Entre golpistas y descreídos

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Nº2003 - al de Enero de 2019
por Fernando Santullo

Hace ya unos cuantos años, en una charla informal sobre la vida y esas cosas, un amigo me decía que él creía que la dictadura uruguaya había llegado no tanto por la batalla entre dos, tres o cuatro demonios, como por el desprecio generalizado hacia la democracia que campeaba en todas las filas ideológicas desde unos cuantos años antes. Que eso se podía ver tanto en la izquierda como en la derecha, en donde coexistían versiones democráticas de las mismas junto con un discurso que justificaba las acciones de los Tupamaros y de los Escuadrones de la Muerte. Que el descreimiento en la democracia se fue volviendo moneda corriente en todos los ámbitos públicos y que muy pocos la defendieron sin cortapisas.

A mediados de 2017 y con motivo de los 44 años del golpe de Estado de 1973, Ignacio Zuasnabar, director de Opinión Pública de Equipos Consultores, comentaba los resultados de una encuesta realizada por la consultora Gallup en los meses previos al golpe. Antes que concentrarse en encontrar un culpable (me resulta muy cristiano eso de preocuparse por la “culpa”), a Zuasnabar le interesaba mostrar los datos a manera de termómetro social, como una suerte de radiografía parcial pero útil para intentar explicar aquel momento. Como todo científico social serio, Zuasnabar tenía claro que las causas de una dictadura eran necesariamente complejas y, esto es interesante, siempre colectivas. La dictadura, dijo entonces el director de Opinión de Equipos, fue más bien resultado de una concatenación de errores e impotencias que involucraron a un montón de actores sociales hasta convertirse en una suerte de “crónica de una muerte anunciada”.

Entre las cosas que me parecen reveladoras de la encuesta (sobre la que se ha insistido con bastante razón que era precaria y que fue realizada por una empresa poco confiable) está la respuesta a la pregunta: “¿Usted cree que las acusaciones de los militares hacia los políticos son ciertas o exageradas?”. El 52% de los encuestados contestó que le parecían ciertas, mientras que 27% las consideró exageradas. Ante la frase: “Los diputados y senadores no se han preocupado por el bienestar del pueblo”, 60% de los encuestados dijo estar de acuerdo. Llamativamente, esa cifra subía hasta el 73% entre los votantes del Frente Amplio. Y la idea de que “los parlamentarios gozan de grandes privilegios que son verdaderos abusos” era compartida por el 70% de los ciudadanos que participaron en la encuesta.

¿Quiere esto decir que esa gente que manifestaba su desconfianza hacia el sistema político quería una dictadura feroz como la que vino? Creo que no, que el terror desatado después no estaba en los cálculos de casi nadie, salvo en los de sus ejecutores y en los de quienes venían planificando el golpe. Y creo que entre esos no se contaba la inmensa mayoría de los ciudadanos que en esa encuesta manifestaban su disconformidad con el estado de las cosas, disconformidad que se condensaba en la idea de que el sistema político no parecía capaz de dar respuesta al creciente caos que venía sacudiendo a la sociedad toda.

Algo parecido a lo de Zuasnabar sobre la dictadura lo decía Wilson Ferreira Aldunate en un viejo reportaje de 1985: “Todo el sistema político uruguayo no advirtió lo que se venía encima, con suficiente antelación. Y cuando lo advirtió, no lo enfrentó con coherencia. Y a esto hay que añadir la irresponsabilidad de aquellos que hicieron foquismo destructivo, saliendo a asesinar soldados de 18 años. Y la responsabilidad de aquellas Asambleas Generales en que se ponía exclusivamente todo el acento en los excesos estatales pero no se decía ni una palabra de lo otro. Los errores fueron muchos y de todos lados. Y si no hubiera sido así, no se habría producido el golpe”.

¿Porque traigo a colación la encuesta de Gallup, los comentarios de Zuasnabar y esta larga cita de Wilson? No porque crea que se avecina un golpe de Estado ni nada parecido. El contexto continental es otro, Estados Unidos no parece demasiado preocupado por lo que pase en América Latina (al menos no como para ponerse a apoyar golpes a-la-Kissinger) y, salvo en la cabeza de algunos viejos con una pata en la tumba y en la cabeza de sus nietos mas calenturientos, el foquismo es una pieza de museo.

Lo que sí creo es que la encuesta de Gallup y las opiniones analíticas sobre aquel instante sirven para apuntalar la idea de que, para determinados procesos, el eje izquierda y derecha no sirve para explicar nada. O mejor dicho, explica solo una parte, la más ideológica, que es justo la que queda por fuera de lo que revela la encuesta. Eso es, que una parte importante de los ciudadanos no activa sus preferencias según ese gran eje ideológico, sino sobre otros que pueden ser cambiantes: la violencia, la sensación de caos político, la desigualdad, la calidad de los servicios, la inseguridad, etc. No todos son igual de relevantes, claro, pero cada ciudadano es su propio crisol y eso, en una democracia, no lo puede cambiar ningún poder.

Como señalaba en una columna reciente, buena parte de los votantes jóvenes y pobres de Bolsonaro votó apenas la encarnación de una difusa esperanza de cambio ante los recortes de los subsidios. ¿Se puede decir que esos votantes jóvenes y pobres son “fachos”? No, pero sí se puede decir que entre el menú de opciones que les ofrece la política en el Brasil presente, creyeron que Bolsonaro traía alguna posibilidad de mejora para ellos. Que eso sea real o no es harina de otro costal. Pero su voto tiene, como tiene siempre todo voto, cierta “racionalidad”.

La tentación antidemocrática, es decir, la de votar al candidato más demagogo, al de las promesas más rimbombantes, ese que señala culpables a cada paso, que cree, por ejemplo, que lo político está por encima de lo jurídico y que cree que las soluciones son simples y voluntarias, es la tentación de querer seguir el camino más corto, ese que se supone nos ahorra el sacrificio o el trabajo que reconocen las opciones menos luminosas de la paleta política. Esa es una tentación que atraviesa todo el espectro y que no se mueve según el tradicional eje ideológico que nos viene marcando la cancha desde la Revolución francesa. Hay apresurados y autoritarios en todas las tiendas, como también hay demócratas cabales y sensatos.

La clave está, creo yo, en no dejarse llevar por el creciente descreimiento hacia los procedimientos de la democracia. Esos que son bombardeados por los diseñadores de la moral ajena y por los descalificadores del andamiaje republicano, cada vez mas visibles a ambos lados del espectro político. Muy pocos querían una dictadura en Uruguay, pero muchos, demasiados, fueron indiferentes ante las señales con que la realidad la venía presagiando. Luego fue demasiado tarde.

No hay nada más humano y voluntario que el concepto de “derecho”. Por eso no están garantizados por ninguna naturaleza. Los derechos se conquistan, se codifican y se sostienen. Proteger la democracia de la tentación populista que a izquierda y derecha amaga contra ella, parece ser el único camino para poder seguir disfrutando y desarrollando aquellos derechos que colectivamente nos hemos dado.

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