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    El tesoro de Diógenes

    Obras de arte entre la basura, un reciente caso en Alemania

    El viejito casi octogenario iba cada tanto a Suiza y volvía con más dinero de lo esperado. La Policía lo tenía en la mira. Era evidente que algo no estaba bien. La sospecha empieza a crecer cuando chequean sus impuestos, talón de Aquiles de los criminales del mundo civilizado. Las pistas conducen a su casa en Munich, un apartamento de clase media en un edificio poco llamativo, con fachada gris donde se impone el hormigón y cierta decadencia. La investigación fue paciente, juntó información y ató muchas puntas. Luego de un largo y secretísimo proceso, el juez dio la orden de entrar. La escena fue chocante: desorden, basura acumulada, desechos en cuartos clausurados. Detrás de todo el caos, apilados en falsas paredes, ocultos por la mugre, un montón de cuadros. Muchísimos, más de mil cuatrocientos.

    La noticia apareció en la prensa, hace quince días. Se anunció en Alemania como el gran descubrimiento del siglo bajo el síndrome de Diógenes. La prensa mundial reprodujo detalles del proceso y de las dificultades para concluir una investigación que seguirá por mucho tiempo. El viejito guardaba el tesoro más valioso de la historia del arte: obras de Pablo Picasso, Henri Matisse, Marc Chagall y Otto Dix, entre muchos otros. Millones de euros en cuadros de un valor artístico incalculable. Algunos que ni siquiera se sabía que existían, sin registro. El más antiguo fechado en el siglo XVI, algunos del siglo XIX y la mayoría de pintores de la primera mitad del siglo pasado. Entre el polvo y el y descuido aparecieron conservados en muy buen estado, la gran mayoría enmarcados y protegidos. También encontraron joyas y pequeños objetos de valor.

    El viejito se llama Cornelius Gurlitt y sabe muy bien lo que guardaba. Hijo de un marchant de arte fallecido, probable colaborador nazi, aunque nunca pudo comprobarse. Luego de la guerra, el alemán Hildebrand Gurlitt se defendió de las acusaciones y argumentó su cercanía y apoyo a artistas perseguidos. Aquí está el nudo de una gran cuestión que el descubrimiento del bautizado “Tesoro de Munich” pone en el tapete. Por un lado, la persecución e incalculable expoliación sostenida por los nazis, producto de un plan preciso y complejo, elaborado desde lo más alto de la dirección del partido y puesto en marcha por una maquinaria militar que masacraba, eliminaba judíos y enemigos de todo tipo y al mismo tiempo, mientras las bombas caían por todos lados, organizaban saqueos de obras, que eran conducidas por misteriosos convoyes a lugares tan o más secretos.

    Esta historia incluye además, el terrible contexto cotidiano que envuelve todo tipo de situaciones, desde la venta de obras por parte de los galeristas judíos para salvar sus vidas, donde la línea entre el marchant colaboracionista y el ser humano solidario se cruzan en puntos demasiado oscuros, hasta la actual búsqueda de innumerables piezas artísticas que pasaron de mano en mano y forman parte de una complicada y secreta trama de ventas en un mercado paralelo. En el medio de todo esto, el arte en peligro, artistas perseguidos, edificios históricos destruidos, colecciones perdidas, robadas, compradas ilegalmente, en pasamanos interminables y en laberintos todavía desconocidos. La historia de Cornelius desnuda esto de forma que ni el más imaginativo de los especialistas podría imaginar.

    La revista “Paris Match” lo econtró a la salida de un supermercado. Dice el periodista que el viejito lo miró con “sus penetrantes ojos azules llenos de ira y miedo”. Lo único que dijo fue esta misteriosa frase: “La aprobación que viene del lado equivocado es lo peor que a uno le puede pasar”. Tal vez una declaración de culpabilidad en tono de justificación. Lo cierto es que este hombrecito de apariencia bondadosa vivió una vida de la venta ilegal de obras, legado sospechosamente manchado de sangre.

