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    El maestro Miguel Soler

    Sr. Director:

    Ha fallecido Miguel Soler, a quien, a pesar de no haber nacido en nuestro país sino en España, podemos calificarlo como un ilustre representante de la pedagogía nacional.

    El destino le permitió vivir 99 años, completando un ciclo existencial que pudo abarcar los años de formación pedagógica, el período de sus recordadas realizaciones concretas y de su vasta producción intelectual y hasta la plena vivencia gozosa de los frutos benéficos de su obra: la admiración y el respeto de los niveles académicos, reflejados en los numerosos homenajes del magisterio nacional.

    Fue el último representante de una pléyade de estudiosos de la educación (teóricos y prácticos), que había florecido durante el siglo XX.

    Después de los hermanos José Pedro y Jacobo Adrián Varela (y también del gran olvidado Francisco Antonio Berra) e impregnados por la atmósfera rodoniana, formaron una dupla insuperable de realizadores Abel J. Pérez y Carlos Vaz Ferreira (a algunas de las charlas de este último pude asistir) a partir de 1900.

    Aún permanecían, desde el siglo anterior, los influjos de Alfredo Vásquez Acevedo y más tarde de Eduardo Acevedo Vásquez. Andando el siglo XX fueron surgiendo, con sus proyectos innovadores de escuelas experimentales, Clemente Estable, Sabas Olaizola y Otto Niemann, y les siguieron, cada uno con su peculiaridad, unos enfocando la problemática de la educación rural, otros abarcando la escuela en su totalidad, otros aportando reflexiones y proyectos sobre las artes y oficios, la educación secundaria o la formación docente: entre otros, Agustín Ferreiro, Julio Castro, José F. Arias, Pedro Figari, Alfredo Samonati, Emilio Verdesio, Manuel De Carlos, Jesualdo Sosa, Felipe Ferreiro, Antonio Miguel Grompone, Diógenes de Giorgi, Arturo Ardao y, finalmente, activo hasta hace pocos días en su palabra y en su ejemplo, Miguel Soler.

    Algunos descollaron en la reflexión pedagógica y otros enfatizaron la innovación práctica de la organización educacional.

    Imposible olvidar, digámoslo de paso, aquella espléndida generación de educadoras que formaron Enriqueta Compte y Riqué, Leonor Horticou, María Stagnero de Munar, María Orticochea, Luisa Luisi, María Espínola Espínola, Reina Reyes…

    Lamentablemente, los tiempos que corren no han producido elencos tan sobresalientes y, por el contrario, creo que en los últimos años han empezado a surgir, aquí y allá, tentativas reformistas que sospecho encubren ansias inconscientes de dejar a toda costa legados relevantes. La estofa humana a veces lleva a querer “un solo de violín”. Una elocuente muestra de ello fue la tentativa en 2018 de suprimir de los planes de estudio de la formación de maestros y profesores la asignatura Historia de la Educación (que, bien enseñada, es una verdadera historia de la cultura). Este último y penoso ensayo fue afortunadamente frustrado por la oportuna reacción del grupo de docentes de la SUHE.

    Miguel Soler fue el sobreviviente de aquel elenco de formidables creadores, en pensamiento y en realizaciones, auténticos en su afán educador y sin tentaciones de espectáculo, que nos había enorgullecido como país.

    Maestro rural desde 1943, fue uno de los fundadores, en 1945, de la Federación Uruguaya de Magisterio y corredactor del programa de escuelas rurales de 1949 (según el recordado Julio Castro, el primero en ser “redactado por un grupo de profesionales de la enseñanza” y el primero “que consideró por separado la escuela urbana y la rural”). Entre 1954 y 1961 fue director del Primer Núcleo Experimental Escolar (La Mina, Cerro Largo), y a partir de entonces y hasta 1974 actuó como asesor de la Unesco en educación rural, trabajando especialmente en Bolivia y México. En 2006 fue designado doctor honoris causa por nuestra Universidad de la República.

    En 2017, habiendo advertido errores sobre su bibliografía en algunas publicaciones, nos proporcionó el listado de sus obras para ser incluido en el tomo 4 vol. 1 de nuestra Historia de la Educación Uruguaya (capítulo redactado por las docentes Alma Silva García y Silvia A. Ibarra Silva), que, en sustancia, es el siguiente:

    Uruguay: análisis crítico de los programas escolares de 1949, 1957 y 1979 (1984); Educación: problemas, tendencias, experiencias (1987); El analfabetismo en América Latina; reflexiones sobre los hechos, los problemas y las perspectivas (1989); Acerca de la educación rural, impresiones de viaje (1991); Educación y vida rural en América Latina (1996); El Banco Mundial metido a educador (1997); Reflexiones generales sobre la educación y sus tensiones (2003); Réplica de un maestro agredido (2005); Educación rural: situación, estrategias, propuestas (2005); y Lecciones de un maestro (2009).

    Su actividad más recordada fue en el núcleo escolar de La Mina (creado el 7 de octubre de 1954 por el Consejo de Primaria), que reunía seis escuelas: la 60 de La Mina (Central) y las Seccionales: 99 (Pueblo Noblía); 28 (Puntas de la Mina); 69 (Cuchilla de Melo); 44 (San Diego); y 91 (Paso de Melo). La dirección del núcleo (cuya finalidad era “el mejoramiento integral de las condiciones de vida de la zona”, mediante metodologías de Educación Fundamental) se adjudicó a Miguel Soler, quien había obtenido esa especialización en Pátzcuaro (México) en cursos de la OEA y la Unesco. Actuaría con 13 maestros, una maestra trabajadora del hogar, una visitadora social enfermera, una maestra de Educación Estética, un maestro secretario, un experto agrario y un peón. Debía trabajarse con los niños en las escuelas, y fuera de ellas, con los egresados y jóvenes y adultos de ambos sexos.

    El emprendimiento de carácter experimental tuvo una duración inicial de tres años y se renovó por tres más en 1956, a cuyo vencimiento se produjeron desinteligencias con el Consejo de Primaria. Soler renunció al cargo el 20 de marzo de 1961, habiendo podido demostrar que la experiencia que dirigió fue innegablemente exitosa. Durante el periodo, el Consejo llegó a instalar 18 núcleos más en distintos departamentos. El episodio del entredicho, en el que incidieron componentes ideológicos en un período de intensas controversias, queda para que la posteridad lo juzgue.

    Lo que es pertinente, considerando los grandes saldos que la historia nos exhibe, es rendir el justo homenaje a quien puso sus energías y su talento al servicio de una causa noble.

    Prof. Agapo Luis Palomeque