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    El ogro con corazón de niño

    Gérard Depardieu protagoniza una nueva serie de Netflix

    Es uno de los gigantes, literalmente gigante, del cine francés, de esos que empezaron bien de abajo. Fue un niño pobre que contrabandeaba cigarros, y un adolescente de nariz torcida y tartamudo que practicaba boxeo y custodiaba prostitutas. Cuando terminó la escuela con 14 años dejó de hablar, entonces una fonoaudióloga le recomendó que hiciera teatro. Desde entonces, cuando los espectadores lo ven en la pantalla, le tendrían que rendir homenaje a aquella fonoaudióloga.

    Gérard Depardieu nació en 1948 en Cháteauroux, una localidad en el centro de Francia. En París se inició como actor teatral y realizó algunos papeles para la televisión. De joven también le habían diagnosticado “hiperemotividad patológica”, un trastorno que lo llevaba a moverse más con las emociones que con la razón y, según el propio actor, nunca pudo representar personajes totalmente malos: “Soy incapaz de ser malvado. Puedo ser tonto, no malvado”, dijo en la última edición de la Berlinale, en febrero de 2016.

    Su despunte llegó en los años 70 en el cine cuando interpretó múltiples papeles que le dieron proyección internacional: fue un delincuente en Las cosas por su nombre (Bertrand Blier,1973), un seductor junto a Ornella Muti en La última mujer (Marco Ferreri, 1975) o un campesino humilde que se une a las rebeliones contra el fascismo en1900 (Bernardo Bertolucci, 1976).

    Después sería dirigido por otros grandes cineastas: por François Truffaut en El último subte (1980), interpretación que le valió un premio César, y en La mujer de la próxima puerta (1981), por Andrzej Wajda en Danton (1982), por Claude Berri en Jean de Florette (1986), por Jean-Paul Rappeneau en Cyrano de Bergerac (1990), por Alain Corneau en Todas las mañanas del mundo (1991), donde actuó con su hijo, Guillaume Depardieu, fallecido en 2008, por Ridley Scott en1492: La conquista del Paraíso (1992).

    Al mismo tiempo que aumentaban su fama y reconocimiento, lo hacía su masa corporal. Entonces le vino al pelo el papel del enorme y panzón Obelix, en Asterix y Obelix contra el César (Claude Zidi, 1999), que tendría una segunda parte en 2002 (Misión Cleopatra, de Alan Chabat). También en ese año le hicieron un quíntuple bypass del corazón. De esa se salvó, aunque no bajó de peso.

    Hizo comedia, romance, drama, policial, con todos los matices de un actor de gran porte. Y ahora, en 2016, tiene que remar con un guion flojo y lleno de clichés en la serie Marseille, en la que interpreta a un político cocainómano que gobierna desde hace 25 años la ciudad y se enfrenta a las mafias locales. La actuación de Depardieu es lo único que salva a esta serie, la primera de producción europea de Netflix. El canal streaming norteamericano apostó fuerte por esta historia con el propósito de que fuera la House of Cards francesa. Pero perdió su apuesta porque la serie, por lo menos en su primera temporada, tiene más de melodrama de baja calidad que de thriller político.

    Robert Taro (Depardieu) quiere que Marsella sea una de las ciudades europeas más prósperas. Para ello, impulsa un proyecto para que se venda el puerto y se construya un casino a todo lujo. Consigue inversores y va todo bien, hasta que aparecen los grupos que dominan el juego ilegal. Obviamente estos son los malos de la serie.

    Por otro lado, Taro quiere retirarse del cargo y postula a uno de sus protegidos, Lucas Barrès (Benoit Magimel), un político joven que termina traicionándolo y vota en contra de la venta del puerto. Parte de la serie se concentra en el enfrentamiento entre el veterano político, que decide presentarse nuevamente como alcalde a un mes de las elecciones, y el joven arribista que se transforma en su contrincante y tiene vínculos con la ilegalidad.

    “Seducción. Secretos. Chantaje. Corrupción. Revancha”, anuncia el trailer de la serie. Y efectivamente tiene todos esos condimentos: mucho sexo mezclado con violencia, algunos conflictos raciales y una trama que acumula drama tras drama con personajes de una sola pieza.

    El peor de todos es Barrès, personaje acartonado con permanente cara de conspirador y una gran facilidad para irse a la cama con quien se le cruce, mejor aún si le sirve para sus intereses. Es el mayor estereotipo de la serie: toquetea a la secretaria en el auto, tiene escenas supuestamente eróticas en el balcón de su lujoso apartamento o en la ducha de un vestuario. Y siempre sin cambiar de expresión.

    “En política son los fines, no los medios”, dice el joven arribista. Después se pone los lentes oscuros y se va en cámara lenta, porque en esta serie todos terminan caminando en cámara lenta. Como bondades, se destaca un gran despliegue visual, con bellos paisajes de la ciudad, convertida casi en otro personaje, en la que contrasta el glamour del poder y las miserias de los guetos marginales, con sus conflictos raciales y de liderazgo. Pero todo parece un escenario de utilería, la cáscara de una historia que se olvida de la complejidad y de los matices, en definitiva, de la carnadura humana.

    En este escenario, Depardieu es quien se mueve con más naturalidad, embutido en un traje cuyos botones parecen siempre a punto de saltar. Su personaje es el del político por naturaleza: chabacano con las clases populares, decidido con empresarios y adversarios, elocuente en el discurso. El estrés lo combate esnifando cocaína, pero todo se le complica en el ámbito familiar, donde surgen problemas y se destapan secretos. Depardieu mueve de taquito a su personaje y es convincente en sus momentos más íntimos, donde aparece con su famosa melena despeinada y su rostro de joven-viejo. Pero a pesar de todo, no llega ni a impactar ni a conmover, y seguramente no será recordado por esta actuación.

    En la Berlinale 2016, el actor asistió para presentar las últimas películas en las que ha actuado: la comedia Saint-Amour y el thriller The End. El director de este thriller, Guillaume Nicloux, definió a Depardieu como un cruce entre un niño y un ogro”. Y la definición es casi perfecta si se repasan todos los personajes que ha encarnado. En esa oportunidad, el actor respondió a los rumores que circularon sobre su alejamiento del cine. Su frase fue enigmática y habrá dejado inquieto al ámbito cinéfilo: “Ya he hecho muchas películas, ahora solo me apetece existir”. Y se lo merece, aunque se lo va a extrañar.

    Silvana Tanzi

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