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    La electrónica al palo: Bajofondo publicó ‘Ohm’, un tributo conceptual a la música hecha con máquinas

    Juan Campodónico y Luciano Supervielle muestran el revés de la trama de este nuevo disco, bautizado en honor del científico que descubrió y describió la resistencia en los circuitos eléctricos: “Esto es lo más humano que se puede hacer hoy en día en electrónica”

    A 25 años de la gran disrupción que provocó con su desembarco en los oídos rioplatenses —y también de más lejos— Bajofondo acaba de publicar su quinto disco. Se llama Ohm, un título tan ambiguo como desafiante, y es un verdadero tributo a la música electrónica, grabado en el estudio porteño La Siesta del Fauno, un templo de la música electrónica del siglo XX, con cientos de aparatos análogos a disposición de los músicos.

    Ohm, publicado por Sony a fines de febrero, es una nutrida galería de referencias a íconos como el Bach electrónico de la estadounidense Wendy Carlos, tocado con sintetizadores, a los pioneros alemanes Kraftwerk, una de las bandas más influyentes de la historia de la electrónica, o a los más recientes y globales Daft Punk, dúo francés que aportó varias gemas al género en el siglo XXI. También, en menor medida que en trabajos anteriores, es un testigo del pulso tanguero que sigue latiendo en las arterias rioplatenses.

    Bajofondo conserva su plantel original, liderado por el argentino Gustavo Santaolalla y el uruguayo Juan Campodónico, ambos multiinstrumentistas a cargo de la producción, con Javier Casalla (violín), Martín Ferres (bandoneón), Gabriel Casacuberta (contrabajo), Luciano Supervielle (piano, teclados, scratches y programaciones), Adrián Sosa (batería) y Verónica Loza (voces y puesta en escena). Campodónico y Supervielle conversaron con Búsqueda sobre este auspicioso regreso.

    —El nombre del disco está muy relacionado con su concepto sonoro. ¿Qué vino primero?

    Juan Campodónico —El nombre tiene varias resonancias. El sonido, ooommm, tiene que ver con el mantra oriental, y técnicamente el ohm, también llamado ohmio, es la unidad de medida de la resistencia de los circuitos eléctricos. Es una propiedad de los materiales conductores y lleva el nombre del tipo que la descubrió. Es un disco con un sonido muy electrónico. Teníamos claro ese concepto sonoro y después apareció el nombre. El nombre apareció en una charla mía con Gustavo (Santaolalla), cuando, un poco en broma, dijimos: “Ahora sí, hagamos un disco de tango electrónico” (risas), citando la etiqueta que nos pusieron desde nuestros comienzos. En su momento, hablamos mucho en contra de esa etiqueta, sentíamos que la música nuestra era bastante más amplia que esa definición. Nunca quisimos hacer algo “de género”, sino que la música de Bajofondo fue evolucionando y ampliando su paleta. De hecho, Aura, el disco anterior, es muy orquestal y orgánico, está todo grabado con cuerdas y tiene mucha improvisación en el estudio, y en vivo va por ahí también, es todo tracción a sangre. Este disco es la antítesis: es casi todo electrónica.

    —¿Esa premisa estuvo al inicio, previo a la creación?

    J. C. —Sí, partimos de esa consigna y nos pusimos a componer con esa inspiración, pensando en la electrónica no como una tendencia, sino como la historia de un tipo de música que se remonta a muchas décadas: desde la electrónica de laboratorio más antigua, con gente de guardapolvo en un laboratorio cortando y pegando cintas de grabación, hasta íconos de los años 60 como Wendy Carlos y su Bach electrónico (el famoso disco Switched-On Bach), y otras manifestaciones de la electrónica de los 70, 80 y 90.

    —La música electrónica siempre estuvo acompasada con los avances tecnológicos, desde lo puramente análogo hasta lo puramente digital. ¿Cómo cambió el vínculo con la electrónica para Bajofondo, cuyo primer disco fue grabado hace 25 años?

    Luciano Supervielle —En el primer disco de Bajofondo (Bajofondo Tango Club, 2002), lo electrónico tenía que ver con la tendencia, con la vanguardia. Ahora estamos visitando el género entendido como una música que tiene su tradición. Antes era futurista y ahora es algo retro. Igual, Bajofondo, en todos sus discos, siempre mantiene la vocación de estar conectado con el tiempo presente. Este disco que estamos presentando no se podría haber hecho hace 20 años. No existía el valor de hacer música con computadoras. Siempre nos preguntaban: ¿hacer música con computadoras es hacer música? Por suerte esa pregunta hoy no tiene sentido. Lo que sí tiene sentido es reivindicar la música electrónica de una manera orgánica y muy humana, en un momento de la historia en el que la tecnología está direccionando mucho a las masas. El nombre, con su alusión a la resistencia, también va por ahí. Es una reivindicación del “hagamos la nuestra”. La tecnología es nuestro instrumento y, si la sabemos usar de manera sensible y creativa, puede ser un arma increíble.

