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    El robot Da Vinci

    Sr. Director: 

    La otra campana sobre el robot Da Vinci. El motivo de esta carta es brindar una visión diferente a la publicada en el diario “El País” del domingo 18 de octubre, respecto a una nota “festiva” de la operación 100 con el robot Da Vinci. Este final feliz nada dice del largo proceso del supuesto aprendizaje para su uso ni de lo sucedido conmigo, ya que probablemente soy una de las 100 personas que protagonizaron esta historia. Sólo pretendo completar esa noticia incompleta.

    Los logros deben ser publicados pero respetando la total verdad. Como paciente afectada y como médico de profesión, siento la necesidad y la obligación de compartir estas consideraciones.

    En mayo del 2013, fui operada a los 66 años, de un carcinoma renal encapsulado con el robot Da Vinci en el Hospital Británico. La operación duró cuatro horas y pese a que el médico tratante me dijo que estaba curada, que me habían extraído el tumor y conservado el riñón, los hechos posteriores fueron demostrativos de otra realidad. La anatomía patológica evidenció una rotura de la cápsula del tumor como resultado del acto quirúrgico con el robot. La comunicación de dicho resultado por parte del médico omitió este “detalle”. A los 3 meses, fecha del primer control, se identificó una recidiva,  frente a lo cual sumado a la desatención de los médicos tratantes, solicité el informe escrito de la anatomía patológica y decidí recurrir a otros profesionales en el extranjero. Consulté en el Hospital Sirio Libanés de San Pablo en octubre del 2013, quienes basándose en las imágenes del primer control en Uruguay me realizaron una nefrectomía (extracción del riñón) encontrando además una siembra peritoneal de pequeños tumores del mismo tipo que el primitivo. Se realizó una limpieza del peritoneo y se me advirtió del riesgo de futuro desarrollo de tumores que al momento de la operación podrían ser microscópicos y por lo tanto no extraíbles. Esto se comprobó en el control a los 9 meses de la operación, por lo que tuve que ser medicada con una droga llamada Sunitinib que me proporciona el Fondo Nacional de Recursos. Esta droga que está resultando eficaz y que debo tomar mientras viva, tiene serios efectos secundarios que limitan mi calidad de vida.

    Acepté el uso del robot según la indicación del médico, el mismo que indicó que estaba curada y que me destratara en las consultas post-operatorias. Por estas razones, resolví cambiar de urólogo, quien tampoco prestó atención a la gravedad del caso.

    Lo más claro e innegable es que no hicieron bien las cosas (eso lo verificaron en San Pablo).

    Actualmente, en esta historia “feliz” de 100 operaciones interviene un experto externo con los  mismos médicos que me operaron. Lamentablemente, él no estaba en mi operación. El número de operaciones era de 22 en mayo de 2014;  ignoro cuántas serían en mayo del 2013, pero eso para el Hospital era experiencia suficiente (datos obtenidos provenientes del mismo hospital, en su informe de mayo de 2014, contestando a mi reclamo). Aunque está previsto que el robot registre cada operación, yo no obtuve la filmación porque nunca se encontró. Sé que el Hospital interrumpió el uso del robot y lo retomó sólo con asistencia externa, reconociendo la falta de capacidad local autónoma para el manejo del mismo. El médico que me operó en San Pablo tiene más de 250 operaciones al año con el robot, por lo que creo que hay que relativizar el exitismo. A un ritmo de 2 operaciones por mes en 4 años, poco puede servir para formar técnicos y para justificar la inversión institucional. El aprendizaje ha sido muy lento y al costo de algunos, como el mío, que experimento dolorosamente.

    Al daño físico que recibí por la inexperiencia de los operadores, se le agrega el daño emocional por tener que convivir con la enfermedad residual y los efectos adversos de la medicación.

    Los médicos tratantes jamás se acercaron para darme sus explicaciones. Obviamente, sabían lo que había sucedido y no dieron la cara. La transparencia que deben mostrar las instituciones médicas debe ser completa por respeto a la confianza que depositan en ellas sus pacientes, que les encargan velar por su vida. Tanto se debe festejar, si es que hubiera motivo, como abordar los errores del camino del aprendizaje, del cual soy una víctima.

    Hace tiempo que empleo mis fuerzas para llevar adelante estas consecuencias, pero no podía dejar de compartir estas líneas, cuando la realidad es muy diferente a la fiesta que se difunde. 

    Dra. Beatriz Crispino

    CI 1.061.020-7

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