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    El tren, un plan de industrialización, algunas megaobras y las papeleras fueron los pocos impulsos a la inversión desde el siglo XIX

    La llegada del ferrocarril, la represa de Salto Grande, algunas carreteras y otras grandes obras de infraestructura, edificios emblemáticos como el Palacio Legislativo, el Hospital de Clínicas o la actual Facultad de Derecho, y más recientemente la construcción de  dos fábricas de producción de pasta de celulosa constituyeron hitos en términos de inversión para un país como Uruguay, en el que la relación entre la formación de capital fijo y el Producto Bruto Interno (PBI) históricamente fue “muy baja”. 

    Muchos años creciendo relativamente muy poco hicieron que el país pasara de tener niveles de ingreso similares a los de las mayores economías europeas, a ser uno más de los considerados “en desarrollo”. En línea con teorías económicas de amplio consenso, muchos expertos creen que eso se debió a que la inversión en Uruguay fue escasa y volátil década tras década, mientras en el resto del mundo varias naciones lograron crecer y aumentar sus ingresos a partir de una mayor incorporación de capital. 

    Un nuevo estudio sobre el tema aporta elementos de análisis: una serie histórica desde 1870 a 2011 muestra que la tasa de inversión (relación entre la formación de capital fijo y PBI) fue de “apenas 14%” en promedio en esos 141 años, y a su vez tuvo un incremento anual de 2,7%, mientras el Producto lo hizo 2,9% en ese lapso. La investigación, realizada por Carolina Román y Henry Willebald del Instituto de Economía (Iecon) de la Universidad de la República, también incluye datos sobre el precio y el stock de capital en la economía en esos años. 

    Actualmente la inversión en Uruguay atraviesa un capítulo que se aparta de la situación que caracterizó ese período y las cifras son de las más altas de su historia: el monto invertido en capital fijo ronda el 20% del PBI y la inversión extranjera directa juega un rol protagónico. Al mismo tiempo, la economía está en su ciclo de expansión más prolongado desde que hay estadísticas.

    Inversión histórica

     

    Hace un siglo y medio, las principales inversiones trataban de generar la infraestructura básica para el funcionamiento de una economía que empezaba a tomar forma. La construcción era cerca del 80% del total invertido en el país. Por esos años la instalación del sistema ferroviario fue lo que en mayor medida impulsó la formación de capital, y en 1887 la tasa de inversión llegó a su máximo histórico de 28%. 

    A fines del siglo XIX el país atravesó una crisis y nuevamente la inversión se deprimió.

    Luego de esos años hubo pocos períodos en los que dicha tasa se acercó al 20%.

    El edificio de la Universidad (hoy Facultad de Derecho), el Banco de Seguros, la Ruta 5 y el inicio de la construcción del Palacio Legislativo fueron algunas de las obras principales realizadas en la primera década del siglo XX, durante los gobiernos de José Batlle y Ordoñez y Claudio Williman. Por esos años la tasa de inversión fue de entre 15% y 24%.

    Nuevamente, después de ese impulso de las obras públicas, se produjo un descenso de la inversión en capital fijo que comenzó a recuperarse a mediados de la década de los 1920. Por esos años se comenzaba a construir la Rambla Sur, el Hospital de Clínicas, el edificio de la Intendencia de Montevideo y también el Palacio Salvo. 

    A las apuradas se construyó el estadio Centenario para jugar el primer mundial de fútbol en Uruguay. Era 1930 y la crisis internacional surgida un año antes en la Bolsa de Valores de Nueva York aún no había llegado a afectar seriamente la economía. La construcción de la refinería de petróleo de Ancap comenzó a mediados de esa década. Entre 1925 y 1935 la inversión total alcanzó  nuevamente valores que oscilaron en un rango de 15% a 20% del PBI.

    Industrialización.

    La crisis del 29 y la II Guerra Mundial impactaron negativamente en la economía uruguaya y los niveles de inversión, y fue a mediados de la década de los 1940 cuando la incorporación de capital tuvo un nuevo impulso.

    Esta vez la inversión en maquinaria y equipos empezó a ganar participación frente a la construcción (que pasó de cerca del 80% del total de inversión a entre 50% y 70%); fue la época de la industrialización sustitutiva de importaciones, una política orientada a cambiar la estructura productiva.