    —Aquel chiste de Pappo cuando le dijo a un DJ “conseguite un trabajo honesto, pibe” quedó viejo...

    J. C. —(Risas) Claro, la electrónica hoy tiene mucho más legitimación en el universo musical. Y decidimos usar esa dualidad del título entre lo literal científico y la metáfora de la resistencia artística como un leitmotiv inspirador para componer este disco en el que no toqué ni una guitarra y Gustavo tampoco. Es todo electrónica. Empezamos componiéndolas en la compu con recursos bien actuales y, en un momento, decidimos que teníamos que ir a trabajar con los viejos sintetizadores y los aparatos análogos de la electrónica antigua.

    Ohm

    —¿Y ahí entró en el juego el estudio vintage de Buenos Aires?

    J. C. —Exacto. Fue así que desembarcamos en el estudio La Siesta del Fauno, en Buenos Aires. El fundador y propietario de ese lugar increíble es Ernesto Romeo, un músico y docente de música especializado en sintetizadores y en esa tecnología de otra época. Tiene cientos de instrumentos electrónicos de todas las épocas. Es un tipo muy valioso, que vive dando cursos. Ese estudio en el barrio de Constitución es un verdadero centro cultural; es como un museo, pero vivo, porque todos los días hay gente haciendo música ahí, gente que está muy en el presente. Nosotros fuimos y tradujimos nuestras composiciones a través de los instrumentos que están disponibles ahí.

    —¿Fue como un verdadero laboratorio?

    J. C. —Sí, fue el laboratorio de este disco. Esos sonidos digitales que teníamos programados en la compu se volvieron reales y analógicos al pasar por esos aparatos como sintetizadores, samplers y cajas de ritmo. También hay computadoras viejas de los años 80, como una Commodore 64, la primera computadora que venía con sonidos propios. La usamos para incorporar sonidos de videojuegos de 8 bits, todo bien granulado, el clásico sonido del Pac-Man de los 80.

    L. S. —Ir a ese estudio fue una reivindicación del instante, de lo único. La grabación de este disco, así como se hizo, es irreproducible. Si volviéramos a intentar repetir la experiencia en ese lugar, saldría un disco diferente. En un panorama musical que está muy homogeneizado, esta ha sido la experiencia de la singularidad porque lo que tienen los instrumentos analógicos es que, a diferencia de los plug-in digitales, son impredecibles. Son instrumentos que están vivos.

    J. C. —Lo prendés un día y está en una afinación. Lo prendés al otro día y está en otra afinación distinta.

    L. S. —Igual eso de que el sonido del disco se termine de definir en el estudio es algo que ya sucedió en el disco anterior, porque Aura nació de muchas improvisaciones tocadas en el estudio de Juan, en Montevideo, donde lo grabamos. En Ohm hay varias improvisaciones, después ordenadas para ser grabadas. Trajimos ideas y en La Siesta del Fauno fueron mutando. La textura que se escucha es bien propia de ese lugar, de esa combinación de máquinas.

    —¿Por qué lo hicieron así, en modo vieja escuela, si hoy seguramente los sonidos de esas viejas máquinas están todos o casi todos sampleados y al alcance de la mano en miles de plug-in?

    J. C. —Porque los plug-in no suenan igual (risas). El proceso de cómo se llega al sonido es muy distinto. El sonido de un sintetizador Moog modular, que es una pared llena de circuitos y cables intercambiables, que podés modificar e interactuar de mil formas con ese aparato, no tiene nada que ver con el plug-in de un Moog que tenés en una app en tu celular. La calidad del sonido análogo es infinitamente superior. El sonido digital siempre tiene sus píxeles. Fue muy inspirador acceder a ese estudio y a ese sonido.

    L. S. —Es como ver una película en el cine o en el celular.

    Embed - Bajofondo, Cristian Castro - Se Fue el Sol

    —Hay bastantes sonidos de videojuegos que le dan un perfil muy lúdico al disco...

    L. S. —La música de videojuegos es una página muy importante de la historia de la música electrónica y de la música en general. Y está referenciada en varios temas del disco. En su momento era música vista como muy funcional, pero hoy en día es parte de nuestra cultura.

    —Los sonidos primigenios de los viejos teclados infantiles también se han convertido en íconos sonoros...

