N° 1993 - 01 al 07 de Noviembre de 2018
N° 1993 - 01 al 07 de Noviembre de 2018
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA principios del siglo XX, época de nacimiento del tango clásico primitivo, abundaron las obras de autores desconocidos, las vendidas por necesidad de sus creadores y, sencilla y dramáticamente, las robadas por aquellos que, aprovechando el desorden, las registraban a su nombre.
En medio de tamaño embrollo, hay un tango que ha resistido el paso de los años convertido en un enigma porque, al revés de tantos enredados en ese jaleo, sobran los autores consignados y sobrevive a la que ha sido una agotadora polémica en búsqueda de la verdad: Ivette.
Fue compuesto en 1918 y grabado ese mismo año, como instrumental, por la orquesta de Celestino Ferrer.
La copia de la partitura, sin letra, es elemental, carece de pie de imprenta y en ella figuran como autores Julio A. Roca y Enrique Costa (hay quienes lo nombran Emilio), personas desconocidas en la música popular, pese a que el historiador uruguayo Fernando Assuncao dice, en uno de sus libros, que Costa integró un trío con Manuel Aróztegui y Osvaldo Fresedo.
Con el tiempo se llegó a saber que Roca fue un típico aristócrata porteño, un dandy, bohemio e hijo del presidente argentino del mismo nombre, y Costa, su cuñado. Ambos, amantes de la noche, frecuentaban la confitería Las Violetas, de Medrano y Rivadavia, sede del tango de entonces.
Pero el enigma se hace más complejo apenas uno avanza en la casi exótica historia de Ivette.
En 1919 aparece otra partitura editada por Breyer Hermanos, esta con una letra de Pascual Contursi. Si bien no puede sorprender que en viejos tangos instrumentales aparezcan poemas de Contursi, quien se especializó en añadirlos con o sin autorización —vale la pena recordar la peripecia de La cumparsita y de Mi noche triste—, llama la atención que junto a su firma y sello aparezcan los de Augusto P. Berto como autor de la música.
Y entonces tropezamos con un entrevero mayúsculo.
Documentos de Breyer Hermanos aseguran que Julio A. Roca y Enrique Costa vendieron su obra a Berto, que actuaba en Las Violetas y quien no puso reparos a incorporar la letra de Contursi.
Según testimonios convertidos en tradición oral, Berto habría dicho más de una vez en público que él había compuesto Ivette.
José Gobello, en su libro Tango, un siglo de historia, sin dar demasiados detalles, afirma que el verdadero autor de la música del enigmático tango fue el pianista José Martínez, quien se la regaló “a sus amigos Roca y Costa”, seguidores de sus actuaciones.
Gaspar Astarita, en su libro Pascual Contursi, vida y obra, coincide con la versión anterior, aduciendo, además, que hubo declaraciones del propio letrista en tal sentido.
El bandoneonista Gabriel Chula Clausi declaró, en un reportaje de la década de 1980, que el tango fue compuesto por Martínez y entregado a Roca por una deuda, quien le vendió los derechos a Berto.
Sin embargo, y finalmente, varios historiadores sostienen que hay unas dispersas declaraciones de Carlos Gardel —el primero en grabar Ivette con la letra de Contursi, en 1920—, acerca de que el poeta le confesó que la partitura que usó era de Augusto P. Berto.
En un boliche, hoy, es seguro que alguien exclamaría: —¡Che, esto parece joda!
Ivette tiene valores musicales incuestionables y una letra hija de su tiempo, con mucho de lunfardo: En la puerta de un boliche,/ un bacán encurdelado,/ recordando en su pasado/ que la china lo dejó./ Entre los humos de caña,/ retornan a su memoria/ esas páginas de su historia/ que su corazón grabó…
Curiosamente, reúne grabaciones en algún caso antológicas, que se extienden hasta nuestro tiempo. A la inmortalizada por Carlos Gardel con la guitarra de José Ricardo, se suman, entre otras, la de la orquesta de Julio De Caro (instrumental, 1926), la de Jorge Vidal con las guitarras de Jaime Vila (1952), la de Aníbal Troilo con la voz de Raúl Berón (1955), la de Julio Sosa con Leopoldo Federico (1962), la de la Orquesta Típica Montevideo, dirigida por Miguel Villasboas (instrumental, sin fecha determinada), la de Adriana Varela con la guitarra de Esteban Morgado (1994), la de Luis Cardei con el bandoneón de Antonio Pisano (2000) y la de Hipólito Paz con las guitarras de Alfredo Sadi (2002).
Y para estimular aún más el interés que intuyo ha despertado Ivette en el lector, agrego que hay investigadores muy convencidos de que Julio A. Roca, el hijo de un histórico mandatario argentino, compuso otro tango, Un pedido, que —una pena, si es verdad— hoy nadie recuerda.