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    El problema del mérito

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2266 - 29 de Febrero al 6 de Marzo de 2024

    Desde mucho antes de su nacimiento el destino de Bernard de Clairvaux estuvo marcado por la influencia de su madre, quien en la infancia fue reservada a la vida monástica, y aunque luego la casaron con un respetable caballero que sirvió a los duques de Borgoña, nunca perdió el fuego de la consagración a Cristo y a su Iglesia.

    Bajo la influencia de ella y de los cánones de la escuela de Châtillon, donde se formó, Saint Bernard logró romper temprano con aquellos desvíos propios de la edad a los que llamaba los “amigos hostiles”. Previsiblemente, no demoró en abrazar los hábitos. En el monasterio de Sito, entonces famoso por la severidad de su vida, logró destacarse por la celosa observancia de las reglas, que lo llevaron a practicar un severo ascetismo que trastornó su salud y una vigilia “más allá de las fuerzas humanas”. Ya en las primeras horas dentro de ese santo hospicio advirtió que se había desarrollado en él una vida interior concentrada que tornó insípido y decoloró el mundo entero y le permitió no notar nada externo: el caballo en el que avanzaba, el lago Lemán, por el que pasaba, las brisas raudas de la olorosa primavera en la que los campesinos de la zona se holgaban. Nada fuera de la oración y la penitencia tenía sentido para su exigente asunción de la existencia. El duro trabajo manual, la lectura de libros religiosos, principalmente las Sagradas Escrituras, la plegaria, la contemplación, en especial esta última, ocupan su tiempo y contribuyen al florecimiento de su temprano misticismo. En 1115, por orden de su abad, se pone al frente de 12 cistercienses, funda el que merced a su obra sería el famoso monasterio de Clairvaux. A partir de entonces no cesará de diseminar monasterios a la reflexión y al debate teológico.

    Uno de sus escritos más interesantes, que informa de manera cumplida acerca de la fecundidad de este largo período de realizaciones, tiene que ver con su indagación acerca del libre albedrío. Saint Bernard en este punto sienta escuela y será la base para aportes subsiguientes, en particular tendrá fuerza en la también muy elaborada posición que al respecto realizará Santo Tomás de Aquino. El dilema que plantea tiene que ver con la tensión entre la gracia y el libre albedrío, dos aspectos que mutuamente encuadran la noción central de la libertad como camino a Dios.

    Su perspectiva parte de la inmediatez de la necesidad y de forma intencional se pregunta si el mérito de una buena acción requiere, junto con la gracia de Dios, la asistencia de una libre elección coherente con ella.

    Su respuesta tiene un adecuado registro autobiográfico: “Cierto día, bajo la sombra de la gracia de Dios, tuve que hablar ante los demás de que por ella me reconozco y estoy destinado al bien y me siento atraído al bien y espero hacer el bien, uno de los presentes me dijo: ¿por qué haces esto y qué recompensa (mercer) o mérito (praemium) esperas si Dios hace todo esto? ¿Qué me estás aconsejando, digo? Dad —responde— gloria a Dios, que desinteresadamente os advierte, os anima, os empuja; y vive con dignidad, demostrando que estás agradecido por los beneficios recibidos y que los mereces. Le respondí: me darías un buen consejo si me dijeras cómo seguirlo. Al fin y al cabo, no es lo mismo saber claramente lo que hay que hacer que hacerlo, porque mostrar el camino a los ciegos y dar un carro al cansado son cosas diferentes. No todos los que muestran el camino dan dinero al viajero para el viaje. Una cosa es mostrar cómo no extraviarse y otra es proporcionar los medios para completar el viaje. No todo mentor es también dador del bien que enseña. Para mí son necesarias dos cosas: aprender y recibir ayuda. Tú, hombre, con razón ayudas a la ignorancia, si verdaderamente afirma el apóstol: ‘el espíritu también nos ayuda en nuestras debilidades’ (Rom. VIII, 26). Después de todo, el que me da un consejo a través de tus labios necesariamente me ayuda con su espíritu, por cuyo poder llevaré a cabo lo que tú me aconsejas. Aquí, como don suyo, surge en mí un deseo, pero no encuentro fuerzas para cumplirlo (Rom., VII, 18); y estoy convencido de que no puedo, a menos que el que me da el deseo me dé también el poder de hacerlo de buena voluntad (pro bona voluntate) (Fil., II, 13). Entonces preguntas dónde está nuestro mérito o cuál es nuestra esperanza. Escuchen, digo: nos salvó, no con obras de justicia, sino con su misericordia”.

    Esa misericordia, cabe acotar, propicia que nuestra elección sea la libertad.