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    El pueblo envilecido

    Columnista de Búsqueda

    N° 1830 - 27 de Agosto al 02 de Setiembre de 2015

    En sus Memorias de ultratumba (editorial Acantilado, distribuye Gussi Libros), el último libro que escribe (comienza a publicarlo en 1848, año de su muerte), René de Chateaubriand dice que su madre le “infligió la vida” una tempestuosa noche de 1768, en Saint-Malo. Cuenta que su infancia discurrió en Bretaña, “sin educación útil ni cuidado”. Recuerda de manera borrosa a su querida madre; la recuerda siempre con la vista baja, hablando en susurros y con la voz temblorosa. De su padre afirma que fue una sombra autoritaria y taciturna; casi un fantasma que discurría silenciosamente por los oscuros corredores del castillo. Al parecer este señor tenía escrito el futuro de su hijo: pretendía que el niño se convirtiera en marino y sirviera al Rey; René, secretamente, soñaba con ser escritor y de a ratos garabateaba poemas.

    Lo que todos ellos ignoraban es que el porvenir del joven estaría lleno de pruebas, de halagos y de amarguras. La escritura de Dios, se ha dicho, es torcida; misión de los hombres es descifrar su sentido recto. Chateaubriand se propone hacerlo y, así, se convierte en un desafío permanente para sí mismo, para su época y para quienes tuvieron la fortuna de tratarlo. El asesinato del duque D’Enghin fue uno de esos retos que marcó para siempre, que dibujó la silueta con que será justamente recordado, pues el mismo día que estaba por asumir el cargo de ministro plenipotenciario de Francia en el exterior, nombrado por Napoleón, que lo estimaba, se enteró de ese crimen y escribió su renuncia tomando para siempre distancia de su gobierno.

    Pero no solo eso. También se ocupó de indagar el caso y más tarde —lo cuenta en sus memorias—denunciarlo a través de una serie de páginas que son un admirable ejemplo de su vigoroso estilo y de su firme postura moral frente a los asuntos de la política y a los peligrosos juegos de la razón de Estado. “Esta muerte —escribe en la página 772— dejó helados de espanto todos los corazones; se temió que retornara el reinado de Robespierre. París creyó volver a ver uno de esos días que no se ven más que una vez, el día de la ejecución de Louis XVI. Los servidores, los amigos, los parientes de Bonaparte estaban consternados. En el extranjero, aunque el lenguaje diplomático ahogó súbitamente la sensación popular, no por ello se revolvieron menos las entrañas de la multitud”.

    Se indigna Chateaubriand por dos motivos centrales, uno, obvio, es el que acusa a los responsables —Bonaparte y su íntimo círculo de demonios— y otro el de una sociedad amigable con los desmanes a condición de no distraerse de sus groseros placeres, de la ingrata minucia de sus más bajos apetitos e intereses: “Habíamos pasado por demasiados despotismos diferentes, nuestros caracteres, domados por una serie de males y de opresiones, ya no contaban con energía suficiente para que nuestro dolor llevara el crespón largo tiempo por la muerte del joven Condé; poco a poco las lágrimas se agotaron; el temor se desbordó en felicitaciones por los peligros de los que acaba de escapar el Primer Cónsul; o lloraba de gratitud por haber sido salvado gracias a una tan santa inmolación. ¡Nerón, al dictado de Séneca, escribió una carta apologética del asesinato de Agripina; los senadores, arrebatados, colmaron de bendiciones al hijo magnánimo que no había temido arrancarse el corazón con un parricidio tan saludable! La sociedad no tardó en retornar a sus placeres; estaba espantada de su duelo; tras el Terror, las víctimas que se había salvado bailaban, trataban de parecer contentas y, temiendo resultar sospechosas de sentirse culpables de hacer memoria, daban muestras de la misma alegría que yendo al cadalso”.

    Este noble reproche me parece que ubica el eje de las interacciones sociales bajo la perspectiva de la política. Cuando las personas y las sociedades dejan de sentir dolor por lo que lastima, cuando no se ofenden por los agravios, y no reaccionan ante los atropellos y encima se esconden en los conformismos y en los infinitos recursos de la evasión, cuando el temple viril que pone límites, que exige cuentas, que revisa con sentido crítico los discursos y las decisiones está ausente, la discrecionalidad de los gobiernos es total, sus atropellos no encuentran resistencia, la injusticia domina y nadie ni nada se encuentra a salvo. Hay gobiernos absolutos no cuando formalmente faltan los poderes de control y fallan los equilibrios, sino sustancialmente cuando los pueblos y las personas se envilecen sin remedio y cada día desertan de la defensa de sus derechos, de sus reflejos morales, de su compromiso para con los principios que regulan la convivencia pacífica y respetuosa y que son los que, de hecho, tutelan su dignidad.