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    El rey del compás

    N° 1789 - 06 al 12 de Noviembre de 2014

    Pocos músicos de tango fueron, a lo largo de su vida, porteños de pura cepa, tan amigables con Montevideo, adonde llegaba con la frecuencia de un visitador médico, como aquel flaco encorvado, narigón, ojeroso, suerte de saco de nervios y amante fiel de la ruleta del Casino Carrasco.

    Hijo de padres italianos inmigrantes, aprendió a tocar el violín sin muchas exigencias en el conservatorio Mascagni de Buenos Aires; curiosamente, al inicio, integrando grupos juveniles, hizo sobre todo jazz; si uno se guía por sus propias declaraciones, fue en 1919, al armar su primer conjunto, un cuarteto, cuando se enamoró del tango: entonces lo acompañaron por breve lapso, en teatritos y cafés de barrio, Ángel D’Agostino, Ernesto Bianchi y Ennio Bolognini.

    Juan D’Arienzo —quien años después sería llamado “El rey del compás”— no tenía todavía un estilo certero, más allá de que, en la madurez, haya sentenciado: “El tango es, desde siempre y ante todo, ritmo, nervio, fuerza y carácter”.

    Nació en Buenos Aires el 14 de diciembre de 1900 y murió en la misma ciudad el 14 de enero de 1976. Fue músico, compositor y director de orquesta y alguien que, para la historia del tango, al igual que Piazzolla, aunque por juicios diferentes, dividió aguas de modo radical.

    Desde aquellos inicios juveniles, indecisos, la actividad de D’Arienzo se convirtió en incesante y jamás dejó de generar debates: en 1925, con un trío, tocó en el Teatro Nacional en el estreno de una obra cómica del autor Alberto Novión; sin embargo, Luis Alberto Sierra ha contradicho esta versión —difundida por el propio músico— diciendo que en tal debut se presentó la orquesta de Roberto Firpo y recién luego de varias semanas lo sustituyó D’Arienzo. En 1927 formó el sexteto Los Ases, en el cual, al año siguiente, apareció un joven bandoneonista y estribillista de ocasión que alcanzaría rápida fama: Francisco Fiorentino. No obstante, hay quienes aseguran que el primer cantor del grupo (estribillista también, al fin) fue Carlos Dante.

    “El rey del compás” se convertiría en tal, y por fin lo abrazaría el cálido respaldo de la gente, un año más tarde de formada su primera orquesta, en 1935, cuando era muy poco considerado por la crítica y el público: se decía que no tenía un estilo definido pese a haberse integrado a la corriente del 4 x 8 creada por Arolas, Cobián, Bardi y sobre todo De Caro, con la que se había abandonado a la Guardia Vieja. El cambio ocurrió en 1936 al contratar D’Arienzo al pianista Rodolfo Biaggi, de la escuela de “Pacho” Maglio, un tradicionalista: Biaggi, aferrado a los modelos rítmicos y melódicos de esa Guardia Vieja, dio a la orquesta una forma claramente descrita por Horacio Salas: “…picada, más veloz que el resto de las agrupaciones, monótona y elemental, pero muy bailable, porque quien conociera la danza se sentía conducido por un ritmo contagioso; ese compás de los tríos heroicos condujo a la orquesta a recurrir al casi abandonado 2 x 4 y el tango retomó su alegría inicial y su simpleza”. Aun después del retiro de Biaggi, quien formó su propia orquesta, D’Arienzo siguió la misma línea hasta el final, aferrado a convicciones debatibles. Por ejemplo, sobre los cantores: “En un momento las orquestas servían para el lucimiento de una voz: yo hice al revés y para mí el cantor nunca fue más que otro instrumento al servicio de la música tal como me gustaba hacerla”. La imposición la sufrieron una larga lista de buenas voces, algunas que, pese a todo, alcanzaron brillo propio (en su mayoría ya como solistas): Carlos Casares, Alberto Echagüe, Armando Laborde, Héctor “Tito” Mauré, Juan Carlos Lamas, Jorge Valdez, Mario Bustos, Roberto Lemos y Horacio Palma.

    D’Arienzo se transformó en el rey de los bailes, fue artista exclusivo de la RCA Víctor durante cuarenta años, grabó cientos de temas y debe decirse que su placa simple con La cumparsita —para muchos la mejor versión— de un lado y La puñalada del otro es aún el disco de tango más vendido y difundido en el mundo. Como autor aportó unos pocos tangos populares: Paciencia, Garronero, El vino triste, Chirusa (un enorme éxito de Echagüe y luego de Valdez) y el menos recordado No nos veremos nunca.

    Acusado de demagogo y chabacano, jamás cedió. Y como bien ha dicho José Gobello, “fue el principal soldado en hacer posible que el tango renaciera en la década de 1940, cuando comenzaba a mostrar signos de decadencia, gracias a su constante labor y, especialmente, a la intensa pasión que despertaba en los bailes”.