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La fachada del Palacio Legislativo destruida a bombazos. Las ruinas de la democracia, el sistema republicano hecho polvo, el Uruguay que plasmó el sueño batllista y liberal que combinó el estado de bienestar y la economía de mercado, reducido a escombros en el escenario del Solís. Escondidos entre lo poco que queda en pie, habitan como espectros, los sobrevivientes de la debacle oriental, los duendes y bufones del apocalipsis criollo.
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A lo largo de sus más de 40 años de carrera, con un pie en el rock y otro en el teatro, Tabaré Rivero ha fusionado sus dos pasiones en una serie de musicales de naturaleza contracultural, muy influidos por el punk, los surrealistas, la legendaria dupla de Teatro Uno (Luis Cerminara y Alberto Restuccia) y el teatro alternativo de Alfred Jarry (Ubú Rey), que en Uruguay tuvo otros hijos como Jorge Esmoris y su Antimurga BCG, Enrique Permuy (Polizón Teatro), Suka Acosta y Adriana Lagomarsino. Con La ópera de la mala leche y ¿Qué-Te-Comics-Te?, Rivero inició su camino de “operetas”, como le gusta llamar a estos montajes, que reúnen actores en escena junto a su banda en vivo, y que combinan estéticas como el cabaret, el vodevil, el absurdo y el punk a lo Naranja mecánica. Luego llegaron Putrefashion, Vian de Vian (dedicada al francés Boris Vian) y La micción, ópera rock que montó la Comedia Nacional en 2009.
Una década después Rivero redobló la apuesta al concebir una puesta en escena de gran porte, similar a una ópera, en la sala mayor del Solís. Pero esta vez no están en escena ni él ni su grupo: en el foso está la Banda Sinfónica de Montevideo, una veintena de músicos (cuerdas, vientos, bajo eléctrico, percusión y batería) tocando en vivo con la dirección de Martín Jorge, un conductor anfibio, carismático y con gran poder expresivo, que se mueve como pez en el agua tanto en el campo de la tradición sinfónica como en el terreno popular. Y aquí su elenco demuestra una vez más que ningún género le es ajeno: vals, balada, jazz, blues, pop y rock desfilan por la partitura.
Para celebrar sus 74 años, la Comedia Nacional encargó a Rivero la escritura y dirección de La euforia de los derrotados (viernes y sábados, 21 h; domingos, 19; Teatro Solís, entradas a $ 250), “opereta” que creó junto con Federico Guerra, uno de los más notorios talentos surgidos en la escena local en la última década, cuya impronta grotesca y caricaturesca ha mostrado en El Galpón y La Cretina, la sala que fundó y dirige desde hace tres años.
El despliegue en escena es deslumbrante y poderoso en todos los rubros: coreografías (Bernardo Trías), escenografía (Gustavo Petkoff), vestuario (Pablo Auliso) e iluminación (Claudia Sánchez). Y especialmente en el canto (individual y coral), con gran destaque de Andrea Davidovics, Alejandra Wolf y Jimena Pérez, las tres integrantes del elenco que pasaron por La Tabaré, además de Luis Martínez, Stefanie Neukirch e Isabel Legarra. Hay que destacar también el buen olfato de Rivero en la composición, construida a partir de melodías potentes (en una dimensión de pop/rock) y el virtuoso trabajo de arreglos orquestales y dirección coral de Franco Polimeni, un músico de alta valía, en franco ascenso.
El concepto es el mismo de siempre en la obra de Tabaré, y no por eso deja de tener vigencia. La lírica irónica, amarga y pesimista, en el filo del nihilismo: está todo mal, la vida es una colección de reveses y solo hay esperanza en la poesía, en la alegoría de la derrota, en la épica del fracaso. Guerra demuestra que es el partenaire ideal en esta línea discursiva. Nada nuevo: el dedo en la llaga, la viga en el ojo propio. La autocrítica política y social hipertrofiada con desparpajo y sin moderación alguna a la hora de los excesos (por ejemplo, en la muy bien lograda escenificación de una orgía). Si está bien hecho y bien actuado, y si encima dura lo que tiene que durar (como en este caso, unos amenos y dinámicos 70 minutos que se pasan volando), hasta el cadalso puede ser un lugar entrañable y acogedor.