N° 2004 - 17 al 23 de Enero de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Conocen aquel que dice que iban un astrónomo, un físico y un matemático viajando en tren por Escocia cuando a través de la ventanilla vieron una oveja negra? El astrónomo dice: “¡Qué interesante! En Escocia las ovejas son negras”, a lo que el físico contesta: “¡No, no! ¡Algunas ovejas en Escocia son negras!”. El matemático levanta la cabeza y con aire de reproche les dice: “En Escocia hay al menos un campo que contiene al menos una oveja, que tiene al menos un lado negro”.
El chiste parte de la idea de que la ciencia no puede (y no debe) aseverar cosas mucho más allá de lo que resulta observable o contrastable. Por supuesto, hay excepciones. La física teórica se basa en extrapolaciones de lo observable o medible, a través de abstracciones que se aplican de manera rigurosa a aquello que no se puede observar. También extrapolan en sus aspectos predictivos las ciencias económicas y las ciencias sociales. Dicho eso, un, pongamos, biólogo, difícilmente se avenga a asegurar que todas las vacas en Escocia son negras, después de ver solo una desde un tren en marcha.
Esa precaución fue la que tuvo precisamente la bióloga de la Universidad de la República Sabina Vidal en una entrevista realizada hace unos días en la televisión montevideana, en donde habló sobre los transgénicos. Vidal, que ademas es doctora en Genética Molecular por la Universidad de Uppsala, en Suecia, dijo un montón de cosas precisas e interesantes. Lo primero y más básico: ¿qué es un alimento transgénico? “Es un alimento que se preparó utilizando algún organismo que haya sido modificado usando una tecnología en particular, que es la transgénesis o la ingeniería genética”.
Vidal dijo también que “convivimos desde hace tiempo con los transgénicos, por lo menos 40 años,” y que modificar genéticamente los alimentos y lo que nos rodea “es parte de las prácticas naturales del ser humano desde las primeras prácticas agrícolas”. También señaló que los cultivos transgénicos pasan por una evaluación sostenida (“entre 10 y 15 años”), como si fueran medicamentos y que en la “batalla” entre transgénico y no transgénico se cruzan un montón de dimensiones que no tienen nada que ver con la herramienta en sí.
Más adelante, Vidal dijo algo que me parece clave para entender cómo funciona la evidencia científica y qué tanto se anima a “apostar” la ciencia cuando se trata de garantizar esto o lo otro. Ante la pregunta de ¿cómo estamos seguros de que, a largo plazo, los transgénicos no hacen mal? Vidal contesta: “Es muy difícil demostrar científicamente que algo no va a ocurrir. Lo que se puede hacer es decir que ‘no hay ninguna evidencia científica que diga que te hace mal’. Eso es lo máximo que, como científico, se puede llegar a decir”. Casi, casi un campo, una oveja y un lado negro. Parece poca cosa, aunque es la antítesis de la fe: aferrarse a los datos disponibles y usarlos para razonar sin cederles un centímetro a la especulación y la manija.
Lo llamativo es que este concepto, que de una forma u otra lo ha estudiado cualquiera que tenga el ciclo básico del liceo completo (y haya entendido lo que le explicaron en clase), resultaba ajeno para un número importante de gente que comentaba el video en las redes. De hecho, lo que afloró fue una desconfianza más bien automática, que no se interesaba por los argumentos que exponía la científica. Uno de ellos, por ejemplo, decía que si bien él no era biólogo, le podía recomendar a Vidal algunos libros que demostraban cuán errada estaba. Otros dudaron de su honestidad, sin más. Ya se sabe, si alguien dice algo que no me cuadra con el prejuicio, es porque trabaja para Satán. O para Monsanto, que es más o menos lo mismo.
Hasta donde alcanzo a ver, los transgénicos son una herramienta. Una a la que algunos le estarían dando unos usos de dudosa moral o ética. Entiendo que es clave discutir la moral de los usos de los transgénicos; sin eso estamos perdidos en un mar de posibilidades técnicas sin ética. Pero discutir la ética de la herramienta no debería oponerse a su existencia. Como decía Vidal en la entrevista, ninguna ciencia puede garantizar al 100% todo lo que no va a ocurrir. Y sin embargo, eso ya es mucho más que la suspensión de la incredulidad que exige la fe.
Según una reciente investigación realizada por científicos de la Universidad de Boulder en Colorado, Estados Unidos, y publicada por la revista Nature, cuanto más firmemente un estadounidense se opone a los organismos modificados genéticamente, más seguro está de conocer sobre el tema. Todos los individuos de la muestra fueron testeados al mismo tiempo en cuestiones científicas básicas (por ejemplo, si un electrón es o no más chico que un átomo) y resultó que quienes más convencidos estaban de saber, eran justamente aquellos que menos entendían las básicas de la ciencia.
El estudio asume como evidente que los transgénicos son un tema que necesita que quien quiera formarse una opinión deba informarse hasta comprender mínimamente de qué se está hablando. Así, mientras el 90% de los científicos de EE.UU. consideran que los transgénicos no representan un problema para la salud, casi el 90% de los encuestados manifestaron tener dudas y sospechas sobre estos. En resumen, que cuanto más informado cree estar el escéptico, cuanto más furiosa (y religiosa) es su oposición, más bajo y vago es su nivel de comprensión científica.
Quizá es por eso que las precauciones epistémicas que la bióloga Vidal mostró a lo largo de toda la entrevista sean percibidas como debilidades (¡Ah, no puede asegurar que los transgénicos no nos van a matar dentro de 100 años, es una burra, que se vaya a leer!) y no como la diferencia esencial que existe entre el método científico y la fe. El primero alcanza “verdades” que, aunque parciales y provisorias, son consistentes. Y que están siempre sometidas al escrutinio de su propio método. La segunda te exige que creas, que te tires tranquilo, que abajo hay pastito.
Al mismo tiempo, la idea de que todas las ideas pueden ser expresadas va siendo suplantada por la de que todas las ideas valen lo mismo. Y si todo vale lo mismo, es que nada vale nada. Es decir, deja de importar la calidad de la evidencia o la lógica del argumento. Actualmente, casi todo intercambio colectivo sobre un tema X se plantea como una batalla de sensibilidades y reivindicaciones tribales, en donde la evidencia es considerada una traba del pasado y el argumento, un insulto. Así è difficile.
Los ciudadanos de sociedades complejas como las nuestras somos convocados permanentemente a debatir sobre un montón de temas que exigen cierto nivel de conocimientos y de interés. No para complicarnos la vida, sino por la naturaleza compleja de esos temas. Y nunca la calidad del debate ciudadano es ajena a la calidad de la formación de quienes lo sostienen. Sin una educación pública de calidad, es difícil que ese nivel de interés y conocimientos exista. Mientras de la educación secundaria egresen solo tres de cada diez estudiantes, no es raro que cada vez más gente esté convencida de que en Escocia todas las ovejas son negras.