    Hasta fines de los años 50 esa estrategia de inversión industrializadora llevó la tasa nuevamente a niveles de entre 15% y 20%, pero al “agotarse” ese modelo la incorporación de capital volvió a descender (se situó cerca de 10%), mientras la economía entraba en una de sus mayores fases de estancamiento.

    Muchos académicos e investigadores atribuyeron el modesto crecimiento de la economía y el hecho de que Uruguay se viera relegado frente a los países más ricos a sus bajos niveles de inversión e incorporación de tecnología. Eso relacionado con que los sectores más dinámicos, como los vinculados al agro, gozaban de ventajas comparativas que no requerían demasiado esfuerzo inversor por parte de los empresarios. 

    La situación no cambió demasiado durante los años de la dictadura militar que comenzó en 1973. La inversión estuvo en niveles cercanos al 15% del PBI hasta que a inicios de la década de 1980 algunas grandes obras la impulsaron nuevamente, en especial la construcción de la represa hidroeléctrica de Salto Grande.

    Desde esos años, con la crisis de 1982 de por medio y la década de los 90 con crecimiento económico inestable, la inversión fue desde 10% del PBI hasta valores de entre 15% y 16%. La devaluación en Brasil de 1999 y la debacle económica de Argentina afectaron a Uruguay, que atravesó una larga recesión hasta 2003.

    Cuando comenzó la recuperación, los niveles de inversión crecieron fuertemente y —favorecida en parte por altos precios de las materias primas en el mundo— la economía entró en el actual ciclo de expansión, el más largo de su historia. La construcción de la planta elaboradora de pasta de celulosa de la finlandesa Botnia (ahora de UPM) en las afueras de Fray Bentos aportó varios puntos a la tasa de inversión —y al crecimiento de la actividad económica— durante los años 2005 a 2009, y un impacto similar está ocurriendo con la instalación de una segunda fábrica del rubro con una inversión millonaria del consorcio Montes del Plata. Asimismo, a una escala menor en la cuantía de los montos involucrados, el régimen de exoneración impositiva a la inversión, que fue ajustado en años recientes, estimuló la incorporación de maquinarias y equipos, y mejoras en las instalaciones o de otro tipo en muchas empresas nuevas o que ya estaban en funcionamiento.

    Al analizar todo el período, Román y Willebald señalan que Uruguay tuvo una tasa de inversión promedio “muy baja en la comparación internacional (apenas de 14%) y un stock de capital que creció apenas por debajo de la expansión” del PBI (2,7% versus 2,9%). Esas cifras muestran “trayectorias muy consistentes con la historia económica nacional y varias de las expectativas teóricas”, agregan.

    “En el año 2012 y 2013 Uruguay tendrá niveles de inversión superiores al 21% del Producto”, afirmó el ministro de Economía, Fernando Lorenzo, al disertar en noviembre pasado en un evento organizado por la revista Somos Uruguay. “(...) Están sucediendo en la actualidad procesos de transformación que cambian el menú de oportunidades que vamos a tener para enfrentar ese futuro”, agregó.

    El gobierno del presidente José Mujica se puso como objetivo lograr una tasa de inversión de 25%, un nivel que entiende imprescindible para hacer duradera la actual fase de expansión de la economía.

    Extranjera

    En la llegada del tren al país dos siglos atrás, pero también en algunos de los grandes proyectos de inversión más recientes, los capitales foráneos tuvieron un rol importante a lo largo de la historia. 

    Con la crisis que se instaló en algunos países del hemisferio norte tras el impago de créditos para vivienda en Estados Unidos en 2007, la inversión extranjera directa se redirigió en parte hacia economías de Sudamérica.  

    Ese tipo de inversiones dinamizaron la economía e influyeron en el mercado laboral, el cual se encuentra en niveles de  desempleo históricamente bajos y elevada ocupación de la mano de obra, al mismo tiempo que los costos de producción medidos en dólares están aumentando.

    Otro estudio llevado a cabo por Adriana Peluffo, también del Iecon, muestra que las empresas de origen extranjero radicadas en el país tienen mayores niveles de productividad que las de capitales nacionales, demandan más trabajo calificado y pagan mejores salarios. A su vez, la diferencia entre los sueldos de los calificados y los no calificados es mayor en esas firmas que en las locales, lo que genera una mayor desigualdad de ingresos.

    “La recomendación de política debería ser la promoción de IED al mismo tiempo que implementar políticas domésticas como entrenar trabajadores para que puedan tomar ventaja del contexto globalizado y otras políticas sociales para mitigar la desigualdad salarial”, señala la investigadora.