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    El joven manos de carey

    Julio Cobelli celebra sus 50 años como guitarrista

    Aprendió a tocar la guitarra con un sobrino de José María Aguilar, con quien tocó un tiempo, cuando aún era un adolescente. Ajá, dirá el lector. Aguilar, uruguayo radicado en Buenos Aires, fue el principal guitarrista de Carlos Gardel. Solo tres grados separan al Zorzal Criollo de Julio Cobelli, el guitarrista nacido en Montevideo en 1952, que este viernes 28 celebra 50 años de carrera en la Sala Zitarrosa. La anécdota prueba que la guitarra criolla en el Río de la Plata es un legado que conduce, de mano en mano, al Morocho del Abasto. De este lado del charco, figuras como Hilario Pérez y Mario Núñez marcaron el pulso de la guitarra criolla, al frente de una legión que reúne a Eduardo “Toto” Méndez, Eduardo Larbanois, Carlos Morales, Julio Corrales, Silvio Ortega y Marcel Chaves, entre tantos, y ha sumado a Guzmán Mendaro, Nicolás Ibarburu, Poly Rodríguez, Cuarteto Ricacosa y Milongas Extremas.

    Pero el nombre y la generosa figura de Julio Cobelli abrazado a su instrumento asoman con claridad, sostenido en su linaje: en 1970, a los 18 años, se transformó en guitarrista de Hilario Pérez y poco después de Alfredo Zitarrosa, cuyo cuarteto integró en dos etapas, antes y después de la dictadura: entre 1970 y 1973 y de 1984 hasta 1988, poco antes de la temprana muerte del cantor, a los 53 años.

    “Mi papá, Floro Cobelli, tocaba la guitarra y cantaba tangos. Y en mi casa sonaba Gardel a toda hora. Tengo 65 años y sigo siendo el más joven de aquella época”, dijo Cobelli a Búsqueda en un alto de los ensayos. El músico se enciende cuando habla de los orígenes de los tríos y cuartetos de guitarras típicos de la región. “Ese formato se remonta a los tiempos de Gardel, ese sonido ya se apreciaba en cantantes como Amalia de la Vega”, cuenta. “Esa manera de orquestar viene de hace cien años y ha evolucionado constantemente en Uruguay y en Argentina, donde Roberto Grela y José Canet, entre otros, fueron maestros. Se fue armando en torno a una primera guitarra, la segunda, la tercera y el guitarrón. Una lleva la melodía, otra armoniza, otra hace los bajos y otra es la ritmista”, dice en modo docente.

    Una charla con un intérprete de tamaña trayectoria es una obligada calesita de nombres de colegas, de bandoneonistas y de cantores que puede resultar abrumadora. Por citar solo algunos, acompañó con su guitarra a figuras como Roberto Goyeneche, Alberto Marino, Olga Delgrossi, Ledo Urrutia, Elsa Morán, Nancy de Vita, Laura Canoura. Desde 2016 integra un grupo junto a sus colegas Guzmán Mendaro, Poly Rodríguez, más los cantantes Gabriel Peluffo (Buitres) y Christian Cary (La Triple Nelson). 

    Pero toda esa catarata de nombres y su enorme foja de servicios no le impiden estar al pie del cañón un sábado de crudo frío invernal junto a un cantor joven que se abre camino en el mundo del tango. Fue hace dos semanas en el Bar Tabaré, con Pardo di Nardo, el proyecto tanguero de Andrés Pardo, un nombre que comienza a entreverarse. “Tiene garra el tipo”, comenta Julio poco antes de subir a la tarima para derramar sus punteos vertiginosos entre copas de vino y variaciones de La cumparsita.

    En 1982, Cobelli fue convocado por Roberto Grela, 30 años después de haber formado un mítico dúo con Aníbal Troilo. “Tuve la suerte tremenda de que me llamara el mayor guitarrista de tango de todos los tiempos, para grabar un casete del cantante uruguayo Alfredo Saa­di, quien con 78 años me estará acompañando en la Zitarrosa”, celebra, y agrega que para él, el disco Trolo-Grela sigue siendo una escuela. “Yo hacía todo lo que él me decía (ríe). En esos días aprendí bastante sobre sus armonizaciones, sobre su manejo de los acordes e incluso cómo le pegaba con la púa en algunos casos. También entendí que el arreglo de un tema tiene que acompañar la letra del tema, y cómo varía si es un tango, una milonga, un vals o una zamba. Si la letra se pone melancólica el arreglo no puede ser muy fuerte o atropellar la melodía o la letra”.   

    De aire y con púa.

    Un rasgo fundamental de la guitarra criolla es su amplificación “de aire”, tanto en el escenario como en el estudio, lo que permite que el sonido sea lo más natural posible. “Claro, durante mucho tiempo la guitarra se tocaba de pie, de traje y corbata y con micrófono de aire. Y por más que después la tecnología evolucionó, muchos seguimos prefiriendo el sonido cálido de la guitarra al natural. Es otra cosa. Por más bueno que sea el micrófono interno de la guitarra, nunca llega a la calidad del sonido natural. Y además el verdadero sonido del guitarrista se conoce de aire, porque le permite desplegar todos los matices de la interpretación. Claro que a veces, si el escenario es muy grande, no hay más remedio que enchufarla”.  

    Otro de los rasgos sonoros fundamentales de este estilo de guitarra, determinante en la identidad de su sonido, está en el toque con púa. “En algunas filmaciones se ve a Gardel con sus guitarristas tocando con púa, como el vals Añoranzas, de José María Aguilar (el tío del maestro de Cobelli), que fue la primera guitarra de Gardel durante muchos años. Como Aguilar tocaba la mandolina, ya traía la púa de ahí. La púa permite un sonido más potente que el de las yemas de los dedos. Es muy particular. En mis inicios llegué a tocar con las viejas púas de carey, el material del caparazón de las tortugas, que con el avance de la protección a los animales, fueron desapareciendo y fueron sustituidas por las de plástico o de fibra de carbono”. 

    Retruco.

    A sus conocidas cualidades vocales y como creador de melodías, Cobelli le agrega dos más a Zitarrosa: “Siempre fue un gran profesional y un buen patrón. Claro, sus años en el exilio no fueron fáciles. España en los 70 no era la España que fue poco después. Y cuando no estás bien anímicamente se hace muy difícil componer y llevar una carrera. Su creación volvió a florecer cuando volvió a Argentina y luego a Uruguay. Una de las pocas que escribió en el exilio fue Stéfani”. Cobelli recuerda: “Para trabajar, era muy riguroso en los ensayos... como se debe. Tenía muy claro lo que quería para los arreglos y te los silbaba o te pasaba algunas notas en la guitarra. Por eso es que muchos de los que trabajamos con Alfredo, como el Toto Méndez, tenemos lo que llamamos el sonido Zitarrosa”. Quien escuche La guitarra del tango, el último disco de Cobelli, comprobará la profunda huella zitarrosiana en su música. “Y como patrón”, agrega Cobelli, “era un tipo justo porque por más que el solista ganaba mucho más que los acompañantes, nosotros cobrábamos mejor que cualquier otro guitarrista”.

    No era nada sencillo agarrar a Zitarrosa con la guardia baja, desarmado de su recia armadura de seriedad. “Uno comprendía”, continúa el guitarrista, “que su vida fuera del país había sido muy dura. No te hacías famoso en un rato, como hoy, seas bueno o más o menos. Tuvo sus luces claras y oscuras. Tampoco era sencillo tener una charla con él más allá de la música”. Sin embargo, parece que frente a un mazo de cartas la cosa cambiaba. “Para jugar al truco era muy simpático y divertido. Pero como no le gustaba perder (ríe)… se enojaba”. 

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