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    El fin de la inocencia

    Nº 2202 - 1 al 7 de Diciembre de 2022

    Por mucho, muchísimo tiempo, creímos que nuestro país era inmune a esas prácticas deleznables.

    Que habría algunas coimas menores en alguna repartición pública, en alguna espirometría “perdonada” por un regalito, que el narcotráfico viene de afuera y apenas si nos toca, que el caso de Raulito fue una desgraciada epopeya en solitario, y que Rocco Morabito encontró a uno que le abrió la puerta pero que fue un caso aislado.

    Las cosas graves pasan en otros países, en la Argentina de los Kirchner, los vacunatorios VIP, los bolsos llenos de dólares de López en el convento, las supercoimas de Lázaro Báez, o en el Brasil, con el mensalão que Lula inventó en su anterior mandato para que los legisladores recibieran un pago mensual por votar las leyes que el presi les mandaba, a tapas cerradas, faltaba más.

    Pero empezaron a aparecer algunos síntomas de que nos estaba llegando el fin de la inocencia, algo así como la pubertad delictiva.

    Primero el caso Marset, con un pasaporte express a un narco uruguayo que estaba preso en Catar (al que no le importaba el Mundial, vaya uno a saber por qué, cuando miles de personas planeaban llegar allí, él solo pensaba en tomárselas, y cuanto antes…).

    Otro día lo detienen al jefe de seguridad del presidente en la mismísima residencia de Suárez, al regreso de un viaje con su propio jefe, acusado de participar en la falsificación de pasaportes uruguayos para unos rusos fantasmas. ¿Cómo es que se llamaba? Ah, sí, Astesiano se llamaba, y se sigue llamando.

    Y desde ese día, como si la caja de Pandora se hubiera desfondado, no hay día en el que no salten los chats con este, con aquel, con un milico, con un empresario, para seguir a fulano, hacer la ficha de mengano, arreglar para que el empresario tal la tenga fácil para invertir no sé dónde sin que lo molesten, en fin, una batería de dimes y diretes en los que, muy fogoneados por la prensa de acá y de allá, los de este grupo y los del otro, los que aman y defienden la libertad de prensa y los que literalmente se la pasan por salva sea la parte, como dicen los españoles, los rumores, los bolazos, las humaredas y la matraca se han adueñado de nosotros, y de nuestras reacciones.

    Si el supuesto hecho es la participación de Astesiano en los pasaportes falsificados para los rusos, desde el gobierno se reitera el propósito de investigar el alcance de su intervención y colaborar con la Fiscalía. Pero desde la oposición se asegura que los pasaportes eran para rusos narcotraficantes y contrabandistas, que tenían una oficina en el cuarto piso de la Torre Ejecutiva, donde merendaban con Astesiano y planificaban sus falsificaciones, utilizando el Sistema Guardián para escuchar las conversaciones del canciller con sus subordinados, a los que les daba órdenes para seguir mandando pasaportes a otros narcos detenidos en otros países. Y aseguran que tienen las pruebas, en una conferencia de prensa en la que Pereira expresa que el desprecio del gobierno de coalición por la democracia republicana es comparable al del gobierno de facto.

    Parece también que Astesiano fue coimeado —parece, digo— por un uruguayo que dirige una empresa de seguridad en Miami, y que le pagaron para que le hiciera unas “fichas” (léase seguimientos) de dos senadores de la República, firmantes de una ampliación de denuncia por el caso Katoen Natie. El gobierno dice que lo investigará, que le parece gravísimo, y que procurará averiguar más detalles. Realmente, si se prueba, hay que bajarles el código en la nuca a los organizadores de este atropello.

    Pero “endemientras”, dijera el canario José, otra conferencia de prensa de Pereira y su combo tropical, donde se rasgan las vestiduras de las víctimas, se cita a sala al ministro Heber (que debe tener una catrera en algún escritorio, de sus tiempos de legislador, y debe dormir ahí varias noches por semana) a que dé declaraciones de cuántos policías de alto rango están involucrados en este nuevo escándalo, con la esperanza de que ya estén sumariados y separados del cargo sin goce de sueldo.

    Y mientras los ataques de la oposición van directo a la mandíbula del presidente y de su gobierno, dando por bueno que, en los tiempos en los que la oposición era gobierno, todo eran flores, pajaritos, cánticos de bonanza y honestidad, aparece hace unos días el caso de un cónsul en Moscú, ingresado por concurso pero destinado en forma explosiva a su primer destino diplomático, saltando de tercer secretario a cónsul en Rusia en tiempo récord (algo así como ser ascendido en una empresa directamente de cadete a gerente de Marketing) durante los tiempos del Pepe Mujica y del segundo gobierno de Tabaré (con quien aparece en una foto junto con Putin). La fiscal lo imputó al entonces cónsul por “catorce delitos de fraude en concurrencia fuera de la reiteración con catorce delitos de suposición de estado civil”, y dispuso que permanezca preso preventivamente hasta el 6 de febrero de 2023. Se ve que no la tiene fácil el muchacho.

    Desde la oposición, por ahora, silencio y desconcierto, así como también por la aparición en escena de la exsecretaria de Mujica, que habría intervenido apurando algún expediente de un pasaporte de un ruso, en los tiempos de oro del gobierno pepista.

    En cualquier momento aparece otro chat, en el que se asocia a Astesiano con el cónsul del Uruguay en México, quienes habrían sido responsables del Huracán Diana en 1990 en el Caribe, momentos en los que gobernaba el presidente Lacalle Herrera, padre del actual presidente. “Asegurate de que haya miles de muertos” —le dice Astesiano al cónsul—, y que todo el mundo diga que la culpa la tuvo el Cuqui”. El chat habría aparecido en una computadora de la Huella de Seregni. Se sospecha de su autenticidad, pero al paso que vamos, cualquier mentirita sirve.

    Y Pereira ya debe estar convocando a otra conferencia de prensa.

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