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    El hombre que no escribió lo suficiente

    A 110 años de su nacimiento, Georges Simenon sigue arriba en la tabla de los grandes

    Siempre fue un fenómeno: por su popularidad como escritor, por su inteligencia, por su velocidad para escribir, por su afán para conquistar mujeres y conseguirlas, porque nadie tiene una obra tan profusa y rica como él.

    En su momento gozó de un considerable éxito, en gran medida gracias al inspector Maigret, un policía duro, silencioso, tenaz, de los de antes. El cine también le dio un gran espaldarazo a este representante de la ley, que mucho antes que Philip Marlowe se sintió tocado a comprender —y muchas veces a perdonar— a los delincuentes.

    Más acá o más allá de Maigret, cineastas como Jean Renoir, Marcel Carné, Claude Chabrol, Patrice Leconte, Bertrand Tavernier y Béla Tarr, entre muchos otros, sintieron la necesidad de filmar historias del gran Georges Simenon.

    Problemas económicos nunca tuvo. Y sexuales tampoco. El título de esta nota también podría ser “El hombre que no fornicó lo suficiente”. Al menos eso es lo que dicen sus biógrafos y algunas de las mujeres que pasaron por su vida. Se habla de miles de encuentros genitales.

    Sí padeció una tragedia, y la peor de todas: su única hija se suicidó.

    Los números de este señor asustan: tiene casi 200 novelas publicadas a su nombre, además de otro tanto con seudónimo y montañas de cuentos y artículos y cartas y hojas con palabras que van y vienen y se cruzan, palabras que manejaba como nadie. Es difícil encontrar en la historia de la literatura un escritor tan productivo. Pero mucho más difícil es toparse con una calidad tan pareja en semejante producción. Los que leyeron todo Simenon lo sostienen, y hay que creerles: no tiene nada que no valga la pena. En una foto lo vemos sentado en el piso, con su eterna pipa, contemplando sus libros cubrir la superficie de la habitación como si fuesen una enorme alfombra. Y eso solo es un muestreo de lo que escribió.

    En la isla desierta, cuando pase la biblioteca flotante arrojando un único autor por náufrago y los sobrevivientes en harapos griten desesperados “¡Kafka!”, “¡Dostoievski!”, “¡Goethe!”, “¡Shakespeare!”, hay que pensar inmediatamente en Simenon: abarca como nadie la totalidad de las posibilidades, todo lo que puede ocurrirle a un ser humano, y contado de una forma punzante, ingeniosa, divertida, seductora, bella.

    Alguien ha objetado que lo único que falta en su obra es humor. Hay algo de cierto: no está en la superficie, no es un golpe directo, pero el humor se filtra por las rendijas de la escritura y es considerable.

    Simenon había nacido en Lieja, Bélgica, en 1903. El próximo miércoles 13 de febrero cumpliría 110 años. Conoció casi todas las grandes ciudades del mundo. Cuando escribía de ellas, sabía de qué hablaba, en particular de París. Y murió en Lausana, Suiza, en 1989. Casi un siglo de existencia, y en ese tiempo demostró con breves, medianas y largas historias el profundo conocimiento que tenía del alma humana.

    Hay un cuento del inspector Maigret, “El hombre en la calle”, que es un compendio de los bares, cafés, tabernas, callejuelas y hoteluchos parisinos a través del seguimiento de un sospechoso de asesinato. Así es la trama de sencilla: la Policía relojea al sospechoso por cada calle, cada rincón, hasta que éste se da por vencido, el cansancio lo vence, las piernas le pesan y ya no tiene más plazas donde parar ni parques donde dormir. Y así de genial resulta el relato: un meticuloso travelling por París.

    “La nieva estaba sucia” está considerada su principal obra maestra. Se ambienta en una ciudad europea sin nombre. Según John Banville, es la guerra de todos contra todos. Y está firmada en Tucson, Arizona, en 1948.

