Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDios dinero. Días pasados escuchamos al papa Francisco hablar de las nefastas consecuencias de nuestro sistema económico actual, que idolatra al dinero.
Asimismo, escuchamos a nuestro presidente manifestarse en contra de la oferta de paquetes turísticos a las jóvenes a la salida de los centros educativos, creando una profunda frustración en aquellas muchachas que no pueden concurrir a los viajes por falta de medios en su familia.
Es raro ver en el presente siglo XXI a gente que en definitiva completó su adultez en la década de los 80, donde nos permitimos liberalizar el consumo, la acumulación de riqueza, y hoy arremete contra él, contra el capital, contra el dinero y contra su alabanza o su potencial que viene corriendo a pasos agigantados desde hace ya varias décadas.
Lo primero que debemos decir es que como todo en la vida, el dinero no es malo en sí mismo sino con relación al uso que se le da.
Desde esa perspectiva, me siento un verdadero privilegiado; siempre se me inculcó su importancia pero desde la base del disfrute familiar, con fines netamente solidarios dentro del seno de los integrantes de nuestro hogar, para el pleno desarrollo de la personalidad de cada uno bajo el mismo techo.
Para colmo de males fui espectador de primera plana de cómo una familia muy cercana a la mía padecía desde temprana edad un divorcio en su matrimonio a pesar de estar netamente bendecida con ese metal tan preciado que les permitía viajar varias veces al año, tener autos de lujo y casas cuyos garajes eran verdaderas habitaciones de hoteles 5 estrellas.
Una vez, el profesor de Derecho Bancario nos decía: “El dinero no vale nada en sí mismo sino en relación con los bienes que se pueden adquirir con él”.
Bueno, me gustaría agregar algo más: el dinero además da dignidad a las personas, gratificación, sustento, satisfacción de necesidades básicas, esparcimiento, recreación, genera puestos de trabajo, hace sentir útiles e importantes a las personas y tantas cosas más.
Recuerdo una frase de un tío mío que me decía: “Vamos a comer pero con una condición: yo invito”. O sea, el dinero allí servía para ser atento, para agradar, para agasajar. Pero además, de rebote, provoca otras cosas, las no tan buenas, que puestas en su justo sitio no tienen por qué causar estragos, destrucción y males innecesarios.
La primera de las manifestaciones negativas es aquella de que todo el mundo quiere estar bien con el poder de turno, ya sea gobernante de turno, millonario de turno, grupo económico de turno, y poco a poco se crea ese pavor, ese espanto de que “guarda, a ese no lo toques, no te atrevas a tocarlo y no quedes mal” y, sea la porquería que sea, como tiene dinero solo tirémosle flores.
Bueno, estimado Papa y estimado presidente: créanme que hoy más que nunca sí hay personas que dicen lo que les parece e inclusive lo publican, sea contra quien sea y caiga quien caiga. Baste pues ver la labor de esos auténticos periodistas que no se callan nada, les cueste lo que les cueste. Y lo más gracioso es que esos que uno cree que desde ese acto de rebeldía nunca más iban a trabajar, muy por el contrario cobran auténtica notoriedad.
La segunda es que si convoca el poderoso nadie puede faltar, si hace un chiste todos debemos sonreír, si yo no lo conozco mucho actuaré como si fuese mi íntimo amigo; no sea cosa que si pierdo mi laburo se me cierre esa especie de puerta de salvación que me brindará estar bien con él. Otro grave error; no hay nada más falso. Nadie me trató tan bien y generó tanta prosperidad en mi vida como la gente humilde. Si alguien el día de mañana me va a tirar una soga para sacarme de un pozo, de seguro no va a ser el poderoso de turno sino todos los demás.
La tercera cara del fenómeno es la contracara de las dos anteriores: nos acostumbramos al poderoso de turno y se las dejamos pasar todas a él. Es a él, y solo a él, que no envidiamos; es a él, pero solo a él, a quien le bancamos el progreso y consumo constante. Pero eso sí: si uno de los míos (la agonizante clase media) se destaca y se escapa por fuera del poderoso en base a auténtico esfuerzo, tesón y disciplina, a ese le hacemos la cruz como sea porque ese, desde que triunfó, me entró a caer mal, muy mal (ese sí que me duele que haya recorrido la milla extra que yo no tuve fuerza para recorrer).
No está mal frustrarse por lo que no tenemos y querríamos tener. Presidente, esa frustración muchas veces es el sagrado motor del progreso, es la adrenalina de muchos que optan por querer algo más que lo que tuvieron en su niñez.
Eso es simplemente pelear porque tu pasado no te condene y los gustos hay que dárselos en vida. Y para eso se necesita dinero. ¡Pobre de aquel que recién en su tumba se da cuenta de ello! Allí sí será muy tarde.
Creo, en definitiva, que quien persigue el dinero por el dinero en sí es un pobre esclavo, un simple recluta del capitalismo. Pero quien supo resolver su vida siendo acreedor de un buen pasar económico es un verdadero héroe de nuestro tiempo, porque ahora sí no me vengan con la hipocresía de que en nuestra cultura occidental podemos vivir sin él. Si hasta los cuantiosos impuestos que pagamos con un fin hipotéticamente redistributivo de la riqueza vaya Dios a saber dónde van a parar.
Todos, pero absolutamente todos, queremos una educación privada para nuestros hijos en caso de poder costearla y, como dice una amiga y colega mía, si te vas a morir, ‘ta bien. Pero mejor que sea en el Hospital Británico y no en el Hospital Maciel”.
En fin, todos somos responsables de que el Dios dinero sea el ídolo de nuestro tiempo. Hace mucho se instaló como medida de valor y de cambio en el comercio y ya es muy tarde para variar. Pero aun en nuestros tiempos y sin pretender rebelarse al sistema, podemos ser felices con lo que tenemos y no vivir deseando tener más.
Podemos valorar cosas que no tienen precio (para todo lo demás existe la tarjeta de crédito, je, je), pero esto va en serio. Podemos tomar ejemplo de esos dos hombres de los que hablé al principio, el papa Francisco y nuestro presidente (el presidente más pobre del mundo) y saber poner a ese ídolo donde debe estar, en un lugar controlado, vigilado y limitado para que cuando la borrachera de éxito llegue a nuestra vida sepamos cortar el trago a tiempo.
Dr. Julio F. Moro