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    El discreto encanto de la ilustración

    Muestra de poesía ilustrada en el Museo Figari

    Tres o cuatro personas van y vienen en la sala que se abre al fondo del corredor que da a la calle Juan C. Gómez en la Ciudad Vieja. La calle está oscura, fría y detestable. A esa hora, la gente huye de la zona, intenta abrirse paso a bocinazos, gritos y empujones. El interior del museo es un oasis. Recibe al visitante una serie de cuadros de Pedro Figari, muestra permanente que le da un valor especial a este lugar que vale la pena recorrer de tanto en tanto.

    La visita del periodista fue aceptada con buen ánimo por el equipo de trabajo. No es común que se vea una exposición en su proceso de montaje, ni que un visitante extraño deambule por el espacio mientras se cuelgan los cuadros o se colocan las piezas, generalmente una tarea delicada y compleja. Es lunes de tardecita y el museo está cerrado, como todos los lunes, aunque esta semana se trabajó hasta tarde y con cierto nivel de estrés.

    Al otro día, el martes 4, la sala de exposiciones del Museo Figari inauguraba una interesante y original muestra con material al que generalmente se le brinda poca atención. En este caso, poca atención por partida triple: ilustraciones de libros de poesía en los años 20 al 40. No por capricho. Fueron años de impulso intelectual y artístico, sobre todo en el plano poético y plástico. Pasado el 900, una de las épocas más removedoras de la creación nacional, los años siguientes permitieron apostar a un país y a ese concepto de nación ya definitivo, superadas las eternas luchas fratricidas. El siglo XX, especialmente las décadas de los 20 y 30, ofrecen una mirada más madura de la sociedad, tal vez más sólida y festiva como país. No hay que olvidar el empujón formidable del Centenario y el aluvión de artistas que dentro y fuera del país acomodan su visión al tránsito alucinado entre los viejos modelos románticos y modernistas y las vanguardias. Artistas como Pedro Figari, Rafael Barradas y Joaquín Torres García, por nombrar a los tres grandes, constituyen ejemplo de este trayecto de un país modernizado a fuerza de ideas y obras de creación, sobre todo pictóricas.

    Entre estos lazos y diálogos se mueve esta muestra que incluye una base sólida de libros o revistas de la época, pero sobre todo, publicaciones que hicieron a otra historia, la que ofrece esos vínculos de manera más evidente. Entre la poesía y el dibujo, pero también entre los estilos, desde el perfil nativista hasta los referentes ciudadanos. La historia de un Barradas ilustrando libros infantiles o el propio Figari escribiendo poesía a partir del dolor de un hijo muerto, combinadas con ilustraciones formidables, pequeñas, sin pretensiones, de bellísima factura. Esas ilustraciones que el artista y pensador llamó “acotaciones gráficas”. Tal es el punto de partida de esta muestra.

    El libro de Figari llamado “El arquitecto” (1928), presente en la exposición, es una joya de realización que ofrece un creador diferente en un momento muy especial de una vida de intensas realizaciones. Es un libro que marca a un grupo de publicaciones en las que se incluyen obras de diferentes núcleos temáticos, desde los mencionados libros de texto ilustrados por Carmelo de Arzadun o Adolfo Pastor con recordadas tapas de escenas históricas todavía idealizadas, hasta pequeñas viñetas que en páginas interiores ofrecen dibujos de toques sutilmente poéticos.

    Hay trabajos de Federico Lanau y Leandro Castellanos Balparda que merecen verse. Hay grupos de libros de poesía en torno a las nuevas vanguardias, donde destaca Alfredo Mario Ferreiro (“El hombre que se comió un autobús-poemas con olor a nafta”, de 1927) y nombres que antes o después coronan la modernidad nacional, quizás con menos originalidad y vuelo que sus antecesores pero no con menos calidad. Una época que evidentemente quedó en el camino, atropellada por la generación del 45, generación que eludió una estética visual propia, asentada su producción casi exclusivamente en la palabra.

    También hay curiosidades como un “Poema del páncreas” (“Ya viene el páncreas subiendo la montaña”), de Francisco Matto, discípulo de Torres García; algunas cartas del propio Figari; un grupo de revistas de la época (“Alfar”, “La Pluma”, “La Cruz del Sur”, “Hiperion”, “Mundo Uruguayo”) en las que se evidencia el desarrollo de un modelo gráfico y una identidad visual que llega hasta los años 40. Habrá que esperar hasta los 60 para que este impulso se retome.

    Esta muestra es diferente a las que uno está acostumbrado a ver. Los responsables van y vienen con libros, pequeños libros viejos, gastados por el uso y el tiempo. Los cuadros son casi todos pequeños, algunos grabados, varios dibujos que ofrecen una sencilla y acertada visión de época. Los libros son colocados sobre módulos blancos de madera, uno junto al otro, en detallada tarea y minucioso orden. Algunos cerrados, otros abiertos, permiten detenerse en la ilustración de textos, un detalle que cada tanto, artistas y público, destacan como signo distintivo de una época. Expresan cómo somos, qué vemos y cómo nos vemos, lo que no es poca cosa.

    “Poesía e ilustración uruguaya, 1920-1940”. Museo Figari (Juan C. Gómez 1427). De martes a viernes de 13 a 18 horas, sábados de 10 a 14. Hasta el 9 de agosto.