paul Steiner, un poco delicado central del 1. FC Köln que gracias a su aspecto rudo y áspero estilo fue bautizado como el Cavernícola Steiner. El problema es que Steiner sabía hablar español, dado que era amigo de un argentino que tenía una parrillada en la ciudad de Colonia. Salcedo cuenta que el argentino, que también era conocido suyo, lo invitó a comer y cuando llegó al local se encontró con Steiner, que lo miraba desde su mesa y le gritaba en alemán, furioso por su apodo: “¿Quién te pensás que sos para bautizarme Cavernícola?”. Asustado, Salcedo se quedó parado hasta que Steiner se puso a reír, se levantó y fue a darle un abrazo.

    Pese a haber vivido durante 20 años en Alemania, el primer encuentro de Salcedo con el país no fue precisamente amable. En una entrevista de 2018 decía sobre su llegada: “No me gustó nada. Ni la gente, ni el clima, ni el idioma, ni nada. Por mí, me habría vuelto a Madrid en el mismo avión. Pero a medida que vencía mis fastidios iniciales e iba aprendiendo el idioma fui asimilando aquel mundo tan diferente al español”.

    Entre otros trabajos menos conocidos, Salcedo fue responsable de traducir las letras de Atahualpa Yupanqui al alemán a comienzos de los 70. También fue actor de doblaje en varias películas e hizo el papel de Viernes en una radionovela que Julio Cortázar escribió para la Deutsche Welle, una revisión de la historia de Robinson Crusoe, en donde también participaron el actor argentino Hugo Martínez Trobo y la actriz uruguaya Graciela Salsamendi. Una más: es autor de media docena de boleros, varios de los cuales llegaron a ser grabados.

    Salcedo regresó a Colombia en 1990 y allí siguió trabajando en prensa y radio. Publicó dos libros, Las otras caras del fútbol, en 1999, y El día en que el fútbol murió: triunfo y tragedia de un dios, en 2011, en donde cuenta la historia del brasileño Heleno de Freitas, jugador del Junior de Barranquilla.

    Considerado por sus colegas del periodismo deportivo como un tipo generoso y ajeno a cualquier lucha de egos, “un intelectual que narraba y escribía sobre fútbol”, al decir del también periodista Alejandro Pino, Salcedo será recordado sobre todo como el responsable de un milagro bastante inusual en la historia del deporte: él solito logró que la liga más aburrida del mundo fuera un auténtico espectáculo para todo un subcontinente durante unos cuantos años. Eso sí, cuando Salcedo regresó a Colombia y quedaron solo relatores “normales”, la Bundesliga volvió a ser lo más parecido a mirar un lavarropas haciendo su trabajo durante 90 minutos. Agradezcamos ese paréntesis de dos décadas que nos dio su estilo.

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