N° 1818 - 04 al 10 de Junio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDe Richelieu se sabe mucho porque él mismo se encargó de sus propios homenajes y también porque la historia es agradecida y no da en olvidar los oportunos saltos que la mueven. Su padre fue Gran Prévôt de Francia (alguacil en los asuntos litigiosos dentro del ámbito de la corte) hacia 1578; eso le permitió hacerse cargo de las tareas policiales y de justicia bajo parte del reinado de Henri III. Tal función lo ubicaba como un sujeto temible para los cortesanos y nobles, que aprovechaban las falencias del rey para dedicarse a distintos tipos de tropelías y desviaciones. Como si fuera un anuncio del azote que sería su hijo algunas décadas más tarde para esos mismos sectores de la sociedad, M. Du Plessis se jactaba de tener más poder que el rey, de producir más temor; decía que su paso por los corredores del palacio era tan temido como las tenebrosas noches de tormenta en las que el viento “aúlla como mil lobos”.
Cuando murió en 1590, el futuro cardenal tenía tan solo cinco años de edad. La madre del pequeño, Suzane de la Porte, también de noble estirpe, le dio a Armand sus primeros conocimientos de aritmética, de latín y de griego hasta que este cumplió doce años, momento en el que confió al niño al cuidado de su hermano, quien lo llevaría a París para seguir estudios sistemáticos y formales.
La vocación del joven eran las armas, se sentía hombre de espadas y no de leyes ni de devocionarios; veía en la milicia todo lo que alentaba su espíritu: arrojo, vehemencia, fuerza, entrega, respeto por la autoridad, fascinación por las armas y por la vida alegre, rumbosa y arriesgada. Pero ese sueño le fue esquivo y tendría que esperar un rato —cuando siendo cardenal comandara el sitio de La Rochelle— para alcanzar tan querida meta. El problema fue que su hermano, que había sido asignado para convertirse en évêque de Luçon, prefirió entregarse de cuerpo y alma a la oración y se encerró para siempre en un monasterio. De modo que Armand fue obligado a abandonar su querida vocación y abrazar como propia la ordenación religiosa. Nada nos dicen sus escritos si sufrió por este cambio, y parece que no le afectó, puesto que desde el primer día que entró en el seminario, inundado por las fuertes energías que había plantado el Concilio de Trento en el ámbito de la catolicidad, se dedicó con luz y ahínco al estudio de la teología, alcanzando en muy poco tiempo reconocimiento de maestros y de pares.
Los astros habrían de alinearse favorablemente para que el futuro cardenal cumpliera la misión que le tenía asignada la historia de Francia. A los 22 años fue investido como évêque de Luçon, y llevó a cabo una tarea importante en la defensa de los valores que sustentaba la Contrarreforma en medio de la fuerte atmósfera de encono y división que había en Francia. Mientras se concentraba en esto, en el país ocurrían hechos preocupantes. Por todos lados se sentían rumores de golpe y conspiraciones por parte de la nobleza, de golpes de Estado provinciales organizados por los hugonotes (que pretendían armar una república teocrática en alguna de las regiones del sur), de luchas y de traiciones en todos los niveles del poder. El relajamiento y la ambición estaban a la orden del día durante la minoridad de Louis XIII, a quien sucesivas manipulaciones de su madre y de sus favoritos advenedizos le habían asignado como futura esposa a Ana de Austria, hija de Felipe III de España.
Como resultado de ello, y con un sentido más oportunista que patriótico, Henri de Bourbon, príncipe de Condé y en tanto primo alemán del rey, aspirante al trono con cierta base legal, agitó los problemas, negó la legitimidad de la Regencia y exigió que se reunieran los Estados Generales con el argumento de que se trataran todos los asuntos que agobiaban al gobierno. La ocasión merece señalarse porque será esta convocatoria la última de ese instituto hasta que tenga lugar la ruidosa reunión de 1789, madre de tantas venturas y tantas mortificaciones.
Ese año de 1614 el paciente Armand Jean de Du Plessis fue elegido diputado del clero Poitevin a los Estados Generales. Por razón de sus méritos intelectuales y su convincente locuacidad, a Richelieu sus pares lo nombraron para que fuera el portavoz de su orden. En esa calidad le tocó pronunciar el discurso final de la Asamblea, el 23 de febrero de 1615. La ocasión le sirvió para hacer una mención especial al gobierno, para elogiar sin ser obsecuente algunos de sus inverosímiles aciertos, para conjurar taimadamente algunas críticas, y lo más rentable: para alabar la figura de la Regente. A las pocas semanas, Marie de Médicis lo designó capellán de la futura esposa de Luis XIII, Ana de Austria. Esto le permitió servir en el Consejo del Rey.
Desde ese momento, en el que tímidamente dio su adusto consentimiento a la dignidad que se le ofrecía, hasta su muerte, nunca se apartaría del poder, nunca dejaría de marcar su influencia, ni de manipular voluntades, ni de inclinar mucha soberbia que andaba suelta, ni de domar insolencias y aniquilar o anular enemigos.