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Huérfana de padre a los tres años, a los 14 empezó a trabajar y a los 18 se fue a Israel. Vivió en un kibutz, hizo el servicio militar y en 1956 se vio envuelta en la guerra cuando tropas israelíes cruzaron la frontera y tomaron casi toda la península del Sinaí. Horrorizada por la muerte, Ida Holz volvió a Uruguay.
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En 1963 se enamoró del artista plástico, grabador y profesor Anhelo Hernández, con quien tuvo dos hijos, Arauco y Ayara; con él convivió casi medio siglo. Durante la dictadura se exiliaron a México, donde fue contratada en el área informática de la Secretaría de Desarrollo Agrícola encabezada por el ministro Carlos Salinas de Gortari (presidente entre 1988 y 1994), quien le ofreció 8.000 dólares para seguir en su equipo, pero en 1987 volvió a Uruguay. Dirigió el Servicio Central de Informática de la Udelar, que jugó un papel clave en el desarrollo y evolución de las TIC en Uruguay e impulsó el desarrollo de Internet en todo el continente.
—Yo soy huérfana de padre desde muy chiquita. Tuve una madre judía religiosa, venía de una familia de rabinos. Eran 11 hermanos. Solo conocí al mayor, que era rabino. Todos los demás murieron en los campos de concentración. Cuando Hitler entró en Polonia, mi tío estaba en Londres en un congreso religioso. De los más de 60 nadie quedó vivo, salvo este señor. Polonia fue terrible. Me habían educado en esta cosa del judaísmo y cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, yo tenía 10 años. A los 18 me fui a Israel con la idea de quedarme ahí. El servicio militar era tres meses de entrenamiento —yo quería hacer paracaidismo— y te mandaban a un lugar a seguir trabajando por la patria en mitad del desierto. Estaba allí y mi mamá me escribió un decálogo de comportamiento: “No vayas de uniforme, andá con pollera larga…”. Hice todo lo que me dijo. En ese lugar éramos tres mujeres. La guerra del Sinaí (1956) duró pocos días. No nos dejaron ir al frente. Pronto me di cuenta de que eso era una guerra decidida por los ingleses y franceses. Entrar en un campo de batalla, ver a los muchachitos jovencitos muertos, con la panza abierta, hinchados… fue horrible. Ahí decidí que no quería vivir en ese país de guerra. Y cuando le dije a mi madre que iba a estudiar Ingeniería en Uruguay se horrorizó. Prácticamente, no era concebible.
—¿Y cuando le dijo que su pareja era un artista y activo comunista…?
—No me habló nunca más en la vida. Con Anhelo fueron 48 años. Es mi gran amor. Un ser vital. Él siempre estaba haciendo algo, siempre estaba inventando algo para hacer. Yo volvía del trabajo y me decía: “Ven, Ida, mira lo que estoy haciendo”. Era la vida misma.