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    El nuevo Ministerio del Interior

    Sr. Director:

    ¡Está tan cercano en el recuerdo y fue tan largo en el tiempo!… Nos referimos a la era de la inseguridad y la consiguiente impunidad de los delincuentes, ya asesinos, ya ladrones, consumidores y traficantes de drogas de alto voltaje y, parejo con ello, hallazgos de cargamentos de cocaína, que salían por los puertos nacionales como legítimos turistas.

    ¿Qué pasa que nadie trae a colación la ocurrencia de este cambio?

    ¿Cómo es que no se recuerda el clima de indefensión en que estábamos inmersos los uruguayos todos? La delincuencia campeaba en cualquier área, pero en lo atinente a la ciudadanía de a pie la orfandad resultaba patética.

    Por su parte, era frecuente que la prensa apenas atinara al anuncio escueto, al titular de un hecho que daba cuenta de sucesos lesivos para con la integridad de las personas o sus pertenencias, pero —muchísimas veces— no se resolvía, para caer ya en el olvido definitivo .

    Hubo numerosos crímenes que solo eran su anuncio, para no volver a mentarlos.

    Los asaltos a comercios, a casas, a mujeres, a hombres, a conductores de buses, a taxistas o a la gente en general que necesariamente debía salir a trabajar temprano y caía víctima de atracos —heridos y hasta muertos— se daban a conocer con bajo énfasis: éramos datos numéricos para la crónica roja; la indagatoria faltaba a la cita. El ministro del ramo, el intocable Bonomi, alias el Bicho, que mató por la espalda al jefe de cárceles de Punta Carretas (lo que permitió la fuga masiva de los Tupamaros, allá por el 71), logró con su hazaña gozar del prestigio y el calor del poder de las administraciones de Mujica y Vázquez. Gozó siempre de un salvoconducto a la impunidad, que consistía en ausencia de exigencia sobre dato alguno, referido a delitos de cualquier naturaleza.

    Un personaje indefinible además: cuando el suceso criminal ganaba la calle por su elocuencia, el periodismo —si lograba ser atendido— pugnaba por saber algún detalle. Ese era el momento en que Bonomi se cruzaba hacia el lado del mostrador del que preguntaba y divagaba sobre las características del suceso; también exhibía impacto y elaboraba teorías sobre la comisión del hecho. Nunca explicó ni dio satisfacciones a la prensa. Ni a nadie.

    Robaban los cajeros y su sorpresa era conmovedora. Asesinaban a una mujer y cavilaba en torno al motivo que pudo tener el autor, para la comisión de ese asesinato. Se le escuchaban explicaciones extravagantes cuando era inquirido por asaltos a comercios y hasta balbuceaba como queriendo desentrañar el motivo de la hazaña. O lo más común, se mostraba totalmente ajeno a detalle alguno, que rodeara al hecho en cuestión.

    Y bien, luego de esa etapa de una década de esoterismo policial, resultó perdedor su equipo político y el nuevo gobierno designa ministro del Interior al Dr. Jorge Larrañaga.

    El País recibió así una especie de transfusión de sangre.

    Se nota la firmeza, la fuerza, el interés, la capacidad y la dedicación permanente ante el delito en cualquiera de sus rostros. Es tan removedor el nuevo jerarca que dota a la Policía de autoestima y firmeza, valores que se vuelven suyos y actúan en favor de todos nosotros.

    Ahora salen a luz los responsables de asesinatos, robos, violaciones a niños y otras atrocidades propias del largo tiempo de impunidad que actuó como cultivo delictual.

    Ahora en las calles de todo el Uruguay hay efectivos cercanos, accesibles y dispuestos a apoyarnos; y como si fuera poco un helicóptero revolotea desde lo alto, cuidando nuestra suerte.

    Es aquí cuando uno se pregunta: ¿y esta transformación, nadie la registra?

    Los informativistas leen el parte policial como si se tratara de una nota social: limitándose al hecho; y cuando un policía —actuando en defensa propia, tras ser agredido— se defiende tirando con su arma reglamentaria y termina con la vida del delincuente, la noticia se comunica a la población, señalando que el uniformado “asesinó” al delincuente.

    Notamos la falta de prensa que destaque el cambio abismal que en este ámbito, como en otros, ha habido

    La droga aparece. Los narcos vienen siendo acorralados (recordemos que eran intocables), que al decir del periodista Gabriel Pereira “nadie se va a meter con ellos”. Sí, señor Pereira, este gobierno descubre —un día sí y otro también— un nidal… y otro y otro... y se requisa la droga y se quema…

    Y suma y sigue: días pasados, asesinaron a un policía y le robaron su moto, en la que andaba cuando fue abatido por estos delincuentes. Al rato nomás la policía encontraba el vehículo y el arma.

    ¿Es magia? No. Es capacidad, entrega, cumplimiento del deber. Es que los agentes están estimulados y se ha abierto un flujo entre la gente y ellos. Agradecimiento de un lado y respeto y consideración por el otro.

    El actual gobierno del Dr. Lacalle Pou supo —como en otros ítems— encarar con acierto la designación de Larrañaga, en este espacio indispensable que estaba librado a la criminalidad, la total indiferencia por la gente y hasta el “apoyo” que resultaba para los delincuentes, el silencio y la parálisis de la fuerza policial.

    La pregunta es: ¿Los informativistas, los redactores de columnas, los cronistas policiales de los medios van a seguir en silencio, como si no hubiera habido —como hay— una transformación fundamental a partir de la acción de este secretario de Estado?

    Raquel Trobo

    CI 918.349-9