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    El presidente de Francia y las palabras

    Columnista de Búsqueda

    N° 1795 - 18 al 24 de Diciembre de 2014

    La anécdota, de tan perfecta merecería ser apócrifa. Se cuenta que George Clemenceau adquirió un diario, L’Aurore, para hacer campaña política. Se dice que estaba perplejo porque no sabía qué recepción tendría en el público la novel publicación. Y se sabe, porque se puede demostrar con datos fehacientes, que la primera edición agotó miles de ejemplares en pocas horas. Al parecer —he aquí el tema que me ocupa hoy— con visible alegría, el entusiasta director que sería presidente de la República francesa, reunió a los periodistas en su despacho y los felicitó de a uno y en conjunto. Y culminó su discurso con la siguiente consideración: “Todas las palabras del periódico están muy buenas, buenos los sustantivos, buenos los artículos y pronombres, buenos los verbos. Pero recuerden: el diario es mío, y por lo tanto los adjetivos lo pongo yo y solamente yo”.

    Esas expresiones cuya legítima propiedad reclama Clemenceau podrían clasificarse de varias maneras, pero hay dos grandes grupos para diferenciarlas: por un lado están los adjetivos naturales, que son los adjetivos puros, como por ejemplo: alto, flaco, blanco, etc. Y por otro lado se encuentran los adjetivos derivados. Estos pueden derivar de un sustantivo; soy un hombre lunático (sustantivo luna), de un verbo; este hombre está cansado (verbo cansar) o de otro adjetivo; la tarde está amarillenta (adjetivo amarillo).

    Generalmente el adjetivo cumple una función informativa; comunica una cualidad determinada del sustantivo. Aun en el lenguaje más objetivo, como es el lenguaje de la descripción científica o el lenguaje periodístico se usa o aparece esta función. Es prácticamente imposible sustraerse a la función informativa del adjetivo por más que uno no quiera utilizarla. Todos los hechos, nombres o acontecimientos tienen cualidades, y el adjetivo las señala. Claros ejemplos son “la noche es oscura”, “la silla es negra”.

    Ya en el discurso poético, es decir, en lo que Valéry llama el desvío del lenguaje habitual, en los dominios propios de la literatura, tenemos otra función que se dilata a otros códigos; es la llamada función sensibilizadora. Mediante esta se les da ingreso a los sentidos en la apropiación de la frase que se utiliza. Por lo general recibimos la frase merced a nuestros recursos intelectuales: la inteligibilidad, la comprensión semántica, la lógica, el conocimiento de la sintaxis. Pero mediante esta función también nuestros sentidos participan en la comprensión. He aquí un invencible ejemplo (debido a Amado Alonso) de lo que estamos afirmando: la cláusula “el viento agitaba la hierba” es absolutamente clara, se entiende su contenido descriptivo sin ninguna dificultad. En cambio, si utilizamos algunos adjetivos que contribuyan a incorporar el plano sensitivo, la oración pasa a ser más que descriptiva, adquiere un rango de sensibilización significativo; “el viento inquieto agitaba la verde hierba”. En este caso ingresan los sentidos a la proposición, aparece la dimensión de lo cinético (de movimiento en viento y la apelación a lo cromático, el tipo de color en hierba). Eso, como explicó Aristóteles, dispara la construcción imaginativa. La cláusula tiene ahora una dimensión sensible, además de literalmente denotativa; los destinatarios de la cláusula disponen de elementos para representarse la situación descripta, para imaginar la situación además de comprenderla.

    Dicho a modo de resumen: en la primera formulación aparece un plano descriptivo y puramente informativo, mientras que en la segunda, sin perder la cualidad descriptiva e informativa, se agrega una característica sensible. Es aparentemente curioso el fenómeno, porque ambos adjetivos son redundantes respecto de lo que señalan: la inquietud es, se concederá, una cualidad del viento; no hay viento quieto, viento quieto es no-viento. Y en cuanto al verde, al menos estadísticamente, es una cualidad que tiene la hierba. Pero la curiosidad está solo en apariencia; lo que realmente interesa es que mediante el servicio de esta función del adjetivo, que a veces implica incurrir en la redundancia, se enriquece el poder expresivo de ciertas frases.

    En vista de tanta connotación no cuesta comprender la exaltada reserva del presidente de Francia.