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    El quiebre insólito de la campaña de vacunación

    Sr. Director:

    Por razones que serían largo de explicar, a lo largo de toda la pandemia del Covid-19 he seguido atentamente la información disponible por el MSP a través de la aplicación que actualiza los datos cada hora, en particular la marcha de la campaña de vacunación. Ese monitoreo me ha permitido comprobar que dicha campaña tuvo un brusco declive a partir de los últimos días de enero del presente año. Como se recordará, el día 12 de ese mes se inició la vacunación a los integrantes de la franja etaria entre los 5 y los 10 años, aproximadamente unos 265.000 individuos. A lo largo del mes enero el ritmo de vacunación para todas las franjas se mantuvo alto y, como era de esperar, el volumen diario se aumentó a partir del 12 de enero, ubicándose entre 25.000 y 30.000 por día. A fines de enero, ya se había vacunado el 30% de la mencionada franja etaria, lo que permitía suponer que, si se continuaba a ese ritmo, al finalizar el mes de febrero, entre el 60% y el 70% de ese sector de la población ya estaría vacunado.

    A partir de la primera semana de febrero, el volumen de agendados y de vacunados por día disminuyó en una proporción de 6 a 1, a lo que debe añadirse que una fracción de los agendados no concurrió a los puestos (en el caso de la segunda dosis, los omisos se acercaron al 50%). En cuanto a la franja etaria entre 5 y 12 años, el ritmo de vacunación en febrero fue menor de la mitad del que se registró en enero, y si se mantiene el mismo hasta fin de mes todo indica que el total acumulado no llegaría al 50% con la primera dosis, sin certezas acerca de cuándo se empezaría a aplicar la segunda dosis y, por lo tanto, con un panorama poco tranquilizador de cara al comienzo inminente del año escolar.

    A esta altura, corresponde descartar dos explicaciones perezosas de esta desaceleración de la campaña vacunatoria. En primer lugar, su avance no fue frenado por la resistencia asociada al núcleo duro de ciudadanos mayores de 18 años que se oponen deliberadamente a los esquemas inmunizatorios disponibles y que acumulan razones para desconfiar de los mismos y de quienes los autorizan y recomiendan. Dicho núcleo –algo más del 5% de la población mayor a 18 años– hace muchos meses que viene operando como un tope definitivamente insuperable a la campaña en lo que tiene que ver con la primera dosis de la población mayor, por lo que no puede ser invocado ahora como un nuevo factor a tener en cuenta a partir de febrero. Las desaceleraciones de febrero que es preciso explicar son las que afectaron a las aplicaciones de la segunda dosis, del refuerzo y a la franja etaria 5-12 años. Con respecto a esta última franja, se supone que las decisiones con respecto al esquema vacunatorio son asumidas por sus progenitores, ubicables en las tres franjas etarias que abarcan desde los 25 a los 54 años. Y bien, el quiebre del ritmo en febrero se produjo cuando apenas se había superado el 30% de los niños vacunados, es decir, en un punto de la curva muy inferior al alcanzado hasta ahora por los integrantes de las tres franjas etarias que incluyen a los responsables por la concurrencia de los menores a los puestos de vacunación. Por lo mismo, se puede descartar que la desaceleración se origine en padres adheridos a la postura antivacunas.

    En segundo lugar, la desaceleración de febrero no puede ser el resultado de la postergación del acto vacunatorio por aquellas personas que resultaron contagiadas por la variante ómicron en esta nueva ola que se desencadenó a partir de enero. En efecto, la aplicación del MSP ya contabiliza entre los “pendientes de vacunar” al subconjunto compuesto por aquellas personas que están “en espera (plazo covid+) y ese subcojunto nunca superó al 0,1 % de la población.

    De acuerdo a Sherlock Holmes, una vez descartadas todas las demás hipótesis como imposibles, hay que aferrarse a la única que queda en pie, aunque nos resulte chocante. En este caso, no puedo eludir una conclusión que me revuelve las tripas y va contra todo lo que siempre creí sobre los ingredientes con los cuales se confeccionan las conductas humanas y sobre el tipo de recursos categoriales a los cuales debe apelarse para obtener reconstrucciones pertinentes y rendidoras de dichas conductas: a partir de los primeros días de febrero, un sector ampliamente mayoritario de la población uruguaya —en extraña sintonía con los medios de comunicación y con los principales dirigentes políticos, en particular con ciertos silencios notorios— desplazó de su foco de atención la amenaza del coronavirus y eso coincidió con el aplanamiento de la curva de nuevos contagios y con la desaceleración de la campaña de vacunación.

