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Fue poeta, ensayista, crítico de arte y traductor, y uno de los poetas que acuñaron el término “modernidad” e influyeron con más fuerza en el simbolismo francés. “Baudelaire no es el primer poeta moderno, sino el primer poeta que se atrevió a invertir la subjetividad romántica en esa nueva naturaleza que es la metrópolis”, escribió Andreu Jaume para el prólogo de una nueva edición de la obra de Charles Baudelaire (Penguin Clásicos, de bolsillo). El volumen incluye su obra consagratoria, Las flores del mal, además de Los paraísos artificiales y El spleen de París. Pequeños poemas en prosa. Todo lo que hay que leer de Baudelaire está concentrado en estos libros. Allí está el tedio, el spleen, el hachís, el Diablo y el albatros, el vino y la muerte. Y también una visión de París, la ciudad de las maravillas, de la multitud, del asco y del vacío.
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Cuando publicó Las flores del mal, en 1857, lo condenaron por inmoral y lo obligaron a sacar seis poemas. Él lo había concebido como un libro total, con una estructura clásica de introducción, desarrollo y fin. Allí expuso su teoría de las correspondencias y, sobre todo, la concepción del poeta moderno como un ser maldito que se entrega al vicio, al tedio y a la belleza, rechazado por la sociedad burguesa.
Con Las flores del mal, su literatura entró en la modernidad y su nuevo concepto de la belleza como lo “no bello”. Como suele suceder con los grandes poetas, Baudelaire no fue comprendido en su época. Pero a comienzos de los años 20, otros grandes lo rescataron, Proust, Benjamin y T. S. Eliot, quien escribió que era un “genio” y destacó su virtuosismo técnico. Años después, el surrealismo reconoció su influencia. “Tú conoces, lector, ese terrible monstruo —hipócrita lector—, tú que eres mi hermano”, les había dicho a sus contemporáneos Baudelaire. “¡Es el tedio!”, gritaba el poeta, pero quienes estaban a su lado no lo escucharon.