Agradezco la publicación de esta carta, en la sección correspondiente.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMucho se ha opinado sobre una reciente sentencia de la Suprema Corte de Justicia, así como de los magistrados que la dictaron, lo que no deja de ser sano en un sistema democrático y republicano como el nuestro.
Está muy bien discrepar, si el que ejerce ese derecho lo hace con respeto y con el debido conocimiento para ello.
Resulta obvio que, quien es jurista va a realizar un análisis más calificado de una sentencia, mientras que quien no lo es va a opinar y hacer su análisis de otro modo, pero no indefectiblemente menor que aquel que tiene la formación en Derecho.
En lo que todos los ciudadanos que abrimos la boca para decir algo deberíamos casi que coincidir, si queremos un “país de primera”, del cual tanto se habla, es que para sostener una posición, no es necesario ni el agravio ni la descalificación de los demás.
A raíz de la mencionada sentencia, uno de los tantos agravios grotescos que me tocó escuchar, fue el de alguien que dijo poco menos que había estudiado “el pedigrí” de los integrantes de la Suprema Corte de Justicia, y que todos “ellos” habían recibido su formación en la época de la “dictadura”.
Si bien es muy probable que por la edad de los magistrados pueda ser cierto la fecha de su formación, la misma no merece la descalificación de la que fue objeto.
Dicha afirmación resulta una gran injuria que va mucho más allá de los ilustres integrantes de la Suprema Corte de Justicia.
La ofensa alcanza a varias generaciones de juristas, quienes se formaron en una Universidad —que pese al gobierno de facto, al que por diversas circunstancias, así como responsabilidades de diversos actores, se llegó, permaneció incólume—, en su formación académica.
Creo que nadie que haya pasado por la Facultad de Derecho, en esa época dura, puede afirmar que no se haya enseñado en forma ilustrada, y con el adecuado rigor, Derecho.
Decenas de calificados docentes —que no viene al caso nombrar para no cometer la insensatez de olvidarme de alguno—pese al golpe de Estado, permanecieron en el país, y continuaron en la Facultad, transmitiendo sus conocimientos y valores a cientos de ciudadanos que pasaron por ella.
Otros, sin embargo, tuvieron la suerte o la desgracia —según cómo se lo mire—, de migrar a una Universidad en el exterior, donde pudieron continuar con sus clases, más cómodos, mejor retribuidos, así como más seguros.
Esos agravios, por tanto, que no solo alcanzan a los ministros de la Suprema Corte de Justicia, son una demostración más de ignorancia o mala fe, de quienes afirman semejante falacia.
Con respecto a la figura del juez, siempre es bueno recordar la enseñanza de los grandes, y me viene el recuerdo de las enseñanzas de Eduardo J. Couture, quien en la “Introducción al Estudio del Proceso Civil (segunda edición marzo de 1953), página 75, expresa: “El juez es una partícula de sustancia humana que vive y se mueve dentro del Derecho; y si esta partícula de sustancia humana tiene dignidad y jerarquía espiritual, el Derecho tendrá dignidad y jerarquía espiritual. Pero si el juez, como hombre, cede ante sus debilidades, el Derecho cederá en su última y definitiva revelación.
Uno de los grandes dramas del nacionalsocialismo fue el de haber creado toda una doctrina autoritaria del Derecho y haber hecho del juez el Führer del proceso. Y lo menos que dijo la experiencia jurídica fue que esa concepción era trágica. No ya porque el sistema pudiera ser manejado por los hombres, sino porque los hombres eran manejados por el sistema.
De la dignidad del juez depende la dignidad del Derecho. El Derecho valdrá, en un país y en un momento histórico determinados, lo que valgan los jueces como hombres. El día en que los jueces tienen miedo, ningún ciudadano puede dormir tranquilo”.
Saluda atentamente.
Nedda Rivero Borad