    La trama de este increíble caso que acaba de revolucionar el mundo del arte comienza con la sistemática expoliación nazi en Europa en los años de ocupación. Un proceso de robo sistemático de obras impulsado por Adolf Hitler, principal y obsesivo coleccionista y admirador del arte clásico. En la otra línea está su estrambótica definición de un “arte puro”, no contaminado, correspondencia cultural a la exterminación de razas inferiores, frente al arte “degenerado” correspondiente al arte moderno, donde poco se salvaba. El arte a proteger, los maestros renacentistas, la escuela flamenca, la gran vertiente clásica. El arte a combatir, impuro, contaminante, incluye los ismos más importantes del siglo XX y por supuesto a sus artistas más destacados: Picasso y una larga lista de europeos revolucionarios, comprometidos también con la época y una sociedad en crisis, inestable, sacudida por los cambios y las ambiciones políticas.

    A estos datos históricos hay que agregar la perversa inclinación adolescente de Hitler por la pintura y su frustrado intento de ingresar a la Academia de Bellas Artes de Viena. Mediocre, sin el mínimo talento, colega por poco de los austríacos Egon Schiele y Oskar Kokoschka. “Si hubiera entrado y yo no, yo hubiera gobernado el mundo de una manera muy diferente y no hubiera hecho el daño que hizo por mal pintor”, decía Kokoschka. Alejado a su pesar de las altas esferas de la creación, siguió un desaforado gusto por la posesión, llevado a extremos enfermizos abonado por el campo fértil de la conquista europea, especialmente en la ocupación francesa, todavía el centro artístico del mundo. Justo es decirlo, primero compró. Luego juntó y pidió compulsivamente, hasta que empezó el robó directo, el plan modelo y la orden de clasificar. Se cree que más de cien mil obras de arte, entre cuadros, mobiliario y joyas, fueron robadas solo en Francia a familias judías, masones y opositores políticos de todo tipo. La mayoría fueron enviadas a Alemania para poblar el gran museo que Hitler planificaba construir en Austria. El gusto de Hitler no era exclusivo. También lo ostentaba su posible sucesor, Hermann Goering, poderosísimo y singular personaje que compartía esta obsesión por el arte y competía con su jefe por poseer el museo y la colección más importante.

    El investigador hispano Héctor Feliciano, periodista de importantes diarios como “The Washington Post” y “Los Angeles Time” y autor de “El museo desaparecido-Los nazis y la confiscación de obras de arte” (2004, edición en español), dedicó su vida a investigar sobre este asunto. Nunca se sabe dónde puede emerger una obra robada por los nazis, o perdida entre los vaivenes de la guerra. Ya han aparecido miles. Solo en el Louvre se localizaron cuatrocientas sin reclamar. Un libro imprescindible para entender la terrible trama de la aspiración cultural nazi. Otro es “El mercader de la muerte” (2012, edición en español), de Hanns Christian Löhr, especialista alemán. Este libro está dedicado a seguir la ruta artística de Goering, en especial en sus pasos por Francia y las visitas sistemáticas al Jeu de Paume, museo que los alemanes convirtieron en almacén para guardar las obras robadas. Dicen que Goering hizo unas veinte visitas para clasificar, separar y por supuesto, enviar obras a destinos desconocidos. Algunas para el Führer, claro. Pero muchas para él y sus delirantes proyectos. Otras para vender en transacciones con marchants y galeristas inescrupulosos. Para algunos, lo único que importaba era sobrevivir. Para otros, como los empleados rusos del Hermitage durante el sitio nazi, no tenía sentido sobrevivir sin salvar la creación más preciada del ser humano. Muertos de hambre, no paraban de envolver las obras para enviar a un lugar seguro en Siberia. Y morían en el febril esfuerzo. La historia también merece recordarlos.