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Le ganó a Leviathan, de Andrey Zvyagintsev; a Winter Sleep, de Nuri Bilge Ceylan; a Nymphomaniac, de Lars von Trier; a Dos días, una noche, de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne; a Mr. Turner, de Mike Leigh. Y se llevó los Premios del Cine Europeo a la mejor película, la mejor dirección y el mejor guión, además de una nominación al Oscar como mejor película extranjera.
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Dura poco más de ochenta minutos y es en blanco y negro, ese blanco y negro que bien empleado se convierte en una indiscutible señal de cine poético, de calidad o al menos de culto. No sé si el blanco y el negro —y toda su gama de grises— son los verdaderos colores del cine o de los sueños, pero lo que sí resulta evidente es que se trata de un color de resonancias emocionales, cosa que Ida deja en claro desde las primeras imágenes. Como en el primer cine de Andrzej Wajda, como en Barrera (1966) de Jerzy Skolimowski, como en El cuchillo bajo el agua (1962) de Roman Polanski. En todo caso, gracias a este blanco y negro, Ida también está nominada por la Academia de Hollywood en el rubro fotográfico.
En la secuencia inicial vemos a un grupo de monjas que restauran una figura de Cristo, la cargan y la levantan en el jardín de un internado, bajo un paisaje sombrío, invernal. A continuación hay un rezo e inmediatamente es la hora del almuerzo en el comedor del internado. Las monjas toman la sopa delicadamente. Reina el silencio: solo escuchamos las cucharas contra los platos. La madre superiora observa a una de las monjas, que es Anna, una joven a punto de asumir sus votos de castidad, pobreza y obediencia. La madre superiora le recomienda que, antes de entregarse definitivamente a Dios, visite a una tía, su único familiar vivo. Anna se toma el autobús. Vemos detrás de la ventana su rostro tranquilo, serio, escrutar el paisaje que la rodea. Ya se ha instalado el cine como una forma narrativa predominantemente basada en la imagen y en el sonido, y apenas, si es necesario, en las palabras. Claro que las pocas veces que surgen palabras, cortan con su filo.
A partir de aquí se abre una historia de muy pocos personajes pero con cantidad de detalles, silencios y climas sugerentes, que llevará a las dos mujeres a buscar los restos de sus familiares desaparecidos bajo la ocupación nazi.
—¿Y si descubres que no hay ningún Dios?— le dice la tía —antaño una famosa jueza conocida como “Wanda la Roja”— a su sobrina.
Silencio, no hay respuesta, como a muchas otras preguntas en esta película. La respuesta la tiene presumiblemente cada personaje en su interior y nunca la sabremos.
El director y guionista polaco Pawel Pawlikowski plantea varios temas: la identidad y la memoria, el necesario culto a los muertos, la posibilidad —o no— de una verdadera justicia, el valor de las ideas religiosas en el mundo actual, el amor, el miedo, el desencanto. Son muy pocas las veces en que un artista es capaz de plasmar tantos contenidos con tan pocos elementos en juego.
Saber dónde reposan sus verdaderos padres, que eran judíos, no será fácil para Anna. La sobrina y la tía —una mujer de vida disipada que fuma y bebe permanentemente— recorren pequeños pueblos y se hospedan en hoteles de paso. Antes de dormir, la tía le dice a su sobrina: “Soy una puta y tú eres una santita”.
Otra vez el silencio como respuesta. O al menos un par de movimientos bruscos que representan el silencio de los personajes. Y una escalera circular tomada desde arriba, una escalera que desciende a los infiernos, en otras palabras, la pura realidad.
En el camino levantan a un saxofonista que hace dedo. “Hermoso instrumento”, dice la tía a propósito del saxo alto. Estamos a principios de los 60. Suenan en la banda sonora Naima y Equinox, de John Coltrane, un soplo extraño para esta historia casi fuera del tiempo. Polonia no está tan lejos.
Los planos tienen un tratamiento plástico, pictórico, a veces con la belleza de un grabado de Rembrandt, en la mayoría de los casos con un sentido trágico. Muchas veces los personajes reposan en el extremo inferior del cuadro, dejando un mayor espacio para los interiores o el paisaje exterior, siempre triste, opresivo y al mismo tiempo —arte cinematográfico mediante— sublime. Como si las figuras humanas fuesen un pequeño apéndice del destino, como si la posibilidad de movimiento y de libertad fuese mínima ante la inabarcable e indomable realidad.
Y dos actrices imponentes, Agata Trzebuchowska (Anna) y Agata Kulesza (Wanda), de las que componen para la historia y no para el usufructo exclusivo de sus personajes. Como botón de muestra, dos momentos: la conversión de la monja en una chica sensual, un acto ejecutado con la más pura parsimonia, casi en cámara lenta, y la despedida de su tía en la soledad de su casa, bebiendo, fumando, la mesa con fotos familiares ordenadas, Mozart en el tocadiscos, la ventana abierta, una secuencia que recuerda a la de Michel Piccoli en Salto al vacío (1979), de Marco Bellocchio.
Pawlikowski (1957) no salió de la nada. Por aquí se conoció Mi verano de amor (2004), rodada en Gran Bretaña, con Emily Blunt, Natalie Press y Paddy Considine, que es una historia de iniciación, de incompatibilidad de clases y también una aventura de amor lésbico y un ensayo sobre el engaño o peor aún: el mal.
—Vamos a tocar a Gdansk —dice el saxofonista—. ¿Vienes? Caminaremos por la playa...
—¿Y después? —pregunta Anna.
—Después nos compraremos un perro...
—¿Y después?
—Nos casaremos, tendremos hijos, nos compraremos una casa...
—¿Y después?
—El fastidio de siempre: la vida.
Ida. Polonia-Dinamarca-Francia-Gran Bretaña, 2013. Dirección: Pawel Pawlikowski. Guión: P. Pawlikowski y Rebecca Lenkiewicz. Con Agata Trzebuchowska, Agata Kulesza. Fotografía: Ryszard Lenczewski. Duración: 82 minutos.