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    El resentimiento mundial

    Sr. Director:

    Habitualmente se apela a los relatos épicos, míticos o ideológicos para presentar los grandes cambios políticos y sociales ocurridos en la historia universal moderna, sin detenerse demasiado en la consideración de los factores psicológicos que influyen en los respectivos personajes. Tales factores aparecen detrás de los confesados ideales de justicia y de igualdad de sus protagonistas, o de la manida vocación de liberación de pueblos oprimidos por monarquías, despotismos, teocracias o dominaciones de otra naturaleza.

    Michel Onfray analiza el peso determinante de esos elementos en su libro Decadencia, que integra la trilogía Breve enciclopedia del mundo. En esa obra el filósofo francés examina la incidencia que tuvieron los factores psicológicos en quienes participaron activamente o impulsaron las transformaciones de los últimos siglos, movidos por pasiones nacidas en el resentimiento, el rencor, la codicia o el encono más que por los loables propósitos públicamente manifestados. Una vez alcanzados, estos cambios adquieren tal grado de legitimidad que se termina olvidando o disculpando ese origen cuestionable o espurio.

    En ese sentido, Onfray registra a algunos personajes vinculados con las más diversas ideologías y relatos históricos: padres de la Ilustración, jacobinos y radicales franceses del Terror y Gran Terror de la revolución de 1789, el ministro Fouché que primero persigue a los ricos y luego a los opositores del régimen instaurado, lo mismo que después hizo Lenin a partir de la Revolución de Octubre. Todo esto sin dejar de mencionar a Lenin y a Stalin, a Mussolini y a Hitler (este último, el arquetipo del resentimiento). En todos esos casos la frustración, el revanchismo y el resentimiento aparecen como el estímulo necesario para que estas figuras hayan llevado adelanto sus respectivos proyectos revolucionarios y transformadores.

    Aunque menospreciadas en beneficio del bien común buscado como objetivo plausible, pasiones como el resentimiento gravitan en el sentido y la dirección de muchos de los grandes cambios a escala internacional y local. Para comenzar por el primero de esos ámbitos, leemos atónitos las noticias sobre la conflagración rusa-ucrania promovida sin causa justificada por un líder megalómano invasor, quien no tiene prurito alguno en arrasar la soberanía ucraniana reconocida en 1991 luego de decenios de sometimiento soviético. La invasión fue precedida por la anexión de la península de Crimea perpetrada por Rusia en 2014, y hoy genera infaustas pérdidas humanas además de comprometer seriamente la paz europea ganada luego de la Segunda Guerra Mundial. De esta forma reaparecen la codicia y el resentimiento, que se suman a la crueldad ocultada por una visión nacionalista que ha caracterizado este nuevo episodio bélico para amenazar a la región afectada y a todo el continente europeo, y exponer potencialmente a los peligros latentes de un episodio nuclear.

    Los conflictos internacionales se convierten en un laboratorio propicio para confrontaciones cargadas de reivindicación territorial, y bajo esa pátina afloran al mismo tiempo revanchismos y resentimientos ancestrales. Aunque más disimulados, estos también se expresan en los conflictos políticos locales que nos conciernen en forma más cercana, especialmente cuando la democracia con separación de poderes y respeto por los derechos humanos se debilita ante su legitimidad contestada desde miradas radicalizadas o por efecto de la ineficacia de sus respuestas. Ante esa situación, las herramientas institucionales para conciliar y resolver los potenciales conflictos son cuestionadas en sociedades hipermodernas tan absorbidas por el reclamo cortoplacista y la insatisfacción permanente de sus activos ciudadanos-consumidores.

    En momentos en los cuales los instrumentos y controles públicos parecen ceder ante esas pasiones y sentimientos que afectan la libertad, la seguridad y la paz de los pueblos, es importante fortalecer el llamado a la política como el método más apto para resolver los conflictos. Nada autoriza a dejar libradas las respuestas posibles a las pasiones desaforadas y al resentimiento individual y colectivo, prescindiendo de la mediación política como procedimiento para alcanzar soluciones más equilibradas entre las posiciones opuestas. Las instituciones naturalmente tienen un rol a cumplir, pero cuando su liderazgo es absorbido por esos factores condicionantes de las conductas, el cambio resultante puede llegar a ser peor que la situación a ser transformada. Esto se agrava cuando además participan potencias y sus socios periféricos, que desvalorizan la democracia y optan por alternativas autoritarias como paradigma sin medir sus consecuencias en términos humanos, y más aún si la respuesta multilateral no llega en forma oportuna y carece de eficacia vinculante.

    Las reflexiones vienen a cuento al analizar la situación de la coyuntura mundial y de la región, mientras se reciben las señales de las nuevas realidades bélicas que se expanden rápidamente para acentuar la angustia y la incertidumbre. Pero también pueden resultar pertinentes si nos enfocamos en la comarca más cercana, donde con frecuencia aparecen reacciones destempladas que conducen a la descalificación o al menoscabo de los contradictores hasta convertirlos en enemigos de partido, clase, raza o religión. Ejemplos recientes demuestran cabalmente el crecimiento de ese estado de ánimo enardecido que nos aleja de cualquier entendimiento posible.

    En cualquier hipótesis, esas pasiones y el resentimiento que evidencian terminan frustrando nuestra existencia sin brindar ninguna satisfacción y paz interior, ni tampoco ofrecer respuestas eficientes para atender los conflictos que se multiplican en un mundo cada vez más opulento en bienes y servicios, pero con notoria escasez de intervenciones basadas en la tolerancia y la solidaridad tan necesarias para asegurar la supervivencia de los valores históricos y culturales nacidos de la concepción democrática.

    Frente al horror de la guerra, queda aún la tímida esperanza nacida del trascendente pronunciamiento de la Asamblea General de ONU sobre el conflicto de Ucrania, y que a partir de ese hito puedan fijarse colectivamente nuevas coordenadas para un rumbo con mayor solidaridad que permita recuperar el clima de paz y entendimiento, y a su vez dejar a un lado el horror de las pasiones y la esquizofrenia inmoral del poder absoluto que puede conducir a la aniquilación en forma irreversible.

    Carlos A. Bastón