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El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTodos los domingos nos invitaba a su casa. Que no era un museo, sino un hospital. Comenzaba la reunión celebrando la Santa Misa. Nos invitaba a orar, a desearnos que “la paz sea contigo”, a escuchar e interpretar alguna parte de la Biblia y luego nos daba la Comunión. Terminado este diálogo con Dios nos proponía a todos los feligreses a tomar un desayuno en la sacristía. Y ahí charlaba con cada uno de nosotros y con ojo clínico nos iba revisando el alma. Para cada una tenía una palabra positiva, como amar, perdonar, ayudar, meditar. Y a su vez nos iba liberando, con su palabra, de cosas negativas. Como el odio, la envidia, etc., que —sin darnos cuenta— se habían impregnado en nosotros. Era un cirujano extraordinario en su especialidad: el alma. Salíamos aliviados, felices. A un hermano nuestro muy querido lo visitaba asiduamente. Y le dio paz. La última vez que lo vimos fue en casa. Charlamos de mil cosas, y cuando se iba a terminar la reunión nos dijo que por un tiempo no nos veríamos. Nos dijo que se iba por un tiempo al interior a ayudar a un sacerdote que estaba muy solo. Fui el primero de los amigos en contestarle: cómo te vas a ir en pleno coronavirus a vivir en otro lado. No ves la cantidad de gente que enferma o muere diariamente. Su contestación fue breve y clara: mientras Dios me de vida voy a seguir estando —donde me necesiten— hasta el último día. Ya más cerca de la tumba que de la cuna solo le decimos gracias.
Atilio Arrillaga Simpson