N° 1798 - 08 al 14 de Enero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA partir de la semana que viene, en mis habituales cursos de verano, voy a tratar sobre algunos fragmentos perfectos de la música religiosa desde el siglo XIII hasta bien entrado el siglo XX. Hay un dato que ya adelanto: a diferencia de otros sectores y géneros de la música, la composición religiosa es la que más ha sabido acompañar la historia y las distintas evoluciones estéticas, las experiencias armónicas más novedosas o más intrincadas de toda la música occidental. Ningún otro género discurrió con luz tan personal y en el lenguaje propio de cada época como precisamente este que proclama la fe, honra la trascendencia y hace patente la devoción.
Advierto que en mi curso habrá demoras deliberadas; una de ellas irremediablemente consiste en quedar imantado en el período de Monteverdi, de Bach, de Vivaldi, de Marc Antoine Charpentier, de Rameau, de Scarlatti (padre e hijo), de Pergolessi. La otra demora es el Renacimiento, el arco que va, en materia de canto, de Josquin Des Prez hasta Giovanni Gabrielli, es decir, pasar por el florentino Franco Caccini, por Falvetti, por Luca Marenzio, por Andrea Gabrieli (tío del anterior) y con toda felicidad por Palestrina. En ese grupo se encuentra en uno de sus lugares más altos el múltiple asesino Carlo Gesualdo, príncipe da Venosa.
Cerca de 200 piezas se conservan de Carlo Gesualdo, siendo más de la mitad precisamente música religiosa, y especialmente madrigales, ordenados en seis libros. La polifonía vocal italiana, ya desde los albores del Cinquecento, hizo del madrigal —con su estructura contrapuntística— el lenguaje preferente. Carlo Gesualdo se asienta en las convenciones de ese modo, pero da un paso renovador en su tiempo y asombroso todavía hoy: opera mágicamente con los contrastes provocados por la rápida alternancia de imágenes poéticas. Es por esa razón que marca textos cortos. Y lo más relevante (que se puede ver, por ejemplo, en el inmortal Miserere) es la articulación musical del texto que se basa en la meticulosa y exacta segmentación de las imágenes sugeridas por el poema conforme a un sonido de identidad; esto lo produce gracias a la combinación de los diversos procedimientos de la escritura polifónica, que dominó con maestría casi científica.
En su tiempo le fue reconocida con empeño esta notable sabiduría de su arte; pero por desgracia no pudo vivir feliz ni totalmente dado a lo que más amaba, que era la música.
Carlo Gesualdo había nacido en Venosa en 1566; su madre era hermana de Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, luego canonizado. Su padre, el príncipe, fue mecenas de las artes en Nápoles, y además un ideólogo de la Contrarreforma. El destino y la voluntad de la familia, dispensa papal incluida, determinaron que Carlo Gesualdo produjera un heredero y por lo tanto le impusieron casarse con su prima, María d’Avalos, una viuda y madre, seis años mayor que él y descrita por relatos de la época como una mujer especialmente hermosa. La unión no fue acertada, si bien ambos cumplieron con el mandato de tener un hijo, él prefirió la compañía de hombres y mujeres de gustos poco ortodoxos, y ella consagró su alma y su cuerpo a Fabrizio Carafa, duque de Andria también casado y con hijos. Los amantes al principio se manejaron con discreción, pero al poco tiempo el duque ya visitaba abiertamente la alcoba de la bellísima castellana.
Alentado por los malos consejos de su tío, Carlo decide ponerle fin a la aventura. Lo hace como aquel sultán con que principia las mil y una noches: simulando que se va de caza, volviendo subrepticiamente en medio de la noche, sorprendiendo a los amantes en lo mejor del abrazo. Sin mediar palabra, con apenas la mirada, ordenó a sus sirvientes que los cruzaran varias veces con afiladas cuchillas; luego, fríamente, sin una lágrima, hizo llevar los cuerpos desnudos y mutilados al centro de la aldea para que toda la buena sociedad apreciara de qué modo lavó su honor. Los jueces no lo acusaron; sabemos que recibió salutaciones y encomio por su honrado crimen.
Años más tarde se casó con otra noble que no tuvo tiempo de engañarlo porque se enfermó y se fue de este mundo en muy poco tiempo. El hijo de su primer matrimonio también se murió y él, lógicamente, habría de caer prisionero de la culpa, de la incomprensión desventurada y pasaría los últimos días de su vida mortificando su cuerpo desnudo en presencia de jóvenes varones a los que pagaba para que contemplaran su carne pecadora en situación de sufrimiento. Antes de eso construyó iglesias, monasterios; financió con largueza innúmeras casas de caridad.
La gentileza de una buena amiga que viajó a Italia y se acordó de mi viva admiración por este artista, me regaló el libro de Giovanni Iudica, Il principe dei musici. Carlo Gesualdo da Venosa (Sellerio Editore, Palermo, 2008), que cuenta algo de esta tragedia, pero mucho más sobre el carácter visionario y transformador que tuvo su música.