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El llamado “Corolario Roosevelt” (1904), que extendió el alcance de la Doctrina Monroe y declaró la decisión de Washington de defender activamente sus intereses en el continente, enardeció a quienes en Estados Unidos veían al gran enemigo de América Latina. Ruben Darío, príncipe de las letras castellanas, padre del modernismo hispanohablante a través de su libro Azul (1888) y principal representante lírico del mundo latinoamericano, publicó en 1905 su mítico poemario Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas (dedicado, justamente, a José Enrique Rodó).
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En esta obra descollaban tres piezas con claro mensaje antiestadounidense: A Roosevelt, Salutación del optimista y Los cisnes. En Los cisnes, Darío lanzó un aviso sobre el peligro que sobrevolaba las tierras latinoamericanas apelando a la extinguida presencia de los héroes hispanos: “Brumas septentrionales nos llenan de tristezas, / se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas, / casi no hay ilusiones para nuestras cabezas, / y somos los mendigos de nuestras pobres almas. / Nos predican la guerra con águilas feroces, / gerifaltes de antaño revienen a los puños, / mas no brillan las glorias de las antiguas hoces, / ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños. (…) ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? / ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos ahora para llorar después?”.
Frente al peligro del norte, Darío hizo en Salutación del optimista una apelación a la unidad latinoamericana: “Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos: / formen todos un solo haz de energía ecuménica. / Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas, / muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo. / Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente…”.
Culminando la escalada, en A Roosevelt Darío articuló una respuesta latinoamericana al Corolario del presidente estadounidense. Primero puso las cosas en su lugar: “Eres los Estados Unidos, / eres el futuro invasor / de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.
Luego aclaró: “Los Estados Unidos son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / que pasa por las vértebras enormes de los Andes. / Si clamáis, se oye como el rugir del león. / (…) Sois ricos. / Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón; / y alumbrando el camino de la fácil conquista, / la Libertad levanta su antorcha en Nueva York”.
Pero a pesar de esa creciente fuerza y potencia norteña que dirigía sus garras contra la tierra de “los nietos de España”, Darío se sentía capaz de amenazar al creciente Imperio: “Tened cuidado. ¡Vive la América española! / Hay mil cachorros sueltos del León Español. / Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, / el Riflero terrible y el fuerte Cazador, / para poder tenernos en vuestras férreas garras. / Y, pues contáis con todo, os falta una cosa: ¡Dios!”.
Las ideas generales tenían diferentes firmas pero eran todas iguales. Podía ser Ruben Darío, Paul Groussac o José Enrique Rodó: el argumento de la falta de cristianismo de los protestantes estadounidenses era un martillo que no descansaba jamás.
En 1906 tuvo lugar en Río de Janeiro la III Conferencia Panamericana, con Ruben Darío como secretario de la delegación nicaragüense. Aún resplandecía la fuerza de sus versos del año anterior cuando una nueva publicación del poeta enmudeció a un continente entero. En efecto, a un año escaso de Cantos de vida y esperanza, Darío publicó Salutación al Águila. El águila en cuestión era nada más y nada menos que el Imperio del Norte.
Nadie entendió este giro de 180 grados en su mensaje, ni los motivos que lo habían llevado a ello. Es de imaginar el estupor de quienes debajo del título del poema encontraron esta frase: “May this grand Union have no end!” (Que esa gran Unión norteamericana no tenga fin).
Y, sin embargo, lo peor estaba por llegar, pues en su nueva oda Ruben Darío deseaba nada más y nada menos que los Estados Unidos se expandiesen sobre América Latina y le enseñaran el arte de vivir: “Bien vengas, mágica Águila de alas enormes y fuertes, / a extender sobre el Sur tu gran sombra continental, / a traer en tus garras, anillas de rojos brillantes, / una palma de gloria, del color de la inmensa esperanza, / y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz”.
El gigante del Norte ya no era una amenaza sino que se había convertido en la promesa de un brillante porvenir: “¡Gloria, victoria, trabajo! / Tráenos los secretos de las labores del Norte, / y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos, / y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter”.
Para que el asombro no tuviese fin, Darío agregó versos por demás explícitos: “¡Salud, Águila! Extensa virtud a tus inmensos revuelos, / reina de los azures, ¡salud! ¡gloria! ¡victoria y encanto! / ¡Qué la Latina América reciba tu mágica influencia / y que renazca nuevo Olimpo, lleno de dioses y héroes! / ¡Adelante, siempre adelante! ¡Excelsior! ¡Vida! ¡Lumbre! / ¡Que se cumpla lo prometido en los destinos terrenos, / y que vuestra obra inmensa las aprobaciones recoja / del mirar de los astros, y de lo que Hay más Allá!”.
El antiestadounidismo seguía vivo, pero Ruben Darío ya no era su profeta.