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Ella siempre tuvo aspecto andrógino y una voz grave, potente, rebelde, todo un desafío en épocas de música disco. En sus comienzos la apodaron la “madrina del punk”, y se convirtió en una de las figuras más influyentes del rock con canciones cargadas de poesía. Porque antes que cantante, ella fue poeta.
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Él era el fotógrafo del blanco y negro, de las flores, de los cuerpos desnudos y de las provocadoras imágenes sexuales. Patti Smith y Robert Mapplethorpe se conocieron en Nueva York en 1967, se hicieron amigos y vivieron con intensidad la efervescencia artística de la ciudad. Y solo se separaron cuando él murió, enfermo de sida, en 1989.
En plena agonía, Mapplethorpe le había pedido a su amiga que narrara todo lo que habían experimentado, y entonces ella escribió dos libros. En 2010 publicó “Éramos unos niños”, una autobiografía que retrata el mundo neoyorquino de los 70 y 80 con ambos artistas como protagonistas. El libro ganó el National Book Award, el premio más importante de las letras norteamericanas. Antes, Smith —quien forma parte del Salón de la Fama del Rock and Roll— había escrito El mar de coral, un volumen de prosa poética elaborado con todo el dolor por la pérdida de su amigo, que acaba de publicarse traducido al español.
“Cuando murió, no podía llorar, así que me puse a escribir. Al terminar guardé las páginas. Aquí están esas páginas, mi adiós a mi amigo, mi aventura, mi desatada alegría”, escribió Smith en el fragmento titulado “Al lector”. Sin intención de contar una historia, El mar de coral alterna poemas con breves pasajes narrativos que captan un instante, una emoción, un viaje o una imagen. “Reflejos de Robert”, le llamó a uno de sus poemas. Y sobre esos “reflejos” trata el libro.
“No considero la escritura como un acto estático y cerrado, lo considero un verdadero acto físico; cuando estoy en mi hogar, ante la máquina de escribir, me vuelvo loca, lo siento como algo explícitamente sexual, para mí es como tener un orgasmo”, había afirmado Smith cuando aparecieron sus primeros libros de poesías (“Seventh Heaven” y “Early Morning Dream”, de 1972). El mar de coral está escrito con esa misma pasión, teñida de tristeza por la pérdida de Mapplethorpe y también por su “férrea voluntad de vivir, que era irrefrenable, incluso en la muerte”.
En la poesía de Smith cada palabra pesa y cada metáfora recuerda al hombre que sufría por su cuerpo deteriorado, justamente él que hizo culto de la belleza del cuerpo a través de sus fotografías. Algunas de ellas, que pertenecen a The Robert Mapplethorpe Foundation, y otras tomadas por la propia Smith, ilustran el libro.
En las imágenes aparecen personajes de la mitología (Morfeo, Cupido, Psique) como si el mismo Mapplethorpe hubiera sido una figura pagana, tan idealizada como irreverente. “Decían que tenía el rostro de un dios / otros veían un demonio con sandalias de esparto y un zarcillo de vid enredado en los rizos”, es el comienzo del poema “El muchacho que amaba a Miguel Ángel”, ilustrado con un detalle de “La Piedad”. No es casual que al tomar esta fotografía, Smith se haya enfocado en los genitales de la escultura, tal como Mapplethorpe lo hacía en sus obras.
Por momento ella sintetiza la esencia de su amigo y de su arte en pasajes de hermosa prosa poética, como las del fragmento “La última flor”: “Llegó un momento en que adoptó la flor como la encarnación de todas las contradicciones con que se deleitaba. (...) También descubrió que era igual de fácil ofender con la belleza que con cualquier otra cosa. A menudo, las flores le simbolizaban tanto a él como a sus procesos (...) Y el ojo se convertía en un cuerpo, el tenebroso corazón de una rosa. La siniestra sombra de una orquídea. O la indolente amapola en la oreja de Baudelaire”.
Smith nació en Chicago en 1946; en el mismo año, Mapplethorpe nacía en Nueva York. En “Éramos unos niños”, ella recuerda el momento exacto en que conoció a su amigo, cuando ambos tenían 20 años: “Fue el verano en que murió Coltrane. (...) Los hippies alzaron sus brazos vacíos y China hizo detonar la bomba de hidrógeno. Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra en Monterrey. (...) Y en aquel clima cambiante e inhóspito, un encuentro casual cambió el curso de mi vida. Fue el verano en que conocí a Robert Mapplethorpe”.
Desde su primer disco “Horses” (1975), con aquel primer verso significativo, “Jesús murió por los pecados de alguien, no por los míos”, la carrera creativa de Smith fue enérgica e imparable, salvo por una etapa de retiro con su marido, el también rockero Fred Smith, quien murió en 1994. Admirada por músicos de generaciones más jóvenes (las bandas R.E.M. y U2 hicieron versiones de su canción “Because the Night”, de 1978), actualmente continúa grabando discos, haciendo giras de rock y publicando poemas.
El mar de coral es un libro intenso y plural, que puede leerse escuchando “Banga”, el último álbum de Smith, editado en Estados Unidos en junio de este año. El disco transita por baladas suaves, como su melódica introducción sobre el viaje de Américo Vespucio a América (“Amerigo”), por el rock (“Fuji-San”), por la meditación sobre el arte (“Constantine’s Dream”) e incluso por un emotivo cover de un clásico de Neil Young (“After the Gold Rush”).
A sus 65 años, Patti Smith mantiene la misma potencia en su voz rebelde y llena de matices. Una voz genial, igual que su poesía.
“El mar de coral”, de Patti Smith. Lumen, 2012, $ 260, 94 páginas.