N° 2039 - 26 de Setiembre al 02 de Octubre de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—A mediados de 1927 dejé en París la orquesta a cargo de mis hermanos y regresé a Buenos Aires. Apenas llegué, recibí una carta de ellos diciéndome que les exigían cantores para las siguientes presentaciones. Justo había un concurso en el Grand Palace y me impresionó el dúo que ganó. Los contraté y los mandé a Europa. Pero aunque cantaron con la orquesta, hubo un desencuentro con los músicos, que habían viajado a España, y terminaron formando un grupito con el pianista, que no quiso ir a Madrid.
Esta declaración, que figura en las Memorias de su autor, prueba que el más famoso trío que recorrió el mundo con el tango con enorme repercusión, siempre presentado como argentino, fue creado por un uruguayo, Francisco Canaro.
No solo eso: uno de sus integrantes, un artista completo, nació en Villa Muñoz, Montevideo.
Sí, lector, estoy escribiendo sobre el santafecino Agustín Irusta, el oriental Santiago Roberto Fugazot, ambos cantores y guitarristas, y el porteño Lucio Demare, pianista.
Y se pueden agregar más matices interesantes acerca de nacionalidades: el primer acompañante del Fugazot cantor solista fue Humberto Correa, otro uruguayo, autor de Mi vieja viola, mientras que, ya formado el dúo con Irusta, esa responsabilidad correspondió a don Eusebio Gobbi —el sanducero padre de Alfredo, “el violín romántico del tango”—, con quien formaron otro trío anterior de corta vida, Los Tres Gauchos.
Irusta, Fugazot y Demare no solo conquistaron Francia, España y otros países europeos, sino que hicieron memorables giras por Venezuela, Chile y México.
Pocos años más tarde retornaron al Río de la Plata con un gran éxito en el teatro Broadway. Lastimosamente, la mala fortuna introdujo su sombra: una noche Fugazot bajaba en un ascensor desde el tercer piso, acompañado por Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo, y el aparato se vino abajo: solo el uruguayo sufrió lesiones; se fracturó una pierna, le recomendaron cuatro meses de yeso y se cortó la prevista temporada.
En 1933, superada tan inesperada circunstancia, el trío regresó a España, revivió sus triunfos —en audiencia formal hubo una felicitación del rey Alfonso XIII— y hasta actuó en dos películas, estrenadas incluso en Estados Unidos, Boliche y Aves sin rumbo, cuyas músicas centrales compuso Lucio Demare.
Hay un recuerdo impagable del pianista:
—Con el cine nos fue mal. Enfrente a la sala donde pasaban nuestras películas daban Luces de Buenos Aires, con Gardel. ¡Qué manera de ir mujeres! Se morían por verlo. ¿Nosotros? Y… bien, gracias...
El legendario trío se disolvió cuando hubo unanimidad para volver a la Argentina ante la inminencia de la II Guerra Mundial. Tras algunas actuaciones con Canaro, dejaron por el camino a su agrupación. Irusta, muy buen cantor, se abrió camino en el cine —aunque con sus dos amigos integró el elenco de La patria del tango y Ya tiene comisario el pueblo— y en los teatros de la calle Corrientes.
Fugazot también probó suerte en varios filmes, algunos hoy con estatura mítica, entre los cuales hay que destacar Nace un amor, Prisioneros de la tierra, Pampa bárbara, La carga de los valientes y Los isleros.
Demare se volcó a la música integrando varias orquestas, organizando la suya propia para grabar con distintas discográficas, acompañando cantantes famosos y, sobre todo, componiendo. Baste recordar, extrayéndolo de un dorado baúl repleto, el legendario Malena, con letra de Manzi.
Como en toda historia tanguera, la vida de estos trashumantes lleva encima varias curiosidades.
El montevideano Fugazot fue quien estrenó Viejo ciego, de Manzi, Castillo y Piana, aunque a los porteños les duela y lo discutan.
A fines de 1948, tentados por un contrato tan sorpresivo como ventajoso, los tres viajaron a Cuba, haciendo presentaciones radiales y grabando discos para un poderoso empresario apellidado Suaritos, que terminaron difundiéndose en México, años después.
Finalmente, en 1959, Irusta, a la sazón actuando en España, convocó a sus compañeros: no obstante, solo se presentó el dúo de guitarristas y cantores en Barcelona, y más tarde en Caracas, por corto lapso en ambos casos, ya que Demare no pudo abandonar sus compromisos en Buenos Aires.
A partir de ahí, cada cual por su lado definitivamente, fueron llegando con dignidad al ocaso y al retiro.
Claro, como diría un viejo y sabio gaucho en una pulpería, luego de una payada picaresca: ¡Que nos quiten lo bailao…!