    “El hombre que miraba pasar los trenes”, otra pieza magistral fechada diez años antes, comienza en Groninga, Holanda, y luego se desplaza hacia París y alrededores. ¿De qué va? Un tal Kees Popinga, padre de familia y funcionario aplicado de una empresa naviera, es testigo de un desfalco y decide emprender la vida que nunca tuvo. Abandona familia, trabajo y cualquier tipo de responsabilidad, y termina vagando por las calles como un asesino. Popinga quedará reverberando en la mente del lector por mucho tiempo. Es esa clase de personaje que salta de las páginas del libro y te toma del cuello.

    Sobre Simenon han volcado cantidad de elogios, tanto los críticos como los escritores.

    Que escribe del hombre de las cavernas de siempre más algunas neurosis.

    Que capta la realidad en su esencia desprevenida.

    Que habla de la incapacidad de la justicia para juzgar a los hombres.

    Que su escritura es de una belleza casi incontrolable.

    Y estos juicios y otros del mismo tenor fueron emitidos por plumas de la talla de Somerset Maugham, Henry Miller, Walter Benjamin, André Gide, Louis-Ferdinand Céline y Gabriel García Márquez.

    También fue muy amigo de Federico Fellini, una amistad que se solidificó en 1960, cuando Simenon, que presidía el Jurado del Festival de Cine de Cannes, premió con la Palma de Oro a “La dolce vita”.

    Simenon siempre estuvo al alcance del lector: en las librerías de viejo, en los aeropuertos con ediciones de bolsillo, en los shoppings bien iluminados, en las bibliotecas públicas, en los anaqueles de las cárceles, en todos lados. Pero por alguna extraña o estúpida razón —quizá por culpa de la abundancia de su obra— no frecuentaba la lista de los grandes artistas. La exquisita editorial española Acantilado ha decidido una vez más poner a disposición de la humanidad la valía del escritor belga en nuevas ediciones. Hasta el momento, llegaron a nuestro país dos novelas: Pietr, el Letón, que es la primera del comisario Maigret, y El gato, una delicada operación sobre el odio matrimonial a través de la furibunda batalla —silenciosa y sin cuartel— que emprenden dos ancianos.

    Pietr, el Letón es el nacimiento de Maigret, ese policía que si lo zaranden es “como darle a un muro”. Como siempre, la trama (seguir a un legendario ladrón internacional que ha pisado suelo francés) es lo de menos. Lo que importa es la ambientación, los detalles o la precisión de saber que alguien tiene “los ojos del color de la marea”.

    En otra cuerda se ubica El gato, otra imponente novela del escritor belga. Despiadada como el historial médico de un moribundo, describe el día a día entre marido y esposa que hace mucho tiempo no se dirigen la palabra —se escriben papelitos: él le recrimina la muerte del gato, ella la del papagayo— pero conviven bajo el mismo techo. En menos de doscientas páginas, el infierno. Muchos novelistas deberían aprender de semejante manejo conceptual, con pocas frases y seleccionadas observaciones. El hombre toca las notas necesarias.

    Y es por eso que se lee con facilidad. Sus párrafos son generalmente cortos. Las ideas están concentradas pero al mismo tiempo tienen luz y aire, se separan con facilidad. Y eso se debe a su prístina escritura. Pero semejante facilidad que brinda la lectura clara, como por arte de magia y sin perder jamás su rumbo, se convierte de pronto en un torbellino, y uno no sabe si fue por juntar los colores adecuados, por apretar los resortes exactos o qué. Nunca sabremos el truco del prestidigitador o el secreto del alquimista. Es como si el lector estuviese reposando en la colchoneta de una piscina, meciéndose levemente en el agua cálida gracias a una historia que lo lleva y lo lleva y de golpe se encuentra a cuadras de la costa, en pleno océano, a merced de las peores olas, los tiburones y demás fauna marina que habita en las profundidades.

    Aunque claro, con la Colchoneta Simenon cualquier lector quisiera perderse.

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