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    El derrumbe

    Fuerza mayor: la traición del instinto
    Colaborador en la sección de Cultura

    Tomas (Johannes Kuhnke­) y Ebba (Lisa Loven Kongsli), junto a sus hijos Harry y Vera (Vincent y Clara Wettergren) están de vacaciones en un centro de esquí en los Alpes franceses. La familia viene de Suecia y se hospeda durante cinco días en un suntuoso hotel, donde todo está dispuesto para vivir una experiencia brillante. El segundo día, a la hora del almuerzo en uno de los restaurantes del complejo, una avalancha parece salirse de control y avanza con voracidad hacia ellos y el resto de los huéspedes. Antes de que el apocalipsis blanco devore a los turistas, mientras muchos corren caóticamente hacia ninguna parte, se ve a Tomas agarrar su celular y huir de­sesperado. En tanto Ebba trata de proteger a Harry y Vera, que piden a gritos por su padre, una cortina de nieve y alaridos cubre el escenario. Transcurren unos pocos segundos hasta que regresa la luz y todo se aclara. El desastre no fue tal. Al menos, no a gran escala. Aunque sí hubo un derrumbe.

    Es solo el inicio de una inmensa película escrita y dirigida por el realizador sueco Ruben Östlund, que ilustra, por medio de una fotografía exquisita y encuadres precisos, cómo un hecho mínimo —pero no menor—, y cómo la percepción de ese hecho, afecta de manera radical a un matrimonio, a sus hijos, a las personas cercanas a ese matrimonio, de una forma crucial y conduce a hacerse preguntas siniestramente incómodas, la clase de preguntas que quizás uno no desea hacerse en las vacaciones.

    La avalancha ocurre una sola vez. Y, sin embargo, se vuelve a ver en los ojos de Ebba, en los gestos que pretende disimular Tomas, que no quiere hablar. El derrumbe blanco sobreviene cuando ella lo menciona, risa nerviosa mediante, en una cena con Charlotte (Karin Myrenberg), una mujer que se tomó unas vacaciones de su familia. La avalancha retorna, con mayor densidad, cuando acuden de visita Fanni (Fanni­ Metelius) y Mats (Kristofer Hivju­, el Tormund Giantsbane de Game of Thrones), que también están de vacaciones, y cuando Mats hace lo imposible por poner a su amigo en un contexto que lo transforme en algo similar a un héroe, provoca una de las descargas de humor perversamente incómodo del que es capaz de ofrecer Östlund —y hay chispazos y momentos de inquietud, con la presencia de uno de los limpiadores del hotel. “No comparto esa interpretación de los hechos”, dice el esposo, aun cuando está todo grabado en su propio celular. Así vuelve el derrumbe, desde los sonidos de la grabación y desde las caras de quienes observan la grabación. Y en esa imagen Tomas no solo está decepcionando a su esposa y a sus hijos, también está decepcionándose a sí mismo.

    Fuerza mayor: la traición del instinto ganó el premio del jurado en la categoría Un Certain Regard en el Festival de Cannes de 2014, y fue nominada como mejor película extranjera en la última edición de los Globo de Oro. Es una de las mejores películas de este año, y no es casual que haya estado entre las nominadas para los premios Saturn, que entrega anualmente la Academia de Cine de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror de Estados Unidos. Fuerza mayor… podría convertirse en un filme de horror y uno no se sorprendería. Östlund genera tensión con los silencios, también con el uso de la música —manipula magistralmente tramos de Verano, de Vivaldi, que transmiten una fortaleza sombría—, crea momentos de angustiante hostilidad, de incertidumbre, y a veces lo hace simplemente con la familia lavándose los dientes frente al espejo.

    La locación es magnífica. Ese complejo hotelero entre las montañas nevadas, con sus habitaciones puntillosamente pulcras y acondicionadas a temperaturas que invitan a siestas cálidas y reconfortantes, ese circuito cerrado con modernas pistas de esquí, con avalanchas afinadamente controladas, con un restaurante con vista a ese paisaje que en algunos tramos parece lunar, ese complejo con mingitorios que lucen más como cascadas de diseño que como receptáculos de orina, tiene algo de escenario imposible, de ficción, parece tan limpio como una nave esterilizada para viajar al espacio. La película arriba a un clímax que posiblemente genere imágenes confusas y ambiguas en la mente. Una vez que llega ese momento, una última subida a una montaña, al quinto día, en plena tormenta de nieve, se puede pensar que la película busca un desenlace forzado, tal vez engañoso, de laboratorio de guion. Aunque si se tienen en cuenta expresiones y acciones de Ebba y Tomas, en soledad, ante los demás y ante sus hijos, se advertirá que no es Östlund, el director y guionista, quien forja ese acontecimiento, sino los personajes. Son ellos los que maniobran, los que, dentro de la ficción de Fuerza mayor…, crean otra ficción en respuesta a la delusoria realidad que quedó al descubierto tras el desprendimiento. Lo que hagan luego con esa ficción es asunto de otra película. 

    Fuerza mayor: la traición del instinto (Turist). Suecia-Francia-Noruega-Dinamarca, 2014. Dirección y guion: Ruben Östlund. Con Johannes Kuhnke, Lisa Loven Kongsli, Vincent y Clara Wettergren, Kristofer Hivju, Fanni Metelius. Duración: 120 minutos. 

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