    Así, pues, a contrapelo de todas mis convicciones y creencias, me encuentro empujado a caracterizar al quiebre de la vacunación como un comportamiento de manada, como una especie de tropismo social ciego que, lejos de responder a señales específicas y públicamente compartidas —como es el caso de los movimientos de los mercados más inestables y volátiles, en particular, las bolsas de valores—, parece ser el resultado de un aflojamiento instintivo de la tensión y de los cuidados ligados a la pandemia. Dado que se trata de un tipo de conducta colectiva que solo puede darse en un tipo de paisaje social completamente opuesto a aquel en el que aspiro a insertar mi destino y mis protagonismos, voy a abordarla como si fuera un conjunto de respuestas convergentes a ciertas señales públicamente accesibles y, por lo tanto, como el resultado de razones compartidas por un amplio sector del nosotros ciudadano. Corresponde preguntarse, pues, ¿cómo justificaría su conducta un uruguayo participante de ese aflojamiento y, por lo tanto, su deserción de la campaña vacunatoria? Y bien, poniéndome en su pellejo, yo empezaría por destacar que la curva de contagios de la variante ómicron se ha caracterizado por una pendiente empinada a la que sucede, después de un período muy corto, una caída brusca. Así ocurrió en su lugar de origen, Sudáfrica, y el mismo proceso se repitió en el caso uruguayo. En segundo lugar, se comprobó que las vacunas disponibles en nuestro medio tenían mucho menor eficiencia para evitar el contagio de la nueva variante. En tercer lugar, a pesar de ser más contagiosa que las anteriores y tener la capacidad de sortear las barreras interpuestas por nuestros sistemas inmunizatorios —aun aquellos reforzados por el esquema vacunatorio— la nueva variante afectaba mucho menos a los contaminados, el período de recuperación era mucho más corto y daba lugar a inmunizaciones más duraderas. En cuanto a la pertinencia de aplicar el esquema vacunatorio a los niños entre 5 y 12 años, las informaciones públicas circulantes parecían acumular motivos de duda, en la medida en que, si bien el riesgo de contagio aumentaba con la presencia predominante de la variante ómicron, lo cierto es que para esa franja etaria era muy baja la probabilidad de cuadros clínicos severos y de altas cargas virales. Por esos mismos días, se difundió la noticia de que Pfizer estaba tratando de poner a punto una nueva fórmula vacunatoria especifícamente diseñada para poner una barrera más eficiente a la propagación de la variante en cuestión. Así, pues, no faltaban excusas para justificar las opciones asumidas por los padres de niños entre 5 y 12 años en el sentido de diferir, al menos provisoriamente, el agendamiento de sus hijos.

    A todo lo anterior, puede agregarse el posible impacto de ciertos silencios. Por lo pronto, la oleada ascendente de contagios en la segunda semana de enero se tradujo enseguida en cancelaciones de reservas en los lugares turísticos habituales para la seguna quincena de ese mes, lo que amenazaba a una temporada que ya venía con escaso ímpetu. En ese momento, las autoridades sanitarias no respondieron a la nueva situación mediante refuerzos de las recomendaciones precautorias ni con una intensificación de la convocatoria a vacunarse. El propio presidente Lacalle pareció dar una señal cuando en sus presentaciones públicas dejó de usar el barbijo y, por su parte, tanto los dirigentes del PIT-CNT como del Frente Amplio concentraron su atención en la temática del referéndum, de modo que la evolución de la pandemia dejó de estar presente en los foros públicos.

    Y bien, una vez inventariadas todas las consideraciones que podría esgrimir un amplio sector de la población para justificar su deserción masiva de la campaña vacunatoria entre fines de enero y principios de febrero, me considero obligado a señalar mis discrepancias con las conductas de mis conciudadanos “desertores”, así como señalarles por qué no son valederas sus excusas para aflojar en este momento (Aclaro que la breve argumentación que desarrollo a continuación no va dirigida a los “antivacunas”, que, desde el primer momento, dos años atrás, descalificaron los fundamentos de las advertencias y de las medidas adoptadas a nivel mundial para combatir la pandemia. Este otro sector merece una respuesta diferencial y algunas de sus denuncias deberán ser tomadas en cuenta para justificar reformas a nivel mundial orientadas a contrarrestar la influencia excesiva que ejercen ciertos núcleos concentradores de riqueza y de información sobre las agendas de los gobiernos, de los organismos mundiales y de los medios de difusión.).

    El único punto que vale la pena poner a la consideración pública es el siguiente: al final de cuentas el sector de la población no vacunado opera como un “reservorio” más propicio para la reproducción “facilitada” del Covid y, eventualmente, para la emergencia de nuevas variantes resultantes de mutaciones. Aunque las vacunas actualmente disponibles no resulten ahora tan eficaces para evitar el contagio como en las primeras etapas, lo cierto es que constituyen las únicas barreras con que contamos para proteger a las personas más expuestas a infecciones virales agudas y a la muerte. En efecto, ellas frenan la circulación del agente patógeno, disminuyen la carga viral de los contaminados y, por lo tanto, las probabilidades de convertirse en transmisores. Como resultado de lo anterior, los sectores de la población que se trasladan con mayor frecuecia entre distintos ambientes —en particular, los niños, los jóvenes, quienes trabajan en servicios de salud, educación, transporte, seguridad, etc.— tienen menos probabilidades de contagiar a sus abuelos, a las personas mayores y a las que padecen morbilidades que deprimen su sistema inmunizatotio.

    En ese sentido, cabe recordar que todas las noches nos enteramos de la muerte de una o dos decenas de compatriotas. En la etapa actual de la pandemia, nuestra conducta vacunatoria es la única contribución con la que podemos colaborar para reducir al mínimo el reservorio de circulación del Covid y de esa manera ayudar para que cada vez sean menos los integrantes de esta comunidad de destino los que resulten internados con cuadros graves de infección y que terminen falleciendo.

    En honor a la verdad, debo aclarar que la noción de “reservorio” para una infección la aprendí de un veterinario, quien me explicó cómo una determinada región de Bolivia (llamada El Beni) había operado durante varias décadas como un refugio para el agente patógeno de la aftosa del ganado vacuno y cómo a partir de esa zona los traslados hacia otros predios y a las plantas frigoríficas terminaban difundiendo la enfermedad por toda la región, más allá de las fronteras de Bolivia.

    Carlos Pareja

    CI 575.187-6