Buena cosa es que el Centro Cultural de Música haya podido cerrar la temporada 2016 con un concierto que desde ya deberá integrar la historia de las veladas memorables de la septuagenaria institución. La Orquesta Tonhalle de Zurich, la más antigua de Suiza con casi 150 años de existencia, pasó por Montevideo el jueves 13 en la Sala Eduardo Fabini, breve y luminosa como un rayo, dejando una estela de oyentes azorados y agradecidos. Es una orquesta de enorme prestigio internacional, que durante 20 años estuvo dirigida por el estadounidense David Zinman y con él ha dejado entre otras cosas un importante legado discográfico. Zinman se retiró en 2014 y dejó su puesto al joven director francés Lionel Bringuier, que tiene apenas 30 años.El notable pianista brasileño Nelson Freire hizo el Concierto op. 54, de Robert Schumann (1810-1856), que recientemente se escuchó dos veces en versiones poco destacadas, en 2014 por Irina Georgieva y la Ossodre con Stefan Lano y en 2016 por Lilia Boyadjieva y la Ossodre con Martín García. Pero lo que hicieron ahora Freire en el piano y Bringuier con la orquesta fue otra cosa. Tiempos respirados que salían siempre de lo metronómico y cuadrado; un pianista infalible pero además de gran sonido; infinidad de matices plenos de fineza en solista y orquesta; cómo cantaron los cellos en el segundo movimiento; cómo el piano y la orquesta fueron pausando el tiempo en el enganche con el tercer movimiento. Hubo un entendimiento tan absoluto entre pianista y director que podría pensarse que lo han hecho juntos mil veces, aunque sabemos que no es así. Aclamado por el público, Freire hizo como bis un favorito suyo: la Danza de los espíritus, de Glück-Sgambati, un final exquisito de piano acariciado a media voz.La Sinfonía Nº1 de Gustav Mahler (1860-1911) fue el vehículo para que la Tonhalle y su conductor Bringuier mostraran los puntos que calzan. El joven francés tiene una gestualidad transparente. No solo los músicos, también cualquier oyente avezado entiende mirándolo: qué quiere, cómo, dónde y cuándo. Hace un Mahler con trabajo de orfebrería en los diferentes planos dinámicos. Pero eso no es todo, porque lo expresa con un impulso arrollador. Es capaz de distenderse y cambiar de humor en el scherzo, armar paso a paso un notable crescendo en la marcha fúnebre hasta engancharla con un ländler y hacer un movimiento final en verdad tempestuoso, donde obtiene unos resoplidos furiosos del conjunto. A la hora de la calma, consigue unos pianísimos celestiales y momentos de gran belleza, como ese murmullo sostenido de las cuerdas durante varios compases en el final de la obra. Anoten el nombre de este joven director: dará que hablar.