    J. C. —Totalmente, en sus fuentes originales son sonidos de una calidad inigualable con las computadoras. En el disco hay una gran amplitud de sonidos inspiradores. Uno de los íconos fundamentales es el Switched-On Bach, de Wendy Carlos, que inspiró nuestra Switched On Milonga. Walter Carlos, que luego se transformó en Wendy Carlos, llevó por primera vez la música clásica a los sintetizadores. En su momento, a fines de los 60, ese sonido fue revolucionario. Poco después Wendy Carlos fue convocada por Kubrick y se transformó en compositora de grandes bandas sonoras como La naranja mecánica y El resplandor.

    —Las referencias también llegan a los 80...

    J. C. —Claro, Se fue el sol es bien electropop, una de las más ochenteras. Vamos señalando distintas épocas de la electrónica. Hay un tema de Luciano, Horizonte.

    L. S. —Está inspirado en los manga de los 80 que leía cuando era chico, en Francia, y conecta con uno de los sonidos de (el dúo electrónico francés) Daft Punk, porque ellos, cuando eran chicos, también leían esos mangas. Sobre Wendy Carlos, cabe recordar que en su momento fue objeto de duras críticas. Desde el establishment musical se decía que eso no era música, que era la antimúsica. Entonces, está buenísimo ver esos procesos en perspectiva, como la evolución de una tradición. Por eso creemos que, en pleno auge de la inteligencia artificial, volver a tomar esas herramientas para hacer cosas orgánicas es lo más humano que se puede hacer hoy en día en electrónica. Es darle valor a las luchas de los precursores de la música electrónica contra todas las barreras conservadoras que tuvieron que enfrentar.

    —¿Ohm es tan bailable como el resto de la discografía de Bajofondo?

    L. S. —Se suele asociar a la electrónica con el baile por la cultura de las raves, pero el baile está presente en todas las épocas de la música: los bailes de las cortes reales, el vals, el minué, el tango, el rock and roll, el candombe. El baile es fundamental en toda la música.

    J. C. —El baile y la música son lo mismo. Ponele música a un bebé y se mueve. Listo. La electrónica tiene su propia cultura del baile, la rave, que en su origen era under y hoy ha crecido muchísimo, es muy popular y forma parte de la cultura. Eso está presente en el disco, en Mis tres estrellas, el último tema, que es una larga improvisación en plan house y tiene sonidos muy ácidos que te llevan a esa situación de la rave, de estar durante horas colgados en el sonido, en las texturas sónicas.

    —Por otra parte, sigue estando el pulso y el sonido tanguero, que también tiene su correlato bailable...

    J. C. —Eso es propio de Bajofondo, es nuestro lenguaje, el código que hemos desarrollado, que no es exactamente tango, pero tiene mucho de lo tanguero que nos inspira. Están el bandoneón y el violín, que, cuando suenan juntos de esa manera, te llevan al tango.

    L. S. —Lo que define a Bajofondo es hacer una música contemporánea del Río de la Plata, que sea reconociblemente de esta región y que sea reconociblemente del presente. El primer disco tiene 25 años y lo que era actual en 2001, cuando lo grabamos, es muy diferente de lo que es actual hoy en día, y ahí radica nuestro desafío. Seguir reflejando la actualidad en nuestra música. Por eso, todos nuestros discos tienen una veta experimental: nos sentimos siempre en el filo, en la vanguardia. No sabemos qué va a seguir funcionando en el futuro de lo que estamos haciendo ahora, y por ahora seguimos tocando en vivo temas del primer disco que jamás imaginamos que seguiríamos haciendo por tantos años. Y de Ohm seguramente perdurarán algunas cosas con las que ahora estamos experimentando, quizá algunas se transformen en tendencia porque otros artistas también vayan hacia ahí, y otras queden atrás. En las vanguardias hay sensibilidades comunes. En ese sentido, Juan y Gustavo son muy especialistas en estar atentos a lo que sucede, en tener las antenas bien orientadas.

    —Hablando de líneas que se mantienen desde el primer disco, las redes de las portadas, que eran de medias de mujer, hoy se han transformado en una red digital como pixelada. Pero sigue ahí la referencia simbólica a la red, a lo virtual...

    J. C. —Es la red de alambres que cubre el parlante, pero está hecha a partir de omegas, que es el símbolo del ohmio (Ω). Es una red, sí, es otra red distinta, pero red al fin, que a su vez remite a la gran red, a la matrix (ríe).

    L. S. —Ya desde aquella primera portada de 2002 se aludía al baile del tango por la media de red y a lo digital y lo electrónico.

    —Otra línea que se mantiene desde el primer disco es la participación vocal destacada en una canción. En su momento, fue Adriana Varela, luego Gustavo Cerati y ahora Cristian Castro, en Se fue el sol...

    J. C. —Sí. Si bien no es muy abundante, la canción es importante en Bajofondo. También está Hay un lugar, cantada por Santaolalla. Y habrá más, porque en octubre sumaremos cuatro temas más a este disco, que estarán incluidos en la edición en vinilo. No son cuatro rarezas accesorias, como es usual en las ediciones depuse, sino que son cuatro temas fundamentales para el álbum, incluidas canciones con invitados importantes. Se termina de completar el álbum con una segunda instancia, compuesta de cuatro singles. Es una forma que encontramos de darle otro momento importante al lanzamiento.

    Bajofondo - Se fue el sol

    L. S. —Y también creemos que está bueno generar un proyecto que tenga cierto nivel de exigencia para el público. Es un disco que demanda un interesante grado de atención. Seguimos apostando al álbum conceptual sin subestimar la inteligencia ni de la gente ni la nuestra. Tampoco pretendemos ser demasiado intelectuales. También nos reímos de nosotros mismos, buscamos desacralizar el vínculo con el público, pero tampoco queremos dar todas las respuestas. Somos personas muy diferentes dentro de la banda y tenemos influencias muy diferentes. Hay mucho trabajo detrás de este disco, como de todos los anteriores. Son procesos largos, con varias entradas y salidas del trabajo, en distintos momentos. Y entonces apelamos a que los escuchas también hagan lo suyo y se metan en la historia.

    —¿Se subieron al revival de Cristian Castro con esta reivindicación de la música romántica latinoamericana?

    J. C. —Cristian Castro es un artista muy interesante. Esa canción, Se fue el sol, la escribí con Fernando Santullo hace como 10 años y estaba ahí, esperando su momento. Y este contexto de música electrónica era perfecto porque la canción es un electropop bien ochentero. Cuando estábamos buscando cantante, justo fue el momento en que Cristian estuvo viviendo en Uruguay y en Argentina, estuvo bastante activo acá en el Río de la Plata. Nos empezamos a enterar de quién era el Cristian Castro de ahora, con su banda de metal, con su mirada crítica de la vida. Es un gran cantante y nos pareció que le iba a quedar muy bien la canción. Su eclecticismo calza perfecto con Bajofondo. Acá en el Río de la Plata lo tenemos muy encasillado en la canción melódica mexicana y en el pop latinoamericano ochentero. Pero creo que no se toma la real dimensión de cantante popular mexicano. Yo la conozco porque me crie en México y tengo muchos vínculos, y creo que es un gran continuador de cantantes melódicos muy importantes como Juan Gabriel o José José, fallecidos ya hace años. Eso en México es muy potente, tiene mucho arraigo y una fuerte tradición.

    —Hay una búsqueda de decir, miren que no es solo un cantante de moda...

    J. C. —Claro, no es el cantante del momento. Lo trasciende y pasa a ser parte del folclore, de la gran música mexicana. Juan Gabriel y José José suenan todo el tiempo en México. Te subís a un taxi o entrás a una tienda y están sonando ellos. Y Cristian está en esa veta de masividad. El personaje de Cristian me parece maravilloso porque viene de ser un niño bonito del pop, ya no lo es y lo asume muy bien. Quisimos romper un poco el prejuicio y ayudar a redescubrir algo que nos parece que vale la pena. Esa siempre ha sido una línea de Bajofondo.

    —Pero, al mismo tiempo, en este tema y en otros se nota el humor que tiene este disco

    J. C. —Totalmente. En el video de Se fue el sol salimos caracterizados como músicos de una banda ochentera de hair rock, con los pelos todos producidos, bien ridículos. Él se prestó a ese juego paródico y el resultado es mucho humor. El video termina de completar el asunto. Es un video muy excesivo a nivel visual, que arranca en una fiesta ochentera neoliberal con mucho despilfarro y termina cuando se fue el sol, con todo oscuro, explosiones, gente armada a los tiros. El fin de la fiesta. El apocalipsis. Los tiempos que corren. Pero, volviendo al humor, se extiende a gran parte del disco. Hay temas como Switched On Milonga, que solo por ser una milonga hecha con sintetizadores ya es graciosa. Hay tímbricas electrónicas que son muy juguetonas, que naturalmente suenan graciosas, y creo que estamos en una etapa más lúdica y más humorística, en una mirada amplia. No estamos contando chistes, pero sí nos tomamos con mayor ligereza a nosotros mismos.

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