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    El hombre inquieto

    —Hubo un desastre cultural durante más de tres décadas. Yo pude mamar lo de Pugliese, Troilo o Di Sarli. Lo llevo en el alma. No preciso tocar eso. Pero está bien que los más jóvenes lo hagan para empezar, sin confundirlo con avidez por plata. Cuando en Estados Unidos entró el tango-danza cualquiera se hizo bailarín para ganar unos dólares. Hay una leyenda mapuche que habla de cuando querían hacer el color azul del lapislázuli para crear el poncho de Calfucurá. Mezclaron hasta que salió. Después de cuatro generaciones se destiñó. La leyenda dice de lo genuino, lo que no se puede imitar; si algo no es genuino se destiñe.

    Juan Carlos Cedrón, el “Tata”, nacido en Buenos Aires en 1939, es un mito viviente, un peronista de los que caminó por la izquierda, un anarquista emocional y un artista múltiple: guitarrista, bandoneonista, compositor, director, poeta, actor y guionista de cine y de teatro. Un hombre de tango inclasificable, que cargó la cruz del desapego: amenazado de muerte por la Triple A se exilió en Francia, donde vivió treinta años hasta su regreso definitivo en 2004.

    Todo en el “Tata”, que tal vez esté —aún lleno de energía— dejándonos su legado, sorprende; creó el trío Cedrón, que rápidamente pasó a cuarteto, en 1964, época de vacas flacas para el tango. Y enseguida redobló la apuesta abriendo el café Gotán:

    —Cuando empezamos tuvimos que pedir prestado el whisky. Ahí tocaron Rovira, Piazzolla, Paco Ibáñez, hubo folclore, jazz, de todo. Y gente del teatro, como Cossa, Alterio, Luppi, Brandoni. Terminaban y se repartían lo que había entrado; era de pura onda la cosa.

    En aquella lejana época, Juan Cedrón musicalizaba en ritmo de tango obras de Raúl González Tuñón —Los ladrones, Eche veinte centavos en la ranura y otras—, Cortázar, Arlt, Gelman, Vallejo, Dylan Thomas, Bertolt Brecht, García Lorca y poemas inéditos de Homero Manzi.

    Hasta hace poco presentó Arrabal salvaje, logrando que sus tangos de estilo inusual con letras de González Tuñón fueran bailados; Orejitas perfumadas, en homenaje a Arlt; y estrenó el disco Frisón, frisón, palabra que Manzi y Cátulo Castillo repiten en su tango Un corralón de Barracas. Ahora está metido, con la Compañía de Autómatas La Musaranga, y varios invitados, en una aventura musical de extraño título: El puchero misterioso. Al frente, el “Tata” y su cuarteto, en el que lo acompañan Miguel López en bandoneón y guitarra, Daniel Frascoli en acordeón e Irina Blanchet en violín; el título del espectáculo —donde surgen música, canto, baile, títeres, un discurso de Perón, grabaciones de Ignacio Corsini y audiciones radiales de Nelly Omar— evoca un bodegón, despacho de bebidas, en Talcahuano y Cangallo, del que hablaba siempre González Tuñón; el nombre lo inventó Conrado Nalé Roxlo y ahí iban los canillitas que pagaron la primera edición de La crencha engrasada, de Carlos de la Púa, mujeres de vida alegre y malandras o “ladrones angélicos”, como solía decir el melancólico autor de Aguafuertes porteños. Un ambiente casi circense.

    —En realidad, es un repertorio que gira en torno de historias de puerto y de cosas mágicas, en las que seguimos buscando el sonido nuestro, la estética que tenemos, el color propio hecho del sonido de los barcos, de los inmigrantes, de los mataderos, del campo, de los colectivos. Todo eso se fue amalgamando y dando forma al sonido que tratamos de poner en escena y que, al mismo tiempo, arrastra cosas antiguas y no deja de ser actual. Hay gente que se reconoce en ese sonido y está volviendo, porque esa música nos la habían secuestrado. No lo puedo decir de otro modo. Yo crecí escuchando a Corsini y Gardel camperos, escuchando a los payadores en la radio uruguaya. Toda una poética del suburbio, una zona entre el campo y la ciudad.

    ¡Qué figura el “Tata” Cedrón! Lo han sentenciado cuantos lo conocen: expansivo, desorganizado, carismático, creativo.

    También se lo puede ver con otro lente: entrañable.

    Quizás baste darse una vuelta, a la nochecita, por la vieja verdulería de Jonte y Cuenca, en Villa del Parque. Es una esquina transitada que, de tanto en tanto, permite oír su guitarra y su voz gruesa, casi prepotente, junto a amigos ocasionales que se suman entre vasos de vino tinto, choripanes y zapallitos a la venta.

    —Me siento bien acá. Si hay algún dolor es porque tuve que irme. Allá están mis hijos mayores, Roman, contrabajista, y Emilio, violinista. Y aquí apareció Azul, mi hija de un año. ¿Te das cuenta? ¡A esta edad!