Nº 2203 - 8 al 14 de Diciembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna de las cosas que confirmé en el programa de debate televisivo en el que colaboro es que muchas veces el eje real de los asuntos que discutimos no es aquel sobre el cual lo hacemos. ¿Qué quiero decir? Por lo general, no importa de qué tema público estemos charlando, terminamos discutiendo sobre el mismo eje: izquierda vs. derecha. Más aún, y esto me he aburrido de decirlo, se va a la charla no a encontrar aquellas zonas comunes que permitan avanzar juntos más allá de bandos ideológicos, sino a marcar paquete propio y desacreditar el paquete ajeno.
Sin embargo, creo que el problema central no es tanto esa costumbre polarizante como el uso de ese eje único que se da por sentado: todos los conflictos del universo conocido y por conocer se deben discutir sobre el eje derecha vs. izquierda. O izquierda vs. derecha, no se me vaya a ofender alguien. Es tan maravilloso ese eje explicativo único que lo usamos incluso para analizar conflictos que son previos a la existencia de esas posiciones. En ese sentido, tiene mucho mérito usar esa clase de balde analítico, generado circa 1789, para analizar, por ejemplo, la caída del Imperio romano. Y es que aquel que está verdaderamente convencido de que todo conflicto o cambio social se puede resumir en esas anteojeras ideológicas, no dudará en usarlas para mirar cualquier conflicto social de hace dos mil años o más.
En el programa confirmé, decía, lo inútil que resultaba muchas veces el intercambio cuando se lo reducía a dos sistemas ideológicos que se plantean como previos, cerrados y completos, y que no necesitan de nada de lo que trae consigo el de la vereda de enfrente. Es un poco peor aún cuando esos dos sistemas de ideas se presentan bajo la forma de partidos políticos que aspiran al poder, ya que eso introduce, un poco de contrabando, una dimensión extra que complica un poco más las cosas y que es: ¿qué tanto del sistema ideológico que planteas responde a que realmente te interesa solucionar X problema y qué tanto a que te interesa tener/retener/volver al poder?
Sin embargo, hay decenas de asuntos delicados que debemos solucionar en común (esto es, involucrando el mayor número posible de voluntades) que no quedan claramente recortados si seguimos la lupa de izquierda vs. derecha. Piénsese, por ejemplo, en la economía, un sistema extremadamente complejo en donde quienes suelen obtener mejores resultados en el mediano y largo plazo, no importa si son de derecha o izquierda, son aquellos que no asumen demasiados riesgos con las cuentas públicas. Harina de otro costal es qué se hace más allá de las cuentas públicas y en qué se gasta el dinero común. Ahí sí, en cierto grado al menos, puede operar y de hecho opera la ideología.
Pensemos ahora en otro asunto complejo y de difícil resolución que se viene discutiendo en estos días: la reforma educativa. Es valiente el gobierno en dar ese paso que todos dicen es indispensable pero que todos, por diversas razones de conveniencia, vienen postergando mientras generaciones enteras de estudiantes, especialmente aquellos de sectores más desprotegidos en lo económico y cultural, son expulsados del sistema sin alcanzar las habilidades mínimas que les permitan usar el ascensor social. Ahora, una cosa es ser valiente a la hora de dar el paso y otra es que ese paso sea el mejor posible, que sea suficiente y que vaya en la dirección correcta.
Lo que sí debería ser evidente en este caso es cuál es el centro del problema. En el caso de la reforma educativa, el centro, la prioridad primera e ineludible es lograr que esos seis estudiantes de cada 10 que no terminan el ciclo educativo secundario obligatorio lo hagan en tiempo y forma. Y dentro de esos estudiantes que no terminan el ciclo, que lo completen sobre todo aquellos ocho de cada 10 del quintil más bajo que no terminan y que por el nivel socioeconómico de sus familias son quienes más necesitan la herramienta que proporciona el ciclo completo. La solución de ese problema es eminentemente técnica y mensurable, por más que eso contradiga nuestra habitual calistenia partidaria. Y la solución a ese problema pasa, entre otros aspectos, por la formación de los docentes.
En un artículo publicado hace un par de meses en el semanario Brecha, el profesor Aníbal Corti hacía una aseveración tan valiente como poco escuchada: “Un profesor, ante todo y fundamentalmente, es alguien que debe saber de lo que enseña; es por ello que su formación debe estar centrada, sobre todo, en la incorporación de conocimientos disciplinarios, no en la incorporación de conocimientos de las ciencias de la educación. Un profesor no es un licenciado en Pedagogía con opción en algo. Nadie se convierte en docente por haber aprendido a enseñar. A enseñar se aprende enseñando, como a tocar el piano se aprende tocando”. ¿Contra qué argumenta Corti aquí? Contra que tanto las actuales autoridades como las anteriores parecen coincidir en el opuesto exacto de su afirmación y entienden que para mejorar la formación docente es necesario “agregar asignaturas de formación general, en desmedro de la formación específica”.
“Hay, entonces, dos maneras de encarar el asunto: la de las autoridades educativas pasadas, presentes y, seguramente, también futuras, los sindicatos docentes y los presuntos especialistas en educación (que es la misma en los tres casos), por una parte, y la de algunos pocos locos sueltos”, dice Corti y propone algo que se basa en el empirismo más tradicional: experimentar con las dos vías planteadas y aquella que obtenga docentes mejor formados, gana. No me queda claro en qué medida lo que plantea Corti sería de izquierda, de derecha o de extremo centro. Lo que sí me parece (invito a leer su excelente artículo, está disponible online) es que se atreve a patear el tablero y propone jugársela por un experimento que va en contra de lo que dice ese consenso opaco y automático que asumimos como mapa único. Tal como asumimos el mencionado eje como único también.
Y ya que ando citando artículos que me parecen valiosos para intentar resolver problemas que planteamos sobre ejes que no sirven para nada (salvo para gestionar el poder institucional, pero eso no va a salvar a un solo alumno del quintil más vulnerable), quiero traer una cita de Gregorio Luri, pedagogo español que también se la juega: “El éxito de una metodología no se mide por la trayectoria de los alumnos culturalmente más favorecidos, sino por el de los alumnos más desfavorecidos. Son estos últimos los que dependen exclusivamente de la bondad del método escolar para mejorar sus resultados. Insisto: son los culturalmente pobres los que ponen a prueba la eficiencia de nuestras buenas intenciones”.
En resumen, amigo lector, que muchos de los problemas complejos que tenemos que resolver colectivamente sobrepasan el eje izquierda vs. derecha que los partidos venden y explotan en su beneficio. Y es que el problema de tener un martillo como única herramienta es que al final todos los problemas te parecen clavos. Ejemplos sobran.