N° 1894 - 24 al 30 de Noviembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace tiempo que muchos frenteamplistas se manifiestan desilusionados, cuando no indignados, ante decisiones políticas y comportamientos de sus correligionarios que en ejercicio de funciones legislativas o de gobierno confrontan sus principios e ideales. Desencanto que expone cuestionamientos de naturaleza diversa y que refieren no solo a aspectos políticos e ideológicos. También, lo que consideran más grave, la transgresión de principios éticos y morales que siempre consideraron distintivos del pensamiento de izquierda.
Es una situación nueva con la que deben convivir, que debilita adhesiones otrora entusiastas y compromisos de toda una vida. No ocultan su enojo ni un sentimiento de vergüenza ajena.
La ola inconformista ha alcanzado incluso a legisladores frentistas. Los más notorios son los diputados Gonzalo Mujica y Darío Pérez, quienes han expresado abiertamente en las últimas semanas sus discrepancias.
Mujica anunció que en el futuro actuará con independencia de lo que resuelva la bancada oficialista y que, en cada caso, procederá según su criterio. No ha sido una amenaza ni una jugada para obtener alguna concesión. Se trata de una decisión que fue madurada y anunciada con serenidad y firmeza. Tal como lo anunció, votó junto a la oposición la creación de comisiones para investigar los negocios con Venezuela (rechazada) y con su voto se aprobó la referida a las obras de la regasificadora.
Pérez, por su parte, ha manifestado públicamente su disgusto al tener que votar en reiteradas ocasiones por disciplina partidaria contra su propia opinión. Acató la decisión de oponerse a la creación de las investigadoras, aunque hizo pública su discrepancia con un argumento de Perogrullo. “Si nada tenemos que temer” por qué no habilitar la investigación. Un razonamiento elemental que los políticos ignoran toda vez que son criticados o atacados.
El malestar se ha extendido entre muchos frenteamplistas que vuelcan en los medios y en las redes sociales sus diferentes grados de preocupación, aun a riesgo de ser acusados de “hacerle el juego a la derecha”. Descalificación con que el establishment frentista rechaza toda crítica o cuestionamiento.
Hay notoriamente una pérdida de mística, una devaluación de las esperanzas, que aleja de la acción política a buena parte de la militancia. Un proceso que tiene que ver con el ejercicio del gobierno y que muchos estiman irreversible.
El semanario “Voces”, una publicación independiente editada por militantes de izquierda, suele exponer opiniones críticas sobre decisiones del Frente Amplio y del gobierno que consideran implican un abandono del idealismo fundacional. Su columnista Hoenir Sarthou, hijo del ex senador Helios Sarthou, ha reconocido públicamente que sus discrepancias son de tal entidad que en las pasadas elecciones nacionales no votó al FA.
El inconformismo, convertido en malestar, genera reacciones de todo tipo en la militancia. Hay quienes ganados por la desolación se desmovilizan e invierten sus energías en proyectos personales. Y quienes, sin bajar los brazos, toman distancia de la estructura partidaria y procuran reagrupar a los disidentes en otro proyecto político.
En un artículo que difundió hace unos días en el portal Uypress, el publicista José Legaspi fue muy claro: “Hasta acá llegó el amor”. Hace solo unos meses, Legaspi participó en el comando de campaña de Javier Miranda, flamante presidente de la coalición. Ahora resumió: “No puedo seguir siendo frenteamplista, sería ser cómplice” de los hechos que están ocurriendo, de “la mentira instalada”.
Pues bien, ¿de qué cosas no quiere ser “cómplice”?
La nota explica su hartazgo. “Sigan mintiendo, escudados en títulos inexistentes, en carreras que no terminaron, o ‘licenciaturas’ tomadas como licencia para falsear la verdad. Sigan haciendo lo que saben hacer, convocar a los adherentes y la ciudadanía cada cinco años para revalidar la permanencia (…) sigan que todavía les queda un ejército de militantes ciegos, sordos y mudos, ‘unánimes’, para mantener privilegios”.
Hábil operador político, hace mucho que Esteban Valenti —en su tiempo el preferido de Rodney Arismendi entre los jóvenes comunistas, inspirador del manifiesto “El ocaso y la esperanza” que derivó en la ruptura del Partido Comunista— es un severo crítico de la dirección del FA. Una actitud acentuada desde su distanciamiento del Frente Líber Seregni y del ministro Danilo Astori.
Entrevistado el jueves 18 en Radio El Espectador, Valenti no anduvo con vueltas. Aludió a “las mentiras” a las que debió recurrir la estructura del Frente para expresar solidaridad con el vicepresidente Sendic respecto al inexistente título de licenciado. Y a las de los senadores que respaldaron la “desastrosa” gestión en Ancap, que tuvo un déficit de U$S 800 millones (sin contabilizar, añadió, lo que la empresa perdió de ganar, que estimó en unos U$S 900 millones en seis años).
Valenti responsabiliza de ello al ex presidente José Mujica por haber declarado en su momento “que había que gastar todo lo que se pudiera gastar”, afirmación que debía ser interpretada “por gente de bajo nivel que no tenía ninguna experiencia en administrar una gran empresa”.
Sostuvo que miles de frenteamplistas sienten que tienen “un problema de identidad” porque consideran que “se ha cambiado la esencia misma” de la coalición. Hecho que atribuyó a un “proyecto político de colonización del FA” llevado a cabo por el MPP (“una fuerza que no fundó el Frente Amplio” y que contrarió, y desafió, su estrategia “pacífica y pacificadora”, cuando el MLN el 14 de abril de 1972 precipitó al país en una orgía de sangre.
Según Valenti, “del otro lado (del MPP y “de los aliados que fue colonizando”) faltaron fuerzas (frentistas) que equilibraran las cosas”. Aludió a “minorías sumisas”, entre las que incluyó al Frente Líber Seregni, que aceptaron dejar de lado el principio fundacional que requería el consenso para la toma de decisiones, aceptando quedar prisioneros de mayorías militantes.
A su juicio, esta estructura del FA, “piramidal” y “antidemocrática”, fue “armada (…) para asegurar el dominio (por parte del MPP y sus aliados) de determinada concepción y de determinada visión de la política, del gobierno y del Frente Amplio”.
Mecanismo que calificó de “perverso” porque desvirtúa el sentimiento y la voluntad de los frenteamplistas, siendo enfático en descartar la posibilidad de modificar esta situación desde adentro.
Se trata, dijo, de una estructura “cada vez más reseca, alejada de la gente, que funciona menos, más copada, más llena de funcionarios”, lo cual asegura en los órganos de dirección “la lógica de los funcionarios” . “El problema es”, añadió, “cuando son los funcionarios con su visión quienes dirigen la política”.
Consideró que cuando se abandonan los principios, cuando hay gente que cree que “todo vale” para ganar y esa conducta “se ha permitido” y validado, cuando se acepta “la mentira como parte de la política”, se pierde “la confianza de la gente, que es la base de la política”. Entonces, remarca Valenti, ¿qué esperás?¿Que los demás sean peores a vos, que la próxima elección se decida entre el menos malo?”.
Muchos trazos de esta descripción son reconocibles. Aun así muchos se preguntan ¿qué motiva esta movida? ¿Idealismo? ¿Oportunismo?