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    El infierno tan temido

    “Tenemos que hablar de Kevin”, con Tilda Swinton

    Esta es una película difícil de soportar. No porque se muestren escenas desagradables, truculentas o de mal gusto. Nada de eso. El problema es Kevin. Y contrariamente a lo que propone el título, nunca se habla sobre Kevin. Su madre Eva (Tilda Swinton) lo tiene presente en cada momento del día. Se lo hacen recordar —como si fuera necesario— las personas que se le cruzan por la calle (una de ellas llega hasta a abofetearla), la otra que le aplasta una docena de huevos en el supermercado, las que le hacen un escrache tirando pintura roja sobre la fachada de su casa y sobre su auto, los compañeros de trabajo que no le hablan más de lo necesario, la amarga soledad en la que vive y el enorme sentido de culpa que la acosa. En un momento, dos hombres con aspecto de predicadores religiosos, seguramente mormones, golpean a la puerta y le preguntan si sabe lo que le espera en el más allá. “Sí, lo sé. Iré derecho al infierno”, contesta ella sin vacilar.

    Pero lo que Eva no percibe pero el espectador de esta película presume, adivina o simplemente siente, es que ella no tiene que esperar ningún más allá para irse al infierno. En el sentido más sartriano de la expresión, ya está viviendo en el infierno, pues no puede haber un castigo peor después de la muerte que el sufrimiento que ella vive cotidianamente. Cuando lo tuvo a Kevin, dieciséis años atrás, algo salió mal. Si esta fuera una película de terror, Kevin sería el Demian de “La profecía”, el mismo hijo de Satanás nacido para hacer el mal. Pero Kevin es simplemente un bebé que llora. Todo el tiempo e incansablemente. Y Eva no lo soporta. No sabe qué hacer. No tiene instinto maternal. Se esfuerza pero no lo siente. Sabe que debería amar a su hijo pero no puede. Y su marido Franklin (John C. Reilly) no la entiende. Con él, el bebé se comporta diferente. Él sabe cómo calmarlo. Una caricia tal vez baste. Un mínimo acercamiento: solo eso.

    Lo primero que llama la atención en el filme es su estructura narrativa. No es lineal sino voluntariamente desarticulada, con saltos en el tiempo que exigen del espectador una atención permanente para ir ordenando los fragmentos en su cabeza como si los datos proporcionados se fueran acumulando según la mente perturbada de la protagonista. De acuerdo a esa elección, el mundo exterior prácticamente no existe, salvo en el presente. Los flashes del pasado están centrados en la relación madre-hijo, con escasas intervenciones del padre y sin ningún personaje secundario. Hay que estar muy atentos para saber a qué se dedica ella, cuál es el trabajo de él y por qué viven en esa casa de los suburbios tan lujosa como fría y vacía, privada de calidez y hasta de mobiliario, fiel reflejo de la gente que la habita. Se puede deducir que así es como la imagina ella y que lo único que se ve es a través de su memoria, con las limitaciones propias de los recuerdos poco gratos que han precedido a una gran tragedia.

    Ahora el niño (Jasper Newell) tiene seis años. Le ha costado hablar, pero su mirada temible lo dice todo. Todavía usa pañales y manipula a su madre hasta sacarla de quicio. Es necesario que ella y su marido hablen de Kevin, pero no lo hacen. El monstruo sigue creciendo y no se aplaca ni siquiera cuando tiene una hermanita. El padre persiste en mantenerse ajeno al problema, porque con él se comporta como un niño normal. Ella sigue sin entender por qué es rechazada, humillada y permanentemente insultada. Cuando Kevin tiene 16 (Ezra Miller) es un verdadero psicópata y ya resulta inexplicable cómo la familia puede seguir aparentando que todo está bien. Nunca han consultado a un psiquiatra, no han encarado de frente el problema: ni siquiera han hablado seriamente de Kevin. Cuando ocurre la tremenda fatalidad que estaba anunciada desde el principio, no se puede decir que no podría haberse previsto y de alguna manera evitado. Se veía venir.

    Por lo dicho, esta es una película durísima, cuya crueldad extrema no muestra ninguna truculencia pero la sugiere a través de varias escenas dominadas por el restallante color rojo (una fiesta en Valencia, con ríos de tomates deshechos donde Eva se revuelca en una orgía de épocas juveniles; la pintura roja que enchastra su casa y que se empeña en limpiar), como la referencia permanente a un hecho de sangre que ha marcado a toda una comunidad. Sin concesiones, sin permitirse una gota de humor ni de calor humano, con una tensión creciente que llega por momentos a ser asfixiante, la directora Lynne Ramsay (“El viaje de Morvern”, con Samantha Morton, 2002) elabora un relato a primera vista entreverado pero en realidad pensado hasta el detalle donde cada escena tiene su significado y cada recuerdo está colocado donde debe estar, para hacer crecer el drama y empujar la acción hasta un final donde asoma levemente la única nota de ternura y redención.

    No es ningún descubrimiento que Tilda Swinton (coproductora del filme) es una actriz de apariencia muy particular, así como de talento comprobado, el cual ha paseado desde “Orlando” (1992) hasta “Michael Clayton” (2007), gracias a la cual fue premiada con un Oscar a Mejor actriz de reparto.

    Boca fina, grandes ojos, figura huesuda, lejos de una belleza tradicional pero de gran personalidad, Swinton sabe meterse en la piel de personajes bizarros, a veces conflictuados, ocasionalmente temibles, pero siempre destacados. Acá sabe traslucir el dolor de esa madre afligida y destrozada que enfrenta el desprecio de todo un pueblo y que sobrelleva la tragedia de su vida con la leve esperanza de llegar algún día a obtener la respuesta de esa culpa que la obsesiona. Mientras John C. Reilly tiene muy escasa participación (está notoriamente fuera de papel), la fiereza que transmite el joven Ezra Miller (y el niño Jasper Newell, de idéntico aspecto y terrible mirada) lo pone, desde ya, como uno de los monstruos más odiosos del cine actual.

    “Tenemos que hablar de Kevin” (“We Need to Talk about Kevin”). Gran Bretaña-EEUU, 2011. Dirigida por Lynne Ramsay. Escrita por Lynne Ramsay, Rory y Stewart Kinnear, sobre novela de Lionel Shriver. Duración: 112 minutos.