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    El gobierno y la Iglesia Católica

    Varias han sido las cartas respondiendo las tristes palabras del señor ministro de Defensa en relación a Jesucristo. Como ciudadana, siento que corresponde también contestar los ataques a la Iglesia y a sus autoridades, sumados a otras descalificaciones del señor subsecretario del Ministerio de Salud Pública, sin la mediación de reacciones acordes de parte de quienes deben velar por la dignidad del Estado uruguayo.

    Voy a encuadrar mi análisis a partir de una anécdota: monseñor Roberto Cáceres, obispo emérito de Melo, es uno de los tres padres conciliares vivos en el mundo (esto significa que participó como obispo en el Concilio Vaticano II). Compartimos con él unas pocas horas, en la capilla de Río Branco. Mientras se revestía para concelebrar la misa, al colocarse el casquete de seda púrpura que distingue a los obispos, comentó que su nombre era solideo, porque los prelados sólo se lo quitan en el momento de la Consagración, esto es, en presencia de Dios. “Una vez”, prosiguió, “yo bautizaba en una capilla rural y hacía un calor bárbaro. ¡La gente no podía más! Y cuando en la Consagración me saqué el solideo, uno de mis sobrinos, que estaba en los primeros bancos, gritó: ‘¡Hace tanto calor que el tío Betito se sacó la boinita!’”.

    El mismo monseñor Cáceres no se cansa de repetir las palabras de San Agustín: por ustedes soy obispo, con ustedes soy bautizado. Aunque no lo entiendan quienes no comparten esa fe, los católicos sentimos orgullo y gratitud por contar con obispos, hombres iguales a todos (como monseñor Cáceres, el tío Betito para sus sobrinos), que por nosotros asumen la obligación de llevar el solideo: descubrirse la cabeza ante Dios y solamente ante Dios. Por su pueblo, no descubrirse ante el error, el poder, la maldad, el orgullo, la prepotencia, la conveniencia, sino solamente ante Jesucristo. El obispo debe ser respetado por lo que es y representa.

    Cuando una autoridad del gobierno de primer nivel ofende gratuitamente al señor arzobispo de Montevideo, ofende a todos los fieles católicos. Cuando en este país una autoridad intenta someter al menosprecio público, sin razón, a la Iglesia Católica y a sus obispos, se degradan las libertades individuales, la libertad de culto, se ataca el tantas veces esgrimido principio de laicidad y se hiere la sana convivencia.

    Si la Iglesia fuera un grupo político o un sindicato, seguramente estaríamos observando actos de desagravio y una columna ruidosa con puños crispados en defensa de líderes e institutos. Los católicos, conscientes de ser portadores de una buena nueva que cambió el curso de la humanidad, sabemos convivir con los signos de los tiempos. Por eso corresponden las mayores expresiones de solidaridad y respeto a monseñor Nicolás Cotugno, injustamente agraviado; de agradecimiento a monseñor Jaime Fuentes por su claridad y firmeza; de confianza a la Conferencia Episcopal que no pierde de vista su Misión; de reconocimiento a las congregaciones marista, jesuita y salesiana; y de apoyo a quienes racionalmente luchan por defender el derecho a la vida. Mientras tanto, en calidad de ciudadanos, seguiremos ejerciendo nuestra prerrogativa de reclamar insistentemente que las autoridades competentes tomen las medidas correspondientes. Como católicos, aunque ello no suceda, sabemos que el árbol se conoce por sus frutos.

    Saluda a Ud. muy atentamente

    Dra. Esc. Laura Álvarez Goyoaga

    CI 1.681.236-8