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Un director de orquesta da la orden y comienza a sonar una melodía instalada en los tímpanos de millones. No solo de millones de brasileños sino de amantes de la buena música de todo el planeta. Varios cientos de personas rodean el féretro abierto en el que, cubierto con telas de encaje, aflora el rostro de uno de los máximos responsables de que la música brasileña sea lo que es. João Gilberto, el “rey de la bossa nova”, también “el mito”, uno de los pilares de la música popular brasileña, murió el sábado 6 a los 88 años en Río de Janeiro, su ciudad adoptiva, a la que le regaló un nuevo género que sin duda alguna está entre las principales innovaciones musicales del siglo XX. Su hija Bebel, que siguió sus pasos como cantante, lo llora desconsoladamente. Toda una sala repleta del Teatro Municipal de Río de Janeiro —donde actuó por última vez, en 2008— canta Chega de saudade entre los flashes de los fotógrafos y los celulares que capturan el momento. Afuera, en la calle, varios miles esperan poder entrar a la sala por un minuto, para dar el último adiós al maestro.
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Basta de nostalgia, la realidad es que sin ella / No hay paz, no hay belleza, solo tristeza / Y esta melancolía que no sale de mí / No sale de mí, no sale, reza la estrofa medular de Chega de saudade (traducible como Basta de nostalgia), canción grabada por primera vez en 1958 por la cantante Elizeth Cardoso y reconocida como el primer registro fonográfico de la bossa nova (“nueva ola”), el género híbrido de la tradición brasileña y los lenguajes modernos del siglo XX, que cambió el curso de la historia musical de Brasil y de inmediato se transformó en una influencia a escala mundial. Ese tema reúne a los tres pilares fundamentales de la bossa nova: la música es de Antonio Carlos Jobim, la letra de Vinícius de Moraes y la guitarra de João Gilberto, el excepcional compositor, cantante y guitarrista que redefinió la manera de tocar la guitarra en la música popular, la modernizó, la refinó y la volvió ideal para ser apreciada en pequeños bares, entre copas de vino y humos de variado origen. Una música que magnetizó la mística bohemia y ayudó a construir un nuevo imaginario. Más allá de las canciones, ese es el gran aporte de la tríada Jobim-Vinícius-Gilberto. No por casualidad en 1970 Vinícius inmortalizó sus tonadas regadas con buen whisky, junto a la voz inmaculada de Maria Creuza y la guitarra prístina de un casi púber llamado Toquinho en un boliche porteño llamado La Fusa.
En realidad la partida física de João Gilberto había sido precedida hace ya más de una década por su casi total alejamiento de la vida artística y social. Empobrecido, con su familia en guerra por su legado y aquejado de varios problemas de salud, pasó prácticamente los últimos 15 años sin salir de su casa. Como es natural, la noticia de su muerte puso su nombre en los titulares, sus hermosas canciones volvieron a sonar fuerte, al menos por esta semana, y gran parte de la comunidad musical mundial le dedicó sus posteos en las redes. Uno de ellos fue Jorge Drexler, un evidente cultor de la técnica guitarrística y la estética de João Gilberto, quien fiel a su costumbre, le dedicó unos versos: “Y se detuvo de golpe mi mundo. Giró una cinta casette prestada. Para sacarme del sueño profundo —y de mi suerte, que ya estaba echada— bastaron los cientoveinte segundos de Chega de saudade, iluminada”.
João Gilberto Prado Pereira de Oliveira nació el 10 de junio de 1931 en Juazeiro —norte del estado de Bahía—, aprendió a tocar la guitarra en forma autodidacta y a los 18 años emigró a Río de Janeiro. Allí se unió a una banda de música de moda llamada Garotos da Lua, con la que conoció algún éxito efímero, pero de la que lo echaron pronto por no estar dispuesto a seguir a la manada. Estaba decidido a buscar algo realmente nuevo con las seis cuerdas, cosa que ocurrió cuando conoció a Tom Jobim, quien le aportó sus sólidos conocimientos académicos y su gusto por la música negra estadounidense, y especialmente el jazz.
Lo que se le atribuye a João Gilberto es la síntesis del toque sincopado del samba en la guitarra, reducido a una célula rítmico-armónica extremadamente simple, que puede ser tocada por un solo guitarrista con conocimientos básicos, sin mayor acompañamiento. Al escucharlo, se puede apreciar cómo su mano derecha controla la sonoridad de los acordes, con esa digitación limpia y precisa, que mantiene la reverberación bajo control, sin estridencias, y genera una sensación auditiva de íntimo confort y sofisticación. Asimismo, fue uno de los pioneros en esa emisión nasal y minimalista que cambió el sonido y la forma del canto popular, la liberó de modismos operísticos y grandilocuentes, y permitió una mayor variedad de matices dinámicos y ganar en expresividad, gracias al volumen moderado, casi susurrado. Un concepto que, salvando las distancias, sigue siendo determinante a lo largo y ancho del planeta, llámese indie o como se quiera. Así, Gilberto aportó conceptos que siguen vigentes en el campo de la interpretación, la construcción de arreglos y la producción musical.
Luego de esa primera aparición como guitarrista en el disco de Elizeth, Gilberto grabó su primer disco y lo tituló como la canción, Chega de saudade, que ya era un gran éxito y sirvió como trampolín para su carrera, y también para el género en ciernes. Así se gestó una revolución en la música brasileña, que provocó el reciclaje de grandes clásicos de los años 30, 40 y 50, adaptados a estas nuevas coordenadas. Esa naturaleza musical, sumada a la fusión con estructuras típicas del jazz, dieron origen a esa atmósfera placentera y relajante, esa sensación extremadamente agradable y hasta esa melomanía que produce la bossa nova en muchos escuchas. Swing, que le dicen.
En los tempranos años 60 se sucedieron uno tras otro los discos repletos de éxitos instantáneos. La onda expansiva de la explosión de la bossa nova llegó rápidamente al hemisferio norte, donde fue absorbida por decenas de figuras del jazz. Uno de ellos, el saxofonista Stan Getz, invitó a Gilberto a grabar un disco —Getz/Gilberto—, que se transformó en la máxima referencia histórica en la fusión entre el jazz y la música brasileña.
Fue un hombre muy tímido, reservado, si se quiere oscuro, y aquejado por varias neurosis que lo mantuvieron a salvo de convertirse en una megaestrella del espectáculo. Esa estructura psicológica le deparó un larguísimo y muy triste epílogo vital. Pero más allá de las penas carnales, Gilberto deja un legado que trasciende las canciones: su obra es un género que desbordó ampliamente las playas de Río. Y si de canciones hablamos, la lista (suyas y fruto de sus parcerías con Jobim y Vinícius, pero siempre con su violão) está repleta de himnos con su sello interpretativo. La lista es abrumadora: Chega de saudade, Aquarela do Brasil, Garota de Ipanema, Águas de Março, Corcovado, Wave, Desafinado, Insensatez, Doralice, O Pato, O barquinho, Eu vim da Bahia, É luxo só, Lobo bobo, y ainda mais.
Su cuerpo apenas dejó de respirar, pero sus yemas siguen acariciando las cuerdas de nailon para lograr el sonido mais lindo do mundo.