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    El fenómeno Tabaré

    Se podrá opinar de manera diversa sobre la personalidad de Tabaré Vázquez y calificar igualmente en forma diversa las bondades u horrores de su gestión. Esto es natural cuando se analiza una figura pública de su relevancia y que ejerció, nada menos, la primera magistratura, en el primer gobierno de izquierda del país.

    Pero estas líneas no se referirán para nada a su gestión. No. Esta carta nada tiene que ver con su mandato, ni se efectuarán calificativos de tipo alguno sobre sus actos de gobierno. Pretende, por sobre todo, destacar su enorme capacidad estratégica.

    Nuestro ex presidente goza de esa cualidad especial que le permite, entre otras cosas, algo que parece materialmente imposible: navegar con escasos sobresaltos en el siempre embravecido mar del Frente Amplio y, asimismo, preservar e incluso mejorar su imagen en el sistema político y en el difuso escenario de la opinión pública, aun teniendo como telón de fondo la muchas veces caótica gestión de esta segunda administración de su partido.

    En lo que tiene que ver con sus sucesivas posturas en la interna frenteamplista, no cabe duda que sus acciones han sido tan sencillas como brillantes y le han permitido el milagro de quedar fuera de las enormes contradicciones de su partido, sobrevolando (en el sentido literal del término) sobre el errático accionar de su fuerza política.

    Hace unos meses anunció, en forma por demás efectista, el abandono de su actividad política pública, supuestamente por el efecto que provocaron sus declaraciones surrealistas, propias de una especie de “realismo mágico”, sobre una eventual guerra con Argentina y su solicitud de apoyo, nada menos que al ex presidente Bush.

    Sin embargo su credibilidad es de tal envergadura en la mayoría frenteamplista, que la gente le creyó semejante fantasía y, la que no le creyó, hizo fuerza para creerle.

    Así dejó pasar el tiempo y observó, desde las alturas, el desarrollo de las elecciones internas de su partido, mostrándose fraterno con todos, pero invariablemente, colocándose en un plano muy superior a los cuatro candidatos a presidente, transmitiendo una sensación casi paternal para con ellos, que agrandaba notoriamente su figura, en tanto empequeñecía la de por sí lastimosa imagen pública de algunos de los postulantes.

    Hace unos días, frente a un problema referido al Plan de Salud Bucal, que tenía empantanado al gobierno desde hacía meses, bastó que su figura descendiera un instante del Olimpo; concurriera a la sede del Frente Amplio (no a una repartición pública como mínimamente hubiera correspondido); que convocase a una brevísima reunión y, milagrosamente, como corresponde a las deidades, su sola presencia bastó para que el engorroso tema se diluyera como por arte de magia, colmando de felicidad a las partes intervinientes.

    En otro episodio más cercano, referido a la controversia desatada en el sistema político, en torno a la conveniencia sobre la obligatoriedad de suministrar desde ya la vacuna contra el papiloma humano, nuevamente descendió a la Tierra. Y, sin perjuicio de apoyar tibiamente la posición del gobierno, pontificó largamente desde el Atrio Supremo que le otorga su profesión, sobre los efectos y características del referido virus.

    Y esta forma de actuar no constituye para nada una casualidad. Por el contrario. La utilización de sus conocimientos médicos y su especialidad en una materia por demás sensible, entremezclando intencionalmente esas consideraciones técnicas con cualquier opinión de carácter político, le agregan a sus pronunciamientos una certeza seudocientífica que torna creíble cualquier tipo de aseveración.

    Por otro lado, en relación a hechos ocurridos sobre su mandato y que han sido objeto de fuertes cuestionamientos, no solo de gestión, sino aun de corrupción (ejemplo Pluna) esa especie de Ser Superior, ha tenido la habilidad para que algunas figuras (caso Astori) asumieran un “mea culpa” personal, cuando en realidad el responsable institucional de todos esos actos “non sanctus”, es ineludiblemente quien ocupaba en su momento el cargo de presidente de la República.

    Parece claro que en un análisis muy simple y que hasta podría calificarse de burdo, el eventual votante del Frente Amplio, puede, a esta altura del periodo de gobierno, dividirse en dos. Aquel que en cualquier circunstancia va a seguir votando al Frente y que tiene la actitud irracional del “hincha” y otro sector más analítico y racional. Este otro sector, que no está conforme con la gestión de gobierno o que no le gusta la figura del actual presidente o ambas cosas, seguramente no votaría hoy día al Frente Amplio.

    Empero, en este escenario, esa masa de ciudadanos desconformes encuentran en la figura de Tabaré Vázquez, una tranquilidad (virtual) y una excelente excusa para seguir votando al Frente Amplio aun teniendo plena conciencia sobre una gestión que no solo no comparten, sino que en algunos casos rechazan en forma virulenta. En definitiva, lo del título de esta nota. La actitud de estos votantes solo encuentra explicación en lo que podemos calificar sociológicamente como “fenómeno Vázquez” o expresar en la jerga popular: “Vázquez es un fenómeno”.

    Daniel Blanc

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