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    El límite del asombro

    El Cirque du Soleil presentó “Varekai” en Buenos Aires

    Buenos Aires (Javier Alfonso, enviado). Estupefacción, incredulidad, alucinación, desconcierto, más incredulidad. Esas son algunas de las sensaciones que quedan al presenciar un espectáculo del Cirque du Soleil. Cuesta creer que ese cuerpo que está dando vueltas allí desde hace un minuto, y sigue haciéndolo, sea humano. Uno ni sospechaba que una anatomía puede tornearse de esa manera. Si a usted le cuentan que una mujer puede suspenderse en el aire a diez metros de altura, solamente aferrada a un aro por los músculos de su cuello, con las cuatro extremidades extendidas en el aire, seguramente responderá que hay un truco o que se trata de una fábula, de una exageración producto del entusiasmo.

    Y no vale el “ya lo vi en el DVD”: tener a la mujer de goma a tres metros de tu boca abierta es cien veces más potente que verla en un HD con 3D, Hi-Fi, y WiFi de mil pulgadas.

    En Argentina primero fue “Saltimbanco”, en 2006. Después, “Alegría”, en 2008 y, hace dos años, “Quidam”. El cuarto título del Cirque du Soleil en desembarcar en Buenos Aires fue Varekai, que se estrenó el 8 de setiembre y permaneció por más de 40 días en la cartelera, hasta el domingo 21 de octubre. Fueron más de 50 funciones, vistas por unas 90.000 personas. En seis años de visitas a Buenos Aires, el romance entre la compañía fundada en 1984 por Guy Laliberté y el público porteño ha significado ya unas 440.000 entradas vendidas. La más barata para este espectáculo costó unos 90 dólares, así que el lector podrá hacer los cálculos correspondientes.

    En la carpa de lo imposible.

    Desde varias cuadras de distancia se divisa la gran carpa azul y amarilla levantada en el Complejo al Río, un condominio inmobiliario en plena construcción en Vicente López, junto al Río de la Plata. La silueta de las lonas izadas recuerda al castillo de Disney. El reflejo condicionado apunta al entretenimiento. Y la compañía no falla.

    Varekai, “en cualquier lugar” según un dialecto gitano, alude a los pueblos nómades, y esta obra está basada en la tradición errante de los circos, como explicó su creador, el canadiense Dominic Champagne.

    Un bosque de cañas plásticas que emulan el bambú preside el escenario y ofrece cientos de posibilidades a los intérpretes secundarios, que suben y bajan por esas cañas como animales en la penumbra. Una larga pasarela contra el techo de la carpa extiende la sensación de vértigo a las alturas.

    Con las luces totalmente apagadas, entra en acción el teatro negro con miles de insectos zumbando por todo el espacio, incluso entre las butacas. Los agujeros en el escenario permiten sorprender al espectador con irrupciones y desapariciones imprevistas.

    Junto a las butacas, discretamente vestidos de negro, los operadores técnicos del show trabajan a una velocidad y con una precisión sobrecogedora. Por momentos, es tan atractivo verlos izar redes o manteniendo a un acróbata en el aire con la fuerza de sus brazos, con la respiración contenida, como apreciar lo que sucede sobre el escenario. La seguridad industrial y la fuerza física puestas a prueba para garantizar el óptimo resultado artístico.

    Varekai combina la acrobacia con el arte dramático y la danza, todo con una soberbia banda sonora ejecutada en vivo —detalle no menor— por un grupo de instrumentistas y cantantes que recorre el planeta musical en las dos horas de función.

    Los pasajes de alta tensión, que contienen las acrobacias más complejas, son matizados con brillantes segmentos humorísticos, todo entrelazado por un hilo conductor dramático encarnado en dos personajes opuestos e inspirados en la dicotomía cisne blanco-cisne negro. Los cuadros coreográficos colectivos constituyen otra variante narrativa que enriquece la experiencia del espectador, cercana a la del espectáculo total.

    Con base en Montreal, en la provincia canadiense de Québec, Cirque du Soleil es seguramente la compañía artística más globalizada del planeta. Estrenado en Montreal en 2002, Varekai ha sido montado en 65 ciudades de 18 países diferentes y ha sido visto por ocho millones de personas. Pero es solo uno de los 20 títulos que Cirque du Soleil tiene en cartel actualmente. Una estructura escénica que cuenta con más de 5.000 empleados, de los cuales 1.300 son artistas originarios de 40 países que actúan en los cinco continentes prácticamente a diario. En casi 30 años de historia, Cirque du Soleil acumula estrenos en 300 ciudades y más de 100 millones de espectadores.

    Una de las claves de este éxito multinacional es la estructura formativa de artistas circenses que se ha desarrollado en su ciudad base. Quien visite Montreal podrá darse una vuelta por la Escuela Nacional de Circo, donde estudiantes de todo el globo aprenden todos los géneros de las artes circenses, desde los malabares hasta el contorsionismo, pasando por las acrobacias y por todas las variantes del clown.

    Ese plus que poseen los espectáculos del Cirque du Soleil, y otras compañías como el Cirque Éloize, que visitó Montevideo con “Rain” en 2011, o el elenco suizo “Teatro Sunil”, de Daniele Finzi Pasca, que hace dos años acercó “Donka” al Solís, es que cada gimnasta, cada acróbata, cada músico, cada payaso, es, en esencia, un actor. Además de aprender a volar y a aterrizar, recibe una sólida formación teatral que le permite ser no solo un cuerpo que realiza cosas increíbles, sino un personaje.

    El resultado está a la vista cada dos años en Buenos